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7 de junio 2006 - 00:00

"Como un teatro donde sólo cayó la mitad del telón"

María Cristina Picón es de esas mujeres que representan un sueño de los moderados de la Argentina: que vuelva alguna conciliación porque de ambos lados de los '70, hubo culpas. Pertenece la mujer a esos herederos dramáticos del setentismo pero que no pueden recordar a sus muertos más que en el recogimiento de sus hogares. Todo homenaje externo es «elogiar al terrorismo de Estado». Y no es así. O no en todos es así. A esta mujer en 1974, cuando aún había un ejército normal sin excesos represivos bajo un gobierno democráticamente electo, lo ametrallaron a balazos por la espalda a su marido, el joven capitán Humberto Viola, de 31 años, en Tucumán, y simultáneamente por estar en el vehículo con el padre le asesinaron ante su vista a su hija María Cristina de sólo 3 años. Además, le pegaron un tiro en la cabeza a su otra hija María Fernanda de 7 años que tras 8 operaciones durante 8 años seguidos logró vivir aunque con pérdida parcial de la visión. Cuando eso sucedía, en un mediodía cuando iban a comer a la casa de los suegros de esta mujer ella misma, además, tenía un embarazo de cinco meses. Eran y son gente modesta. La viuda -que se volvió a casar y tuvo otra hija, la cuarta aunque vivan tres- está por jubilarse de preceptora de un colegio oficial. Otra hija es docente en una escuela en una villa, lejos de Tucumán. Otra vino a Buenos Aires. Le han dado ya dos nietos. Pero lo admirable de esta mujer es que no recuerda con rencor tremendo drama, dice comprender a las madres de víctimas de la represión sangrienta desde el Estado en esos años y para nada se enorgullece y lamenta el «homenaje» que le hizo la represión al cumplirse el primer aniversario de su desgracia: en el mismo lugar donde le mataron a esposo e hija y en el mismo día, 12 meses después hicieron volar un auto en la noche. Se calcula con 7 personas que murieron quemadas sin ley, ni juez y sin saberse siquiera, si eran culpables de aquel atentado del ERP.

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Capitán Humberto A. Viola
Durante tres décadas, esta mujer eligió la vía ciudadana para sus reclamos. Cuando un funcionario del gobierno provincial simuló no conocer su historia, le pidió una audiencia para enterarlo. Si el debate nacional le quitaba el sueño, publicó cartas de lectores en el diario tucumano «La Gaceta». Las ideas, los sentimientos y los miedos de María Cristina Picón merecen ser escuchados, y algunos de ellos se los contó a este diario en la siguiente entrevista.

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Periodista: ¿Cómo se siente a 31 años del ataque a su familia?

María Cristina Picón: Te vas quedando sola, con los seres queridos, los hijos y algunos amigos. Otra gente se va olvidando y me quedo con los recuerdos. Es muy difícil sobrevivir a un hijo, pero ella (la pequeña María Cristina) está presente. No hablar de los muertos es enterrarlos definitivamente.

P.: ¿Qué la llevó a seguir adelante?

M.C.P.: Yo creo que las mujeres somos más heroicas que ustedes, aunque no soy feminista. Aun muertos mi María Cristina y mi marido yo tenía otras dos niñas que me necesitaban y había que tirar para adelante. He tirado un carro muy pesado, no lo he descargado y por eso no estoy tan bien. Fernanda (la hija mayor, de cinco años en el momento del ataque) había tenido pérdida de masa encefálica. Creíamos que estaba ciega, pero se ha ido recuperando y sólo ha perdido campo visual. Puse toda mi atención en su salud, pero para eso tuve que relegar a los muertos y, de pronto, hay cosas que no tengo resueltas. Es como que no he hecho el duelo. He tenido también momentos ridículos. Iba a los actos patrios del colegio, miraba a Fernanda, a Luciana, y buscaba a María Cristina en su grado, y no la encontraba.

P.: ¿El miedo que comentaba ha pasado o aún la acompaña?

M.C.P.: He vivido mal, con mucho miedo. Por ahí también me agarran pensaba. ¡Mirá que ha pasado tiempo! Tenía miedo de que me robaran a Fernanda herida del sanatorio. ¡Qué tontera! Ya habían cumplido el objetivo. En 1987, el 4 de octubre, el juez federal Jorge Parache dejó libre por buena conducta a uno de los asesinos del padre, Humberto, y María Cristina. Era Fermín Núñez. Fui al juzgado a decirles que los hacía responsables de lo que pudiera pasarles a mis chicas. Pero las tres, Lucila, Fernanda y Agustina (del segundo matrimonio) no tienen odio. Ellas supieron de calesitas, globos y cumpleaños, no de odio. Fernanda hoy es mamá.

P.: Me decía que eligió el perfil bajo y se alejó del clamor político.

