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1 de agosto 2007 - 00:00

Cristina y el mural

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Cristina Kirchner anunció ayer en México el nuevo destino del errante mural de Siqueiros arrumbado hasta ahora en containers: lo montará en los sótanos detrás de la Casa Rosada.
La esposa del Presidente suele identificarse, como los grandes curiosos o los turistas, con las personalidades de los lugares que visita. Napoleón en París, Kafka en Praga, Siqueiros en México, con la salvedad del género para la torturada Frida Kahlo. Ante ellos, naturalmente, se sorprende. Y en este periplo con su marido por la tierra ardiente, ha prometido -si llega al gobierno- lo que no hicieron Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde ni el mismo Néstor Kirchner: la recuperación del mural que Siqueiros pintó en el sótano de una casa de Don Torcuato, titulado «Ejercicio plástico», trozado en containers de la Aduana en San Justo.

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Como la obra no es una miniatura,también le anticipa un destino gigante: el propio museo de la Casa Rosada, en lo que fue la Aduana Taylor, atrás del edificio. Encomiable rescate cultural, aunque la voluntad artística en este caso tropieza con algunos impedimentos físicos. El museo actual es un subterráneo y, como se sabe, el mural de Siqueiros fue pintado en una suerte de cueva, de sofisticada cava para el millonario de turno (el editor Natalio Botana, dueño del memorable diario «Crítica», voluptuoso factor del poder en la primera mitad del siglo pasado). Por lo tanto, nadie puede explicarse -por ahora- la forma en que un subterráneo podrá ser observado dentro de otro subterráneo. Cuestiones que, naturalmente, iluminará la futura gestión femenina, si la votan el 28 de octubre.

También habrá de explicar su audacia para promover esa obra (sobre todo con los colegios primarios que visitan el museo), caracterizada principalmente por una mujer desnuda que aplasta sus tetas --sería ofensivo para la fuerte naturaleza del mural decir «senos»- contra una burbuja de mar, representación con más figuras femeninas en un océano con paredes de vidrio, un homenaje a su propia esposa, la uruguaya, poetisa y militante comunista Blanca Luz Brun. También en este caso, la cuestión del género importa: cuenta la leyenda que Botana contrató a Siqueiros para que le pintara el sótano mientras, en la planta baja, él se entretenía con la esposa del artista mexicano. Más que leyenda, realidad, no sólo por testimonios de los familiares, sino por expresiones de la propia Blanca Brun: definía a Botana como alguien que «para unos es un santo, para otros Al Capone y, para mí, un emperador». Ni Idea Vilariño, otra vate oriental, hubiera imaginado esa descripción amorosa.

Debe conocer la candidata esta historia singular y apasionada, de un consiente engañado o cornudo, sobresaliente pintor que amargado dejó Don Torcuato, la Argentina, volvió a su tierra y como obediente stalinista conspiró para asesinar a León Trotsky, por entonces ocasional amante de la Kahlo. No tuvo éxito Siqueiros en su atentado, finalmente era un artista, le dejó esa tarea más tarde a Ramón Mercader, otro que a través del amor de una secretaria llegó a la intimidad de Trotsky para despedazarla la cabeza con una alabarda (por servir a la CIA, según los stalinistas). Mientras, el mural de Siqueiros se olvidaba en la quinta, inclusive le pintaron encima sus partes más escandalosas (dedicación artística del ingeniero Alvaro Alsogaray, quien compró el inmueble), hasta que luego lo partieron en pedazos, lo ocultaron, estalló una batalla legal y por fin quedó condenado a un depósito aduanero. Del cual, Cristina habrá de arrancarlo, dice, aunque ciertos trámites intermedios todavía desconozca.

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