El ideólogo anarquista John Holloway, un irlandés radicado en México que suele proveer de argumentos a los militantes del posmarxismo, describió en una conferencia otro de los males de izquierdismo. Holloway ha dado argumentos al movimiento insurgente del zapatismo (una organización que dice hacer la revolución sin necesidad de apoderarse del Estado). También ha visitado la Argentina en varias oportunidades y, con su teoría de «Cambiar el mundo sin tomar el poder», inspiró las últimas peripecias de Luis Zamora, quien, por hacerle caso, ya se ha quedado sin banca y sin partido. Lenin había dicho en un opúsculo que la «enfermedad infantil» del comunismo era el izquierdismo. En una conferencia que dio en Bilbao, afirma que la enfermedad del izquierdismo es su escepticismo, temperamento que abunda en críticas sin proponer soluciones. Veamos lo principal de esa conferencia que publicó el sitio «La Vaca», donde desarrolla sus tesis sobre lo que llama el « altermundismo» (los que proponen otro mundo distinto del actual).
Es siempre un poco difícil -para mí lo es- hablar en un lugar nuevo, con gente nueva, porque obviamente vengo a hablar de mis preocupaciones, pero no sé si éstas son las de ustedes; hace una hora me puse nervioso pensando que mis preocupaciones no iban a coincidir con las suyas. Luego pensé que no, que finalmente, sí tenemos algo en común, y creo que lo tenemos: es la rabia, es el «no», es el grito, es el grito en contra de lo que estamos viviendo todos los días, lo que vivimos personalmente y también lo que leemos en los periódicos o vemos en televisión, es un grito de «no»; no puede ser que el mundo sea así.
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(...) Tenemos que superar la principal enfermedad de la izquierda. La principal enfermedad de la izquierda es pasar todo el tiempo quejándose del capitalismo o de la sociedad actual. Finalmente, terminamos deprimiéndonos, terminamos deprimiéndonos de tal forma que somos incapaces de hacer las cosas; el problema no es criticar el capitalismo porque todos sabemos que es una catástrofe, el problema es cómo salir de este capitalismo terrible, cómo podemos concebir, otra vez, la cuestión de la revolución, y la única forma que encuentro es en término de grietas, de reconocimiento, creación, expansión y confluencia de grietas en el tejido de la dominación capitalista.
(...) Queremos cambiar el mundo. Obvio. Segundo, este proceso no puede ser un cambio global. Tiene que ser un proceso intersticial, que toca ciertos momentos, ciertos espacios; el problema es cómo concebir estos espacios, cómo concebir estos intersticios; aquí tenemos una respuesta muy clásica y muy obvia: la forma de cambiar el mundo es conquistando un Estado tras otro, la forma de cambiar la sociedad es conquistando el Estado; es éste el concepto de revolución que está en crisis y es por esta crisis que estamos aquí, es esta crisis la que abre la discusión, ya que somos parte de esta crisis.
Si uno piensa en esta idea, cambiar el mundo mediante la conquista del Estado es lo que ha fracasado en el siglo XX. La experiencia histórica nos hace reflexionar si no hay algo falso en esta idea, porque no se puede explicar el fracaso por causas particulares; tras tantos fracasos, hay que preguntarse si no hay algo equivocado en esta idea de conquista del poder estatal: el Estado no es cualquier forma de organización, es una forma de organización, desarrollada a través de los siglos, para exprimir a la gente; es una organización caracterizada por su separación respecto de la sociedad; en el mejor de los casos, el Estado dice: «Ustedes no se preocupen, nosotros resolveremos sus problemas, nosotros actuaremos en el beneficio de la sociedad». Esto quiere decir que está destruyendo la sociedad; si los padres actúan en beneficio de sus niños, están destruyendo a los niños.
La idea del Estado como forma de organización es incompatible con la idea de la autodeterminación; y si pensamos en la sociedad que queremos como una sociedad autodeterminante, está claro que no tiene mucho sentido pensar que la podamos crear a través de instituciones diseñadas explícitamente para excluir tal posibilidad. Lo que ha pasado en el siglo XX, básicamente, es que los revolucionarios eran personas comprometidas con la idea de la transformación social, pero trataron de hacerlo a través de un instrumento, la forma de organización, que no se prestaba para la creación de una sociedad autodeterminante, la sociedad comunista, si quieren.
Una de las aportaciones principales de los zapatistas, desde un principio, es su voluntad de cambiar el mundo, de crear un mundo nuevo, pero sin ocupar o tomar el poder del Estado, lanzando así un terrible desafío teórico y práctico. La única respuesta que encuentro es pensando en esos espacios, esas grietas, esos intersticios, no en términos estatales; debemos crear espacios o momentos anticapitalistas, o relaciones que van más allá del capitalismo; esto no tiene que ver nada con el Estado. Estas grietas tal vez se pueden concebir de tres formas: en términos espaciales, uno puede pensar en la selva Lacandona, en Chiapas, en una fábrica tomada en la Argentina o un café alternativo; en esos lugares la gente está diciendo: «Aquí no domina el capital; aquí y ahora vamos a crear otras relaciones sociales, aquí vamos a hacer las cosas de otra forma».
(...) Hay que ver el mundo como ocupado por miles de espacios llenos de gente que dice no a la dominación del capital; si alguien quiere contemplar la tarea de cambiar el mundo, debe empezar desde ahí. Muchas veces, estas grietas son tan chiquitas, tan aparentemente apolíticas, que la gente misma no reconoce lo que está haciendo como una rebeldía; obviamente, el efecto del capital es que la resistencia al capital es apolitizable, es una expresión misma del poder. Así, las grietas, resistencias y los rechazos se hacen invisibles; por eso la rebeldía abierta sorprende, porque parece que surge de la nada, pero no es cierto, nace de grietas, de rebeldías que ya estaban presentes.
Por eso la importancia del movimiento feminista y su insistencia en la cuestión de la visibilidad y de la invisibilidad de las mujeres en la historia; por eso también la importancia del pasamontañas zapatista: ellos dicen que se ponen el pasamontañas para que nosotros los veamos, nos hacemos invisibles para hacernos visibles, porque nuestra rebelión es la de los sin rostro. Así que un primer paso es reconocer las grietas, que muchas veces no son visibles, no son movimientos constituidos; el gran desafío es salir a la calle, ir al supermercado; el gran desafío es la gente y su rebeldía. La cosa más profunda, más difícil que dicen los zapatistas, es cuando dicen que son gente común, nada especial; no dicen que son indígenas comunes, indígenas chiapanecos exóticos, dicen que son gente común: debemos deshacernos de la idea de que nosotros somos excepcionales, que somos una elite y empezar con el intento de ver lo invisible, de reconocer lo que no se ve, de ver las grietas que no vemos.
(...) La muerte del capitalismo no será efecto de una cuchillada al corazón, sino de la picadura de un millón de abejas, y nosotros somos esas abejas. Estas picaduras son las multiplicidad de rechazos, de grietas.
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