Una multitud se congregó ante la sede de la AMIA para reclamar por la inacción de la Justicia. Dirigentes y familiares de las víctimas exigieron romper relaciones con Irán por apañar a Hizbollah, supuesto ejecutor del atentado.
Aunque se sabía que el presidente Kirchner no asistiría a los actos del aniversario de la AMIA, hubo quienes creyeron que -al menos- en su lugar asistiría su esposa. Pero el matrimonio expuso sus razones para no concurrir: él se quedó en Paraguay con su colega guaraní (recordar que para otra fecha conmemorativa dejó su estancia en Europa para precipitarse al acto) y la primera dama, en Santa Cruz, con parte de enferma.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
También se ausentó Daniel Scioli, el vicepresidente, quien nunca falta a este compromiso aunque haya mal tiempo o se insinúen reproches posibles de la comunidad como en los tiempos de Carlos Menem. Ni se le pudo preguntar a Scioli; pasado el mediodía partió a Italia, quizás para esa alegría colectiva de los argentinos: Pepe Pampuro Presidente.
Como a otros gobiernos (Menem, De la Rúa, Duhalde), buena parte de los asistentes desafiaron con reclamos. En rigor, las demandas no cambian, sólo los demandados. Pero Kirchner, quien se suponía ajeno a esos problemas de sus antecesores, no podía enfrentar -o, quizás, le resultaba complicada la situación- el pedido de los distintos grupos israelitas para que la Argentina repudie al Hizbollah y rompa con Irán. Por supuesto que el mandatario adoptaría con esmero esa decisión -sin la necesidad de un pedido, siquiera-, pero cierta globalización que impone la política exterior tal vez se lo impide. También una doble contradicción.
No es, claro, el perjuicio económico -aducido a medias en su momento por el menemismo-que podrían sufrir determinadas exportaciones argentinas al país musulmán. En este caso, ahora, se han añadido otros problemas, dos de ellos significativos, uno local y otro internacional. No sólo, entonces, se trata de proteger a productores locales que incrementan el PBI, ya que hoy existen cuestiones políticas, no exclusivamente de dinero. Habrá que observar.
Uniformidad
En el plano doméstico, desde hace varios días se incrementó la rebeldía de diversos grupos locales en protesta contra el Estado de Israel y sus reiterados bombardeos. Desfilan, hacen actos, protestan. Nadie podría acusarlos de simples pacifistas, pues no se conocen expresiones semejantes de esos núcleos opuestos a los misiles lanzados contra los emplazamientos judíos. Hay, además, una cierta uniformidad en esos manifestantes, casi ninguno árabe, provenientes de la izquierda, defensores de algunos derechos humanos, en general se identifican con el « progresismo» y en sus filas, además, albergan a numerosos piqueteros. Una adalid de esos manifestantes ha sido Hebe de Bonafini, quien hace poco le exigió a Kirchner «que ponga las bolas sobre la mesa contra Israel». Guste o no, unos más que menos, casi todos esos grupos no sólo adscriben a la fe kirchnerista, sino que disponen de sólidos vínculos con varios de los más conspicuos colaboradores del gobierno.
Esta realidad supone una discordia con sus propias fuerzas, al menos, si el gobierno aceptara cumplir con las demandas de la comunidad judía. No es lo único: también fuera de las fronteras se enrareció la posición argentina, menos por sus propias medidas que por la acción de sus aliados. Y esto se percibe con nitidez en la Cumbre del Mercosur que empieza hoy en Córdoba, en la participación de sus principales cabezas.
Chávez
Allí, como se sabe, estará presente un sostén clave del gobierno argentino, sea por la garantía de provisión energética o por la compra de títulos públicos: la Venezuela de Hugo Chávez. Y éste, en los últimos meses, se ha involucrado seriamente en las cuestiones del Oriente Medio, ha tomado posición a favor del lado más extremo de ciertas naciones árabes -inclusive, hasta de sus organizaciones guerrilleras-, desplegó insultos y acusaciones, tanto que una hastiada ministra israelí (al revés de Tony Blair o George Bush) decidió responderle e increparlo por esa actitud. Nada más honorífico para Chávez: Israel lo reconoce como adversario ( aunque son tiempos de guerra, y los contrincantes son enemigos) y alientan su promoción dentro del mundo árabe, donde se ha convertido en una de sus figuras más populares. El venezolano ha radicalizado sus declaraciones, más desde que se espiralizó el conflicto, adhiere a regímenes de bélica religiosidad (también, claro, a otros que son ateos como el de Corea del Norte).
No hubiera sido sencillo para Kirchner explicarle a su «hermano americano o iberoamericano» una ruptura con Irán. Tampoco a las huestes que, en la Argentina, suelen acompañarlo políticamente. Siempre y cuando, además, haya pasado por su cabeza un compromiso superior con Israel o se hubiera propuesto satisfacer los reclamos de quienes entienden que desde Irán vino la bomba que hizo volar la AMIA (por no hablar del otro estallido, el de la Embajada).
Dejá tu comentario