En respuesta, Cavallo posteó en su blog un descargo. “Las varias veces que conversé con Don Rogelio Frigerio, no noté esa animadversion personal hacia mí”, afirmó el ex titular del Palacio de Hacienda, y agregó un tramo de su libro “Economía en Tiempos de Crisis”, donde aparece un debate con Frigerio en la Peña el Ombú de Córdoba, en 1988.
Aquí se reproduce el documento original publicado por Cavallo sobre su cruce de ideas con Rogelio Frigerio, donde se habla de monopolios, inversión y capitalismo.
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Gentileza: Visión Desarrollista
Monopolios, inversión y capitalismo. Un intercambio de ideas con Rogelio Frigerio
(Conferencia debate organizada por la Peña El Ombú de Córdoba el 3 de junio de 1988).
En el análisis de Rogelio Frigerio juega un papel importante el fenómeno del deterioro de los términos del intercambio externo que afecta a las economías exportadoras de bienes primarios. En su propuesta hay tres temas recurrentes: los monopolios, la inversión y el papel de los capitalistas.
Si bien comparto la importancia que Frigerio le asigna a la transformación de las estructuras del subdesarrollo, voy a utilizar estos cuatro temas para puntualizar algunas diferencias de enfoque, fundamentales a la hora de hablar de propuestas.
Los términos del intercambio
Coincido con Rogelio Frigerio en que a nuestro país se le deterioran los términos del intercambio externo. Pero quiero dar mi interpretación de este hecho, ya que difiere de la que surge de su exposición; y la diferencia tiene sus consecuencias sobre la política económica que resultan recomendables para evitar aquel deterioro.
Los términos del intercambio externo son la relación entre los precios cobrados en el exterior por los bienes que el país exporta y los precios que pagamos por las importaciones. El tipo de bien que se exporta e importa depende de la estructura productiva.
La capacidad para evitar vender cada vez más barato y comprar cada vez más caro reside, precisamente, en la habilidad para modificar la estructura productiva interna cuando los precios externos se tornan desfavorables. Si en vez de cambiar, los intereses creados logran subsidios para seguir ganando aunque el país pierda, entonces los términos del intercambio se siguen deteriorando.
Cuando, en materia de estructura productiva, un país hace apuestas decididas muy centralizadamente y respaldadas por todo el poder del Estado, es muy probable que termine sufriendo el deterioro den los términos del intercambio externo.
Priorizar el desarrollo de un determinado sector, sea el agropecuario, el siderúrgico o el de las computadoras, en función de las creencias de dirigentes sectoriales influyentes que logren persuadir a la población y a los líderes políticos, genera una economía poco diversificada y muy inflexible.
Y este riesgo existe sea que la apuesta se llame granos y carnes, industria pesada o cibernética. El error está en respaldar con todo el poder político una única apuesta demasiado fuerte.
Organizar un país para la producción exclusiva de granos y carnes y no diversificar su economía, es tan malo como que toda su inversión se concentre en tres o cuatro sectores a los que se llama “básicos”, o que sólo apoye a la informática y la robótica porque, como cree ahora Terragno, son el vehículo de la innovación tecnológica.
El error consiste en que haya un gran compromiso político detrás de algunas pocas industrias, cualesquiera que ellas sean. ¿Por qué? Porque se le quita a la economía la capacidad de respuesta al cambio. Entonces, cuando baja el precio del trigo, del acero o de las computadoras, aquellos empresarios que hicieron sus inversiones siguiendo las iniciativas del Estado, se sienten con derecho a conseguir subsidios para continuar con sus actividades, aunque éstas dejen de ser rentables.
De esta manera, el país mantiene, por decisiones centralizadas, una estructura productiva poco flexible, aun cuando la realidad de los mercados internos e internacionales le diga que debería cambiarla.
No se le deterioran los términos del intercambio a los países que mantienen gran agilidad para responder a nuevas circunstancias que, las más de las veces, son muy difíciles de predecir. No creo que haya dirigentes políticos, economistas, o personas suficientemente lúcidas en el mundo, capaces de decir cuáles son las apuestas que un país debe hacer hacia el futuro.
