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Además, el Estado tenía de su lado el factor psicológico de intranquilizar a casi todo el conjunto enemigo que no conocía con exactitud cuanto podía saber el cuadro que caía preso y muy habitualmente ni sabía si fue muerto, sólo herido o detenido el guerrillero que perdían.
El único paliativo escuchable -pero no justificable porque tenían en sus manos el arma de la ley y el debido proceso- sobre aquel accionar antisubversivo violento ilegal, con tantas muertes, excesos y desapariciones es que si la subversión hubiera triunfado habría provocado muchísimas más víctimas -quizá miles y miles más, entre fusilados, encarcelados y exiliados- que lo que costó reprimirla. La tradición de las revoluciones triunfantes con violencia prueba que eso hubiera sido así. Pero siempre está la valla insalvable de que la represión tenía la opción de la ley.
El otro argumento de la represión no es ni atendible: que si juzgaban y fusilaban con bandera y banda no hubieran podido hacerlo con más de 3 o 4 terroristas porque sobrevendría la reacción internacional. Es cierto pero humanamente descartado. Las grandes masacres como el holocausto judío, los fusilamientos masivos en Rusia al inicio del marxismo, el casi exterminio de los camboyanos por Pol Pot y, sin más citas, los muertos a diario en Irak y antes en Afganistán no provocan reacciones inmediatas y sí hasta acostumbramiento de gobiernos y pueblos. Pero las muertes individuales, así sea de asesinos seriales para ser electrocutados, sí mueven sectores, juristas, gobiernos e iglesias para suspenderlas.
De los dos males que se enfrentaron con alevosía en los años '70, entonces, debe ser más culpable, en juicio justo, la represión, por lo expresado y porque agravó su accionar con algo incalificable humanamente por su perversidad y casi un «argentinismo» en revoluciones: apropiarse de los hijos del adversario muerto o desaparecido, que es lo mismo. Sólo el nazismo actuó peor porque también exterminaba a los vástagos por la demencia de «preservar la pureza de la raza superior».
Pero de ninguna manera son distintas, en justificación, las víctimas de esos años '70. Un arrojado al mar no gozó de juicio justo pero tampoco lo tuvo un simple policía asesinado en la calle para arrebatarle el arma y que el terrorista asumiera así su primera «prueba de compromiso con sangre» con el grupo subversivo.No hay diferencia entre la matanza de Trelew de guerrilleros y dos decenas de muertos civiles, ajenos a todo, por una bomba despiadada cuando esperaban en el Departamento de Policía para renovar sus documentos personales. No la hay entre 60 subversivos muertos en el ataque al cuartel de Monte Chingolo y 70 militares asesinados por el terrorismo en plena democracia antes del golpe de 1976.
Finalmente no hay diferencia, como ya dijo este diario, entre el asesinato de dos hijos de la Sra. Hebe de Bonafini y el de la pequeña hija de 3 años por un balazo certero cuando estaba con su padre, el capitán Humberto Viola, que también murió y le hirieron gravemente a otra hija de 5 años.
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