Fidel Castro y Hugo Chávez protagonizaron la faz más populista de la Cumbre del Mercosur. Al final, monopolizaron las imágenes al mundo del acto en la Universidad y la visita a la casa del Che Guevara (arriba). Evo Morales fue el último presidente en llegar, recién el viernes pasado. Hubo encuentro a solas con Néstor Kirchner y hasta utilizó un día después en Bolivia un helicóptero que le prestó Hugo Chávez para trasladarse (abajo).
Las «cumbres» de presidentes latinoamericanos en Córdoba con ideas políticas disímiles, predominio de economías populistas y mezcla de dictadores, semidictadores y demócratas, más socios « plenos» del Mercosur, adherentes y colados en Córdoba, sólo sirven para el mercadeo de intereses políticos individuales como en la antigüedad los pastores de la montaña bajaban una vez al año al valle para intercambiarse mercaderías. Por lo menos aquellos primitivos del trueque terminaron dando origen a ciudades permanentes y en estas cumbres de positivo y constante no queda casi nada.
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La presidenta chilena, Michelle Bachelet, tenía en la reunión de Córdoba cara de preguntarse «qué estoy haciendo yo entre estos delirantes». Era lógico pensarlo si Fidel Castro hacía el elogio de una « medicina cubana», eficaz en cuanto a extender la cobertura social pero casi artesanal en tecnología. O ufanarse de que «comenzamos a cambiarle los televisores blanco y negro por los de color a nuestro pueblo» -eso informó-, cuando en la mayoría de los países latinoamericanos no comunistas se está entrando rápido al plasma. Además, Cuba tiene tan poco bienestar y tan escasa variación de alimentación para su población que necesita legiones de médicos. Esa medicina, eficaz a nivel de su pueblo más un alto grado de alfabetización logrado, no justifica 47 años de dictadura para obtenerlos. Es una isla a la cual no le emigran pobres, desnutridos y analfabetos de países vecinos que le afecten sus lindas estadísticas, como por ejemplo le sucede a la Argentina.
A Bachelet sólo le interesó concurrir a Córdoba para conversar con el boliviano Evo Morales -y lo logró a solas- para el drama social y económico chileno que puede ser la provisión de gas que no tiene. El propio Evo Morales ni salió en la foto de los presidentes -le correspondía si también posó Fidel Castro que no es del Mercosur- ni asistió a la «cumbre paralela» con cuatro horas de discursos (una de Chávez y tres horas del dictador) ante escasos 24.000 concurrentes que fueron llamados 100.000 por Castro en lo que llamó la habitualidad en La Habana del cálculo « geodésico».
El hombre de Bolivia ni aceptó integrarse a un Mercosur más politizado que efectivo. Le interesaba conversar con Bachelet porque sabe que si canjea a Chile gas por salida al mar ingresará a la historia grande de su país.
El brasileño Lula da Silva sonreía hacia afuera porque lo que más temía le sucedió: el siempre imprudente venezolano Hugo Chávez dijo -y salió como noticia hacia todo el mundo- «Lula ganará en Brasil», restándole quizá votos moderados con vistas a la elección de octubre próximo donde juega su reelección. O llevándole mufa porque Chávez también vaticinó el triunfo de Ollanta Humala, en Perú, y así le fue. En el caso de Andrés López Obrador, en México, produjo el mismo efecto negativo. Lula observaba también el delirio cumbrista y ponía cara de «no puedo entrar en conflictos en este tiempo refutando a estos locos pero si soy reelecto mando al demonio el eje Cuba, Caracas, Bolivia y su gas y la Argentina para intercambio». Para colmo en esta cumbre ingresó un pedido de México de entrar al Mercosur, algo que irritó al brasileño porque México -que hace crecer su economía abierta a todos los países- tiene el PBI mayor hoy de América latina y Brasil quedaría segundo. Por eso Lula alentó una «América del Sur unida» donde cree que la cabeza le corresponde a su país, propósito que -un poco apresuradamente- Néstor Kirchner le reconoció hace tiempo.
Evo Morales sabe que para su país llegó la oportunidad histórica porque comenzó la era del agotamiento de las fuentes tradicionales de energía en el mundo y él, por lo menos en gas, las tiene abundantes. Lo poco que participó le bastó para poner cara de pensar «la chilena Bachelet dice que en dos años su país ya habrá superado su p r o b l e m a energético y Lula da Silva declaró que lo hará en uno solo con nuevas exploraciones. Puedo sentarme a esperar y jugar al fútbol que tanto me gusta mientras descartan sus utopías». Es lógico, Bolivia tiene gas para 40 años.
El presidente paraguayo Frutos, a su vez, tenía cara de decir «vine a Córdoba porque sólo está a una hora de viaje. Me importan un bledo Castro, Chávez, Kirchner. Mi negocio está en el tratado de libre comercio con Estados Unidos». La cara del presidente uruguayo, Tabaré Vázquez, variaba en dos sentidos. Como al de Paraguay, también le importa un bledo el «eje» La Habana-Caracas-La Paz y, como sostiene su hábil ministro de Economía Danilo Astori, ve el negocio grande de su país no en el Mercosur sino en un acuerdo con Estados Unidos que le rebaje 24% de derecho de importación con que hoy los norteamericanos encarecen las carnes uruguayas. Pero en cambio sonreía cuando buscaba a Néstor Kirchner y le hacía propuestas de diálogo. También es lógico: calmó su frente político interno cuando la Corte de la Haya no hizo lugar a la suspensión de la construcción de las papeleras contaminantes en Fray Bentos como pidió la Argentina con escasa habilidad diplomática jugándose demasiado a un único punto. Al primer gobierno socialista moderado de la historia de Uruguay, como es el Frente Amplio de Vázquez, sus rivales de los partidos políticos tradicionales, que estaban afilando las uñas, no le podrán reprochar nunca que haya peleado mal por las papeleras que le dejaron como herencia. Pero también sabe que un fallo políticamente bien explotado como triunfo es un arma de doble filo y por tanto relativo porque La Haya le endilgó a su país y a su persona la responsabilidad de que autorice a que siga la construcción de las plantas y suya también será la eventual consecuencia futura de que la producción resulte contaminante de aire y aguas. Y Tabaré sabe bien que producir dos millones de toneladas de celulosa por año en un único sitio, a 12 y 30 kilómetros de poblaciones humanas, será contaminante. O que tendrá que exigirles a Botnia y a ENCE costos de elaboración tan caros -tipo Alemaniao producción de celulosa de menor calidad sin el dañino dióxido de cloro (que blanquea menos el papel), variantes que para esas empresas no justificarían haberse instalado en un país sudamericanoen desarrollo cuando, a tan alto costo, le hubiera servido mejor seguir en Europa y darle trabajo a europeos. Si vinieron a Uruguay fue para producir más barato aunque con contaminación. Por eso Vázquez, en el mercadeo de Córdoba, propuso diálogo con la Argentina para compartir la responsabilidad que le aplicó La Haya a su país tras ese aparente fallo « favorable» porque, además, eximió totalmente de culpa a las empresas europeas del futuro si Uruguay las autoriza. Y Kirchner, entonces, no le concede el diálogo porque no ve ganancia y sí posibilidades próximas de seguir peleando, inclusive en La Haya.
Hugo Chávez sí hace negocios con estas «cumbres». Se pavonea mostrándose al lado de Fidel Castro y le sobrelleva, sin dormirse, tres horas de discurso. Le da petróleo a Castro pero lo utiliza.Por de pronto el cubano le asegura comunismo y aunque no comparta ese arcaísmo le sirve al venezolano. Corea del Norte es el otro país comunista que queda en el mundo y tiene misiles nucleares como para amenazar a Estados Unidos si éste intenta algo contra el autoritarismo venezolano. Chávez además le inventó un intercambio de productos del Mercosur a Cuba rompiendo el bloqueo norteamericano. A Chávez le alivia el mantener a los cubanos a cambio de « médicos» que con sus petrodólares podría traer hasta de Suiza. Castro contento recibirá y, como es tradicional, no pagará. Juan Perón en 1974 envió a su ministro de Economía José Gelbard a realizar una exposición de industria en La Habana. Castro eligió de lo que se exhibía. Le exportaron por 600 millones de dólares que jamás pagó y siguen figurando como «reservas en el Banco Central». Quería pagar con azúcar y los ingenios argentinos casi se mueren del susto. Por tanto nunca saldó y ahora tampoco lo hará si le envían.
El presidente Kirchner sonrió permanentemente pero no sacó nada valioso de esta cumbre. Que este « argentinismo» llamado ENARSA vaya a participar con la estatal ANCAP uruguaya y la también estatal venezolana PDVSA en extraer petróleo de un sector del país de Chávez donde se sabe que existe, o sea sin riesgo, es sólo un negocio de extensión política de Hugo Chávez y mero golpe de efecto sin ganancia económica. A Chávez, con el actual precio del petróleo cercano a 80 dólares el barril, le sobran capitales propios y le lloverían del mundo para tal operación. Cualquier petrolera de las «hermanas» internacionales lo haría y a menor costo que tres estatales latinoamericanas burocráticas de por sí. Pero no le darían «extensión política» en la región al venezolano por lo cual lo suyo es hábil: a misma ganancia le agrega el plus de «influencia política» regional. Aparte, en canje, vendrá a buscar petróleo en áreas marítimas argentinas que también es penetración política. ¿Por qué la Argentina tiene que ir a operar el Orinoco venezolano si no terminó de explorar el propio territorio y su mar continental?
Kirchner no sobrelleva, algo bueno, a Fidel Castro y lo irritó pidiéndole por la médica cubana Hilda Molina para que le permitan venir a visitar a su hijo y nietos en la Argentina (ver nota aparte en Contratapa de este doloroso episodio). El mandatario argentino dispone caricias y arrumacos casi diarios para tener asegurada la adhesión del no más de 10% de la izquierda progresista de la Argentina -el otro 2% son ultras- y no necesita coquetear con el dictador cubano que, al contrario, podría asustarle moderados que lo voten el año próximo.
Sí Kirchner, en la feria de vanidades de Córdoba, le hizo caída de ojos a Chávez. Este aprovecha aquella quijotada del presidente argentino de cancelarle créditos baratos al Fondo Monetario Internacional para pagar hoy el doble o triple de intereses por el nuevo financiamiento que necesita con pérdida financiera alta para el país. Venezuela, entre sus compras y reventas de títulos argentinos, gana 18% anual en dólares. Es cierto que igual lo ganaría si hay oferta abierta y no mediaran «relaciones presidenciales». Pero Chávez no desperdicia nada: lo mismo lo vende con envoltorio político que crea dependencia y le da aire de magnánimo.
Para colmo el mandatario argentino tuvo que hacerle en Córdoba alguna concesión en precio de naftas de frontera (se aplicará el valor mayor a vehículos de patente extranjera sólo en ciudades linderas importantes) a Bachelet que más justificó así sobrellevar una cumbre de estatistas, comunistas y autoritarios totalmente lejos de la forma de democracia y manejo económico libre de los chilenos.
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