Robert Wistrich, historiador de la Universidad de Jerusalén: "Juan Pablo II comprendió el horror de la Shoá porque fue el único papa en 2.000 años que vivió junto a judíos".
«El antiisraelismo y el antisemitismo nunca fueron idénticos filosóficamente, pero hoy el primero es sin dudas el heredero natural del segundo.» Con un cuerpo de trabajo monumental sobre el tema, que arranca en los años setenta y tiene como obra principal «Antisemitismo: el odio más antiguo», el historiador Robert Wistrich -profesor de la Universidad de Jerusalén- viajó a Buenos Aires para disertar en un seminario sobre la cuestión en la que se especializó hace décadas. Nativo de Kazajstán, criado en Londres y de padres polacos perseguidos por el estalinismo, sus primeros escritos se centraron en la siempre difícil relación entre judíos y marxistas. A continuación, lo más saliente de la charla que mantuvo con este diario.
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Periodista: Usted habla del antisemitismo como «el odio más antiguo». Un colega suyo, Paul Johnson, ya decía en su «Historia de los Judíos» que el antisemitismo campeaba en el mundo helénico precristiano. ¿Por qué?
Robert Wistrich: Seguramente porque el mensaje monoteísta del judaísmo chocaba con el politeísmo de los paganos. Los judíos hablaban de un solo Dios, que no puede ser visto ni tocado, mientras los demás pueblos adoraban a ídolos que ellos mismos construían con sus manos y les daban nombres. Los judíos traían un mensaje humanista e igualitario, no habitual en el mundo de entonces. No acuerdo con Johnson en que los paganos precristianos veían al judío como un desafío a su forma de vida, lo que sí sucedió con los cristianos que tomaron el antijudaísmo de los paganos y lo elevaron a su máxima potencia.
P.: ¿Cuán importante fue Juan Pablo II para revertir esta separación que llevaba dos mil años?
R.W.: Creo que hizo una contribución muy positiva al diálogo judeocatólico. No lo inició; continuó la obra que había comenzado Juan XXIII en el Concilio Vaticano II.
P.: ... pero esa labor tuvo una larga interrupción durante el papado de Paulo
VI...
R.W.: Es verdad; Paulo VI estaba más cerca de las posiciones de Pío XII, con quien colaboró, a pesar de lo cual abrió los archivos del Vaticano para que se pudieran investigar las acciones de Pío XII. Lo importante de Juan Pablo II es que fue el primer papa en dos mil años que había compartido su vida con judíos; por eso entendió los horrores de la Shoá.
P.: Es conocida la anécdota de Paulo VI, cuando le dijo a Golda Meir: « Ustedes hace 2.000 años que no reconocen a Cristo, ¿por qué deberíamos reconocer al Estado de Israel?».
R.W.: En cambio, Juan Pablo II habría establecido relaciones con Israel desde el primer día porque el Antiguo Testamento -dijo-es tan válido como el Nuevo, y allí Dios le prometía una tierra al pueblo judío. Y lo que Dios promete, no se puede revocar... Además, había leído a filósofos y teólogos judíos, como Martín Buber, Levinás... No sé si leyó a Maimónides.
P.: Lo llevo al otro extremo del arco ideológico: ¿por qué la izquierda, sobre todo la más radical, es hoy antisemita, cuando históricamente fue el refugio de los judíos laicos?
R.W.: La izquierda más radical de los últimos 20/30 años tiene una visón maniquea del mundo: lo divide entre buenos y malos en términos muy simples, muy distinto de la sofisticación del marxismo clásico. Como es una ideología en bancarrota, se planta en la idea del imperialismo (Estados Unidos) como el «mal ilimitado». Del otro lado está esa masa amorfa y lábil del «tercer mundo». Israel, para ellos, es el agente, el lacayo, el siervo de Estados Unidos, sobre todo desde 1967 (Guerra de los Seis Días) y pintan a Israel como el Goliat que victimiza al David, que serían los palestinos. La realidad es que Israel debe luchar a diario por su supervivencia rodeada de millones de enemigos en un vastísimo territorio. La diferencia es que Estados Unidos no enfrenta peligro de catástrofe, e Israel debe pelear todos los días para prevenirsu aniquilación, un riesgo al que ningunaotra nación del planeta se enfrenta.
P.: Algunos colegas suyos dicen que el antisemitismo de Europa es casi una cuestión genética. ¿Está de acuerdo?
R.W.: (risas) Voy a dejarles los estudios genéticos a los científicos. Lo que sí creo es que los mensajes antisemitas se transmiten de generación en generación y van quedando, como las capas geológicas. Hasta la izquierda «culta» los usa. Por caso, la mentira de que los judíos usan la sangre de niños cristianos para elaborar el pan ázimo de la Pascua aparece hoy en caricaturas y en el discurso de muchos que pintan al ejército israelí como una banda de asesinos de chicos. La corresponsal del «Times» de Londres escribió respecto de la así llamada «masacre de Jenín» que nunca había visto en su vida, ni en la India, ni en Africa, ni en Chechenia, tanta destrucción. En España, la prensa es metódicamente antiisraelí. Es poco serio.
P.: ¿O sea que el antiisraelismo es la forma políticamente correcta actual del antisemitismo clásico?
R.W.: Nunca fueron filosóficamente idénticos, pero desde hace años el primero se convirtió en el heredero, el sucesor del segundo. Su característica es que muda y se adapta a la actual realidad reteniendo su carácter básico.
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