M.C.P.: Yo no politizo, no es mi estilo, y tampoco han venido a buscarme los medios. Pienso que las mamás de los desaparecidos de los '70 sienten lo que yo siento como madre, nada más que lo pueden expresar de otra forma, con marchas, pidiendo, reclamando, otro estilo. El tema desaparecidos es horrendo. No sé si son 30 mil, pero igual es un horror. Quiero decirte que cuando la memoria es parcial, es mentira. Siento que se escucha una sola voz, que no es la verdadera historia. En abril de 2003 mandé una carta al diario «La Gaceta» (de Tucumán) que terminaba así: «Como mujer, como mamá, y como parte de esta historia, no puedo más que gritar: 'La Argentina de los 70, nunca más'».

P.: ¿Le interesaba la política antes de lo que le ocurrió a su familia?

M.C.P.: Absolutamente no. Era una señora de mi casa, de mi familia. Para ese entonces (1974) ya se habían cometido actos terroristas: el secuestro y muerte del general Aramburu; habían matado en Tucumán al ingeniero José María Paz; habían secuestrado a Salustro de Fiat, que murió. Yo tenía miedito, pero Humberto me decía: «Con las familias no se meten».

P.:
¿Qué sintió cuando escuchó a Enrique Gorriarán Merlo una suerte de tibio arrepentimiento? Sólo dijo sobre el asesinato de su hija cuando mataban a su esposo «fue un error».

M.C.P.: No quiero ni que la nombre a mi María Cristina. Pero no tengo odio. Agradezco a Dios que no estoy cargada de odio. Así como a Gorriarán Merlo le pareció lamentable la muerte de Cristina, también me cuentan que dijo que «era hija de milicos, se iba a casar con milicos e iba a seguir engendrando milicos». No lo he leído, no me consta, pero cuentan que dijo eso.

P.: Hay datos de que un grupo ligado al Ejército se tomó en Tucumán una venganza sangrienta e ilegal.

M.C.P.: No lo voy a negar. El día 1 de diciembre de 1975, en la esquina donde los remataron a tiros a Humberto y a mi hijita un año antes, hicieron volar un auto en el que dicen que había gente. Si eso ha pretendido ser un homenaje, es un horror. Nunca lo he vivido como homenaje. Además, no te puedo negar algo que ha salido hasta en los diarios. En la esquina de Ayacucho y San Lorenzo voló ese auto el primer aniversario de la muerte de mi familia. Lo he vivido con horror, hasta me da vergüenza. Lo que sé, lo conozco por los diarios.

P.: ¿Cómo es su relación con el poder político actual en el país?

M.C.P.: Para el poder político no existo. Apenas sucedido fue un hecho que conmocionó a Tucumán y al país porque había habido hasta entonces otras muertes, pero no de niños. Pero al día de hoy me siento discriminada. El gobernador (José Alperovich) inauguró una Plaza de la Memoria, y a mí no me invitaron. Yo pregunto: ¿y mi memoria? Hace un mes y medio, el que era secretario provincial de Derechos Humanos, Bernardo Lobo Bugeau, en un programa de televisión pasó por alto una pregunta sobre mi marido. Pensé que quizás no conocía el caso. Pedí una audiencia. Nunca me llamaron y me presenté en su oficina. Se negó a atenderme y me derivó a dos secretarias. Hay dos plazas en el centro que llevan el nombre de Humberto y María Cristina Viola. Están totalmente abandonadas, sucias, sin juegos, sin hamacas, sin niños, y eso me lastima.

P.:
¿Tuvo contactos con organismos de derechos humanos?

M.C.P.: Ninguna entidad se ha acercado.

P.: ¿Cómo vivió los actos de recordación de los 30 años del golpe de Estado?

M.C.P.: El 24 de marzo fue declarado Día Nacional por la Verdad, la Memoria y la Justicia. Mi memoria y mi verdad no son las mismas que las de la otra parte. Estoy convencida de que hubo una guerra, Tucumán era un horror, y hubo excesos de ambas partes. Empecé a leer el «Nunca más» y me pareció terrible, no pude seguir.

P.: Evidentemente cree que el recuerdo que impulsa el gobierno de Néstor Kirchner no es suficiente.

M.C.P.: Acá los enfrentamientos no van a terminar nunca si las heridas se reabren todo el tiempo y no nos sinceramos. Yo no me siento enfrentada, me siento discriminada. Para graficarlo, es como un teatro en el que sólo cayó una mitad del telón. Lo más importante es que contemos toda la historia. Que no ocultemos nada, absolutamente. Antes del 24 de marzo de este año, el Presidente contó cómo en 1976 se fue cambiando de casa en casa con su esposa, Cristina, porque un amigo le advirtió que se venía un golpe de Estado. Desgraciadamente a mí nadie me avisó, si no hoy tenía una familia entera.

Sebastián Lacunza

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