El Colón recordó ayer su centenario con una serie de actos más tristes que celebratorios. Un mustio Salón Dorado del teatro oficial en obras fue sede de una de las ceremonias principales, presidida por su director, Horacio Sanguinetti, programada para las 15, y en el Opera tuvo lugar poco más tarde una «gala» que exhibió todas las características de una estudiantina desorganizada y con conatos de alboroto. No faltaron allí los piquetes en la entrada de, entre otros, los miembros del Ballet Estable, que después de cantar el Himno Nacional en la puerta, repartieron volantes contra la planeada autarquía del teatro, pidiendo su reapertura «urgente» y con reclamos sindicales de todo tipo.
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En el Salón Dorado, Sanguinetti dio un discurso de circunstancias (prometió vagamente la reapertura de la histórica sala «lo antes posible») ante una platea de invitados especiales y sin ninguna otra autoridad de Cultura o del Gobierno de la Ciudad a la vista. Sólo estuvo allí la diputada del Frente para la Victoria, Inés Urdapilletaquien hizo entrega de una de las cuatro placas a personajes históricos del Colón. Luego de recuerdos para artistas como Roberto Oswald o las bailarinas Olga Ferri y Esmeralda Agoglia hubo un recital de arias de ópera a cargo del veterano tenor cordobés Luis Lima y la soprano española Ana María González, quien, sobre todo en el Vals de Musetta, demostró que no pasa por su mejor momento. Ambos cantaron acompañados por el pianista Enrique Ricci.
En ese acto se presentaron también las placas de las estampillas celebratorias de los 100 años: una con la fachada del Colón y otra con el bailarín Leonardo Reale retratado en un salto. En rápido trámite se dio por terminada la ceremonia, para que los presentes puedan llegar al Opera a la gala prevista para las 17.
En un Opera con muchos blancos, pese a los anuncios de que las entradas al público estaban agotadas (tampoco había políticos, empresarios o famosos de la farándula) además de los frecuentes discursos gremialesde músicos y otros representantes del personal del Colón, que subían sin anunciarse entre aria y aria, Horacio Sanguinetti tuvo que soportar también una gélida recepción del público.
En el precario escenario armado para la ocasión (con una Bandera argentina en el fondo), todos los músicos llevaban crespones negros y, antes de empezar a tocar, uno de ellos recurrió a una metáfora ecológica para explicar que accedieron a actuar en esta celebración sólo «como homenaje a los que sembraron y no para los que talan bosques».
Allí también, sin ningún orden, siempre entre fragmentos líricos y proclamas gremiales, se sucedieron las entregas de placas a figuras de la música o el ballet con 50 años de trayectoria.
En concordancia con el desorden general, un público en absoluto ataviado para una «gala» de ésas que evidentemente ya pasaron a la historia del viejo Teatro Colón, entraba y salía del Opera en todo momento.
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