Considero, en cambio, que todo país que aproveche al máximo la inteligencia de sus habitantes, de lo mucho que cada empresario conoce respecto del mercado y de la tecnología en el rubro al que se ha dedicado, que aproveche toda esa variedad de información, a través un sistema descentralizado de toma de decisiones, donde cada uno hace su apuesta en base a la información que tiene, a su capacidad, arriesgando su capital, sin tanta protección y tanto respaldo del Estado para hacerlo, este tipo de país logra armar una economía muy diversificada, como son las economías de las potencias que progresan.
Es decir, esos países no hacen apuestas definitivas, sino que están permanentemente preparados para responder a la nueva información y a las nuevas circunstancias, con inteligencia, aprovechando todo lo que se ha hecho antes, pero analizando también todo lo nuevo que se conoce sobre lo que ésta pasando ahora y sobre lo que se prevé para el futuro inmediato.
A nosotros se nos deterioran los términos del intercambio porque tenemos una economía donde el Estado compromete todo su poder detrás de determinadas estructuras productivas, a las que adhieren en determinado momento sectores muy influyentes, que luego defienden a ultranza esas decisiones.
Eso es lo que pasó en la década del 30 y parte de la del 40. Los sectores dominantes de aquel entonces, que eran sectores económicos con gran influencia sobre el poder político, respaldaban una estructura económica que había perdido vigencia en el mundo. Al mismo tiempo, impedían que se apoyara a otras actividades capaces de adaptarse a las nuevas realidades.
Respeto lo que dice Frigerio sobre la importancia de las industrias de base. Sin embargo, no me atrevo a decirle a la dirigencia política: “ponga todo el respaldo del Estado para estructurar las denominadas industrias básicas”. Hay que facilitar la inversión en el país, facilitar el crecimiento, facilitar la realización de buenos negocios, pero, al mismo tiempo, hacerlo sin que el Estado se ponga a respaldar inexorablemente los resultados.
Es necesario que se produzcan inversiones de riesgo, donde el empresario apueste y sufra las consecuencias si se equivoca, y obtenga los beneficios si le va bien. Entonces, esa economía se va ir adaptando a las cambiantes circunstancias de la realidad nacional e internacional.
A mí me da miedo la apuesta incondicional de Terragno a la informática, a la cibernética y a la robótica. No porque dude de estas industrias, sino porque puede llegar a pesar como con el trigo o la carne en una época, o como con la siderurgia, la petroquímica y la celulósica en otra.
Son unos pocos sectores que, aun cuando están haciendo pésimos negocios, se creen con derecho a recibir apoyo ilimitado del gobierno, a costa de los jubilados, de los docentes y de los trabajadores, y de toda la gente que ve retaceado su nivel de vida, merced a lo que cueste sostener apuestas del pasado que resultaron poco efectivas.
Por eso, debemos crear instituciones que aseguren que la estructura productiva surge de decisiones descentralizadas, con el aporte de todos los empresarios que puedan conocer algo de lo que le conviene hacer en el país, para que tengamos una economía diversificada y flexible. Entonces no se nos van a deteriorar los términos del intercambio.
El monopolio
El monopolista gana porque vende más caro que el empresario que opera en condiciones competitivas. Gana a costa del que le compra. Coincido con Frigerio en que los países hoy desarrollados se han valido de los monopolios para crecer.
Pero hay dos tipos de monopolios: los que se logran por la capacidad de innovación, en materia comercial, tecnológica y de producción, y aquellos creados por una decisión política del Estado. Los primeros no son monopolios absolutos, sino relativos. En la medida en que se hacen las cosas mejor, en calidad, en producto, en tecnología, se mantiene el monopolio y se vende más caro. Pero esto ocurre hasta tanto aparece la competencia.
Para evaluar si el monopolio beneficia al país, hay que preguntarse a quién se le vende más caro. Si se le vende más caro a los compradores del resto del mundo, porque el país a través de una inteligente interacción entre su sector público, su dirigencia y la actividad privada, ha sido capaz de desarrollar industrias que consiguen ventajas frente a las del resto del mundo, entonces el país puede capitalizarse y crecer más rápidamente. Desarrollar ese tipo de monopolios es beneficioso.
Pero si el poder del Estado se utiliza para asegurarle a los capitalistas un monopolio que les permite vender caro a los que viven dentro del país, y después esas personas piden subsidios para venderle barato a los que viven afuera, estamos ante un monopolio absolutamente perjudicial. Y, lamentablemente, ese es el tipo de estructura que ha predominado en nuestra economía. Porque aquí, los monopolistas terminan regalando al exterior el trabajo y el esfuerzo de los argentinos.
Cuando el gobierno de Japón apoya a sus empresas, lo hace para que penetren comercialmente en el mundo y vendan más y mejor. Es la forma de aumentar la capacidad de acumulación del Japón.
Pero resulta que en la Argentina, pretendiendo imitar a otros países, pero sin inteligencia, por parte de nuestra dirigencia sectorial, hemos cometido errores garrafales. Hemos estado creando cada vez más monopolios sectoriales, regionales, incluso de determinadas empresas, para que nos vendan cada vez más caro a los argentinos, degradando el nivel de vida de nuestra gente.
Por otro lado, hay un mecanismo impositivo que determina que lo que se gana en la Argentina paga altos impuestos si queda en el país, pero está exento si se va al exterior. Entonces lo que se alienta es la fuga de capitales.
El mejor negocio en nuestro país es pedir protección para ganar mucho vendiéndoles caro a los argentinos, e invertir las ganancias afuera. ¿Cómo van a producir los empresarios si se achica permanentemente el mercado interno?¿Cómo va a desarrollarse la industria automotriz en la Argentina, si las fábricas de automóviles, en base a que pueden vender a cualquier precio, venden cada vez más caro y, por supuesto, los argentinos compramos menor cantidad de automóviles que hace diez años?
¿Por qué algunos productores creen que están cantándole loas a la buena economía, cuando siguen vendiendo un producto al triple del precio por el cual lo exportan, y al triple del precio que reciben otros productores del mundo?
Estos fenómenos no suceden en vano. Suceden porque en la Argentina hay una gran confusión sobre lo que conviene y lo que no conviene al interés general. Y ello se debe, fundamentalmente, a la falta de transparencia.
La inversión
Los países crecen si invierten mucho, pero, sobre todo, si invierten bien. Porque sólo de esta manera se puede llegar invertir cada vez más.
En la Argentina hemos tenido épocas en que se ha invertido mucho, pero se ha invertido muy mal. La calidad es prioritaria con respecto a la cantidad de la inversión. Hemos realizado un esfuerzo enorme, hemos enterrado hierro y acero en obras públicas y privadas absolutamente improductivas.
Cuando aplicamos sistemas selectivos de aliento a la inversión, cuando el Estado se mete a respaldar a los empresarios privados, las inversiones que resultan son muy malas. Han sido pésimas las inversiones que surgieron de los regímenes sectoriales de promoción, aquellos que pretendieron desarrollar la petroquímica, la celulósica y la siderurgia.
Se hicieron emprendimientos aberrantes con plata del Estado, con diferimientos fiscales sin indexación, con créditos que luego no se pagaban, con avales del Tesoro. Las más de las veces invirtieron cifras que duplican o triplican a las que hubiera sido necesario para producir lo mismo.
Esas son las obras que sirvieron para que fugaran los capitales al exterior, porque como las pagaba el Estado, convenía contabilizarlas por tres veces su valor, dejar dos partes afuera y hacer el negocio con sólo hacer la inversión, aun cuando nunca se llegara a ponerla en producción.
Este no es el mecanismo que alienta Frigerio. Él quiera la inversión reproductiva, la que realmente hace crecer. Pero en este planteo tenemos que ser muy cuidadosos. En la Argentina, bajo el rótulo de aliento a la inversión, se han cometido hechos aberrantes.
Gente de las empresas constructoras quieren que se inicien nuevas obras, pero resulta que tenemos proyectos que luego se dilatan en su ejecución, se recontratan con mayores costos y que nunca terminan. Nunca se logra cosechar los réditos de las obras y entonces cada vez tenemos menor capacidad de inversión.
Por eso, la calidad y la productividad de la inversión son muy importantes. Y para que la inversión sea productiva no debemos tener prejuicios ideológicos respecto de los sectores donde invertir. Hay que hacer cálculo económico; la inversión no es un objetivo en sí mismo, como no lo son la exportación o la importación. El objetivo es que las familias puedan vivir dignamente, educar a sus hijos, que el trabajador tenga un rédito decoroso… Esos son los objetivos: el bienestar de la población.
La inversión es un instrumento, y, como tal, la clave está en maximizar los beneficios. Porque si por cada fábrica que se quiera hacer se cuida mucho la calidad de la inversión, aportando estrictamente lo necesario, será posible construir muchas nuevas fábricas en el país.
Por eso, quiero recalcar que para invertir más, hay que invertir mejor, hay que hacer cálculo económico, lo suficientemente sencillo y responsable, como para que se invierta sólo si conviene, y que el beneficio privado se identifique con la conveniencia del país.
Permítanme valerme de un ejemplo de mucha actualidad: el Polo Petroquímico Neuquén.
Se está privatizando el Polo Petroquímico Bahía Blanca, se están vendiendo las empresas públicas o semipúblicas que se crearon en dicho lugar, a sólo el 10% de lo que el Estado invirtió; y mientras esto sucede, se quiere comenzar el Polo Petroquímico Neuquén en base a nuevas inversiones públicas, en las que no habrá cálculo económico. Incluso las empresas privadas que quieren participar de esta obra, dicen que sólo harán las inversiones si se les permite usar la capitalización de la deuda externa y otros inventos, para que el Estado ponga el dinero.
Y son esos mismos fondos los que no alcanzan para pagar a los jubilados, a los maestros, a los funcionarios públicos provinciales o a la policía que cuida la seguridad pública. Es por eso que, finalmente, quiero hablar del capitalismo, de los trabajadores y de la política social.
El capitalismo
El capitalismo ha hecho mucho para que mejore el nivel de vida de los pueblos. Pero lo ha hecho cuando las reglas de juego obligaron a los capitalistas a trabajar por las personas. Si las normas actuales inducen a los capitalistas a ganar, para luego sacar los capitales del país, el sistema va en contra del interés de los trabajadores.
Por eso, buenas instituciones económicas son la que aprovechan la pujanza del capitalismo para ponerlo al servicio de los individuos, y eso significa que los empresarios tienen que tener una retribución según su acierto.
Cuando invierten deben hacerlo con sus recursos y arriesgar para ganar mucho cuando aciertan y perder cuando se equivocan. Tienen que cumplir con las leyes; y las leyes tienen que ser, no normas que los agobien, no leyes que los induzcan a hacer lo contrario al interés nacional, sino que los premien cuando hacen lo que conviene al interés nacional.
Por eso el capitalismo es perfectamente compatible con un sistema de justicia social, cuando las reglas de juego obligan a los capitalistas a hacer lo que le conviene al país. Pero si los capitalistas encuentran que, a través del reclamo de protección, pueden quitarle cada vez más plata a los argentinos y ganar produciendo menos y vendiendo más caro, obligando al Estado a emitir dinero o endeudarse internamente para cubrir el déficit; o si encuentran que se puede coimear a algunos funcionarios para que le den privilegios a ellos y se los quiten a otros, entonces el capitalismo va a ir en contra del bienestar de la gente.
Por lo tanto, el tema institucional, el tema de las reglas de juego, el marco que se crea para que el capitalista esté al servicio de la gente, es un tema fundamental. De allí mi énfasis en la reorganización económica y social del país. La normatividad para un mejor juego económico va más allá que las políticas económicas coyunturales.
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