La sociedad está sorprendida por ver decapitar cúpulas de sectores militares que habían sido ya depurados de represión y estaban en correcta actuación democrática. También por el espacio público que le extendió el gobierno, más el cholulismo local, a un dictador como Fidel Castro justo cuando viene de hacer fusilar.
El centroderecha argentino sigue creyendo que no puede haber una aventura castrista marxista en la Argentina cuando sólo subsiste algo así, del tipo Stalin de la década de 1930 en la ex URSS, precisamente en Cuba hoy y en Corea del Norte con Kