Cristina de Kirchner delegó anoche en Oscar Parrillila función de informarleminuto a minuto sobre el resultado de las elecciones en los Estados Unidos. La semana que viene visita Washington y quiere tener un mapa claro de lo que se va a encontrar. Le gustaría, por su amor a los escenarios, tener algún contacto con el nuevo presidente, para la foto que vale mil palabras, pero sus consejeros la desalientan; la Argentina, le dicen al oído, no es Israel -socio privilegiado-; tampoco Japón -socio pesado-. Además, le argumentan, no se puede tener una posición pública hostil hacia el imperio y después pretender ser los primeros convocados a la fiesta.
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Con todas las fichas puestas en Barack Obama, el gobierno, como el resto del mundo, trasnochó ante la TV siguiendo el escrutinio de la presidencial de los EE.UU., un socio que no molesta, ahora convertido en un exportador de crisis y sin el rol de «niño mimado» que siempre ostentó y que podría obligar a algún gesto. A seis años de abierto el ciclo Kirchner es bien clara la política del gobierno hacia los Estados Unidos: carnales, pero que no se note. Es decir, seguir al gobierno del país más poderoso del mundo en la agenda de sus temas claves, permitirse -Washington lo admite- libertades en temas laterales, pero nunca decirlo en público. Es impensable que un gobierno peronista se enfrente con algún poderoso -sus administraciones se caracterizaron siempre por no discutir roles en el mundo- y aceptar lo establecido en beneficio propio.
Ese seguidismo -pariente de la carnalidad que inspiró la política exterior de Carlos Menem- explica el entusiasmo de Washington y sus enviados al país por los gestos en política exterior de los Kirchner, en lo que se refiere a la agenda de temas no negociables por Estados Unidos: terrorismo, defensa de los derechos humanos, combate al lavado de dinero y del narcotráfico, misiones militares en el exterior. En esos temas, ningún gobierno Kirchner contradijo jamás lo que Washington ha querido. Eso le ha valido el apoyo de la administración Bush al gobierno argentino cada vez que fue necesario; no han sido muchas, todas relacionadas con gestiones en organismos multilaterales de crédito.
Este acatamiento «carnal» de los gobiernos Kirchner a la agenda global de los Estados Unidos explica no sólo los elogios que han recibido de los enviados del imperio. También que Bush haya olvidadorápido algunos deslices que se permitió en público la gestión de Néstor Kirchner, como la astracanada en que terminó la cumbre de presidentes en Mar del Plata. O las acusaciones -ya bajo la gestión actual- de operaciones «basura» para explicar el flujo y reflujo del caso de la valija bolivariana llena de dólares.
Ese acatamiento a la agenda de Washington, que se expresa, por ejemplo, en nunca hablar de Irak ni de Guantánamo, permite además esos gestos de rechazo de los símbolos del imperio en la superficie, gesto sin importancia, ya que los primeros en saber que la imagen de su país está por el suelo son los funcionarios del gobierno de los EE.UU. Gastan fortunas en encuestas y en campañas de imagen por todo el mundo para frenar el rechazo de sus estereotipos que, como otros que expresa la burguesía, tiene la contracara en la admiración por Estados Unidos. La mezcla de repudio y de fascinación por ese país caracteriza a los sectores medios de la Argentina y de muchos otras naciones que alimentan a Estados Unidos con turistas, emigrantes, ahorros, inversiones. Y también con elogios solapados cuando los micrófonos están lejos.
Aun en temas en los cuales EE.UU. nunca pide mucho, los Kirchner han cumplido. Pasaron seis años en el gobierno y nunca han viajado a Cuba; cuando les preguntan por qué, responden que Fidel Castro no les permitía reuniones con los disidentes. Ahora parece tarde, porque Raúl Castro -en movimientos que advierten los que miran estos gestos con lupa- se ha echado en brazos de Lula da Silva. Seguramente con una venia de Washington, Brasil se ha convertido en el nuevo protector de Cuba, reemplazando al devaluado Hugo Chávez -que vale lo que un barril de petróleo, un tercio de lo que valía el año pasadocomo padrino regional a cambio de inversiones. Las mismas que antes le prometían de la Argentina o de Venezuela.
Confesión
No se apartan los Kirchner de ese ánimo contradictorio que han logrado convertir en su política hacia los Estados Unidos. La mejor forma de tramitarlo ha sido casi no tener relaciones en público con ese país. «Néstor en realidad no quiere tener embajador en Washington», ha confesado uno de los hombres que representó a los Kirchner en EE.UU. Primero lo tuvo a José Bordón, a quien apenas atendían cuando venía a Buenos y desairaban en viajes a ese país como transmitiendo el mensaje de que «nosotros no tenemos embajador». El actual representante, Héctor Timerman, posiblemente prestó servicios más útiles como enviado personal cuando era cónsul en Nueva York, que ahora como representante en Washington. No tener embajador quiere decir no obligarse a ningún ritual de representación, achicar el protocolo hasta lo inexistente y limitar los contactos a la relación horizontal entre los funcionarios. Si algo no ejercen los Kirchner es lo que se llama en estos días «diplomacia pública», la que se exhibe en los movimientos de los mandatarios que se pasean por el mundo, discutiendo sus proyectos con sus pares pero también con expertos y representantes de la sociedad civil de sus países y del exterior. Los Kirchner no habían viajado hasta 2003 al extranjero; llegaron a grandes sin interés -medios no les faltaronen ir más allá de las fronteras del país. Una rareza para estos autoproclamados discípulos de Juan Perón, quien decía que toda política es política internacional. Ya siendo gobierno, la estrategia de deslegitimar a todos los foros de discusión de políticas (la prensa, los partidos, el Congreso, las entidades empresarias y científicas),hizo que los Kirchner también ignoraron la diplomacia. Maltrataron a sus cancilleres como nunca antes ningún gobierno; primero Rafael Bielsa, a quien castigaron mandándolo a casa; después Jorge Taiana, fuera de los movimientos clave ante otros países, como se demostró en la última cumbre de El Salvador, cuando el canciller se enteró por los diarios que, por ejemplo, Carlos Bettini integraría la delegación de embajador en Madrid.
Eso explica también el desaire sistemático a las cumbres presidenciales; dicen, riendo, que esas reuniones son inútiles, recortan por sorpresa los viajes. De esa diplomacia pública sólo parece interesarles lo que ofrece de propaganda, algo que es su negación. Por eso les importaron antes las fotos del arrepentimiento con Hillary Clinton.
La necesidad la obliga ahora a la Presidente a la imagen menos querida: junto a George W. Bush, pocas semanas antes de que éste deje el poder y ya con un reemplazante probándose su ropa. Y por eso sería tocar el cielo con las manos tener otra con el nuevo presidente cuando Cristina de Kirchner visite Washington para la cumbre del G-20.
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