Pareció por momentos que la reina Beatriz de Holanda rompía el protocolo ayer en su primer día de visita oficial al país en un esfuerzo por agradar a sus huéspedes, un argentinismo que aplicamos a cada visitante ilustre. Nada más lejano de la realidad. Como profesional de su investidura (la monarquía), la soberana pasó ayer de reunirse con Néstor Kirchner a visitar una muestra sobre derechos humanos junto con su hijo y su nuera, para seducir luego al Congreso. No faltaron, ni en la cena de gala que le ofreció Néstor Kirchner anoche en la Cancillería (foto), las menciones reales al fútbol, la dictadura militar y la asistencia a desastres como el de Salta. Un menú profesional, ajustado al gusto argentino.
«Se acabaron los malos tiempos. Agradezco a Holanda haber recibido a exiliados argentinos de la dictadura», le dijo Néstor Kirchner anoche a Beatriz de Holanda en la cena de gala que le ofreció en el Palacio San Martín. La reina respondió con un mensaje donde elogió el papel de los pequeños empresarios, recordó el impacto que produjo en su país la violación de derechos humanos en la Argentina y hasta tuvo un cita futbolística adelantando el Mundial.
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La visita oficial de Estado de la reina Beatriz a la Argentina comenzó ayer con el clásico besamanos con Kirchner y Cristina Fernández -fue en realidad un apretón de manos- y la presentación de la delegación holandesa en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, tuvo su momento más transgresor en la visita al Congreso y, el cúlmine, con la cena de gala en la Cancillería.
Las sorpresas en la Casa Rosada no vinieron por parte de los holandeses -estrictos en el cumplimiento del protocolo- sino de los funcionarios argentinos. Mientras Kirchner y su esposa se atuvieron a las costumbres de la monarquía -le dieron la mano a la reina cuando ésta extendió la suya-, Felisa Miceli, por ejemplo, arrancó el saludo extendiendo la mano y terminó haciendo una reverencia, más propia de una súbdita de Beatriz de Orange que de una ministra extranjera. No extrañó, entonces, que Jorge Telerman hiciera luego una inclinación frente a la reina aun más aguda que la de Miceli.
Como estos actos son carentes de otro sentido que no sean las formas, el centro de la atención fueron los atuendos. Cristina Kirchner lució en la Casa de Gobierno un vestido negro y un saco blanco con un estampado floreado en negro que le llegaba a la rodilla. El Presidente, como siempre, con su saco azul cruzado sin abrochar.
Beatriz, con un vestido en marrón y vivos floreados, fue la primera que se destacó por el sombrero, atuendo básico de casi todas las cortes europeas que Cristina no copió. La siguió Máxima con un vestido rosa Dior y zapatos Chanel, junto a una capelina de dimensiones que casi le tapaba la cara, más propia del derby de Ascot que de la Casa de Gobierno en Buenos Aires. Lo curioso es que un par de horas más tarde, Máxima redobló la apuesta y llegó al Congreso con un sombrero más grande aún.
Condecoraciones
Tras esa presentación Kirchner pasó con Beatriz y su familia a su despacho, junto a los cancilleres. Allí estuvieron más de lo programado, unos 50 minutos, en los que el Presidente condecoró a Beatriz con la Orden del General San Martín y Kirchner recibió de la reina la máxima condecoración que otorga Holanda.
Hubo luego cruce de regalos. El gobierno le entregó a la monarca un tulipán tallado en oro y plata, al príncipe un mate y bombilla de plata y a Máxima un escultura tallada en rodocrocita y onix.
A cambio, Kirchner y Cristina recibieron dos cuadros antiguos sobre Latinoamérica de pintor holandés.
Después del encuentro con el Presidente, la familia real holandesa se trasladó al Banco Central, acompañada por Cristina y Aníbal Fernández, para visitar una exposición sobre Ana Frank y la dictadura en la Argentina. Allí Máxima se mostró interesada en publicar un libro con las imágenes de la muestra sobre las violaciones de derechos humanos en la Argentina y de la muestra «Ana Frank: Una historia vigente», que recuerda la vida de la niña que vivió en Amsterdam durante la invasión nazi a Holanda y finalmente murió en el campo de concentración de Auschwitz.
A las 16.30 llegó la hora de una de las actividades más movidas del día. La reina y su comitiva se trasladaron al Congreso donde las esperaban Daniel Scioli, Alberto Balestrini y un grupo de legisladores.
En el Salón Azul, Beatriz dejó en claro su profesionalidad en los avatares de las relaciones internacionales. La visita comenzó con la Orquesta Sinfónica del Senado que recibió a la monarca con «Adiós Nonino», la misma pieza de Astor Piazzolla que Máxima había elegido para un tramo de su ceremonia nupcial, acto que se repitió a la despedida pero esta vez con «No llores por mí Argentina», un ritmo antiperonista de cuya elección no se dieron explicaciones.
Vino luego una larga conversación, se pasó unos 20 minutos del tiempo establecido en el protocolo, sobre una mesa de terciopelo azul que Scioli había mandado preparar bajo la monumental araña del salón principal. Beatriz, sentada junto a su hijo Guillermo y Máxima, comenzó a preguntarles a Scioli, Alberto Balestrini,José Pampuro, Agustín Rossi, entre otros sentados a esa mesa, sobre distintos temas de la realidad argentina.
Cortesía
La reina no sólo habló y opinó sino que hasta pareció en algunos tramos involucrarse con los problemas del país, algo impensado para el comportamiento de un monarca europeo. De todas formas, todo fue un ejemplar ejercicio de cortesía profesional que dejó asombrados a nuestros representantes.
Detrás, escuchaban el diálogo Carlos Menem, Rodolfo Terragno, Adolfo Rodríguez Saá, Graciela Camaño, José María Díaz Bancalari y Jorge Argüello, más otra decena de diputados y senadores.
En ese diálogo hubo menciones como la futbolística de Scioli: «Nuestra relación de amistad va a tener dos horas de tensión el 21 de junio cuando se enfrenten Argentina y Holanda en el Mundial». Algunos presentes creyeron que el vicepresidente se había extralimitado en la broma a su majestad, pero fue la propia reina quien más tarde, en la recepción oficial en la Cancillería, volvió con el tema cuando dijo en su discurso: «Nuestro contacto se caracteriza a veces por formas fructíferas de rivalidad. El ejemplo más evidente es el fútbol, donde pronto volveremos a vernos».
El príncipe Guillermo se mostró más interesado por el desborde de ríos en Salta: «¿En qué medida podemos ofrecer ayuda? No podemos ofrecer fondos en este momento, pero sí, por ejemplo, conocimientos». El salteño Marcelo López Arias tomó la posta y agradeció la oferta de «un país con tanta experiencia en el manejo de aguas».
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