Siete son los pecados capitales, las maravillas del mundo, los mares de Simbad, los días de la semana y las iglesias en la Semana Santa. Pero las plagas de Egipto, desde los tiempos de Moisés y Aarón hasta hoy, son diez. Diez como los mandamientos. Exactamente la mitad que las veinte verdades del justicialismo. Sin embargo, ayer el presidente Néstor Kirchner inauguró su propio registro de «bloopers» y redujo la cantidad de plagas a siete.
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«Si nos ponemos todos juntos, otra Argentina se puede construir. No nos vengan a asustar más con el caos y con las siete plagas», dijo ante los periodistas, y reiteró: «Nos han asustado con el caos y las siete plagas y terminamos como terminamos». Terminamos devaluando: de un peso igual a un dólar a tres pesos igual a un dólar, de las diez plagas a las siete plagas. El fin de la convertibilidad bíblica. De este modo, y mal que le pese, Kirchner se puso a tono con Carlos Menem, cuyos numerosos lapsus, como cuando confundió a Antonio Machado con Atahualpa Yupanqui cuando le atribuyó a este último lo de « Caminante no hay camino», o como cuando declaró ser fiel lector de las obras de Sócrates (quien escribió la misma cantidad de libros que Cristo, es decir, ninguno), eran tan festejados.
Pero no hay que ser tan severos: equivocarse en la tribuna pública es una característica bastante común a todos los políticos. Kirchner sí, y ayer perdió el invicto: ahí vino la plaga, como en el rock and roll.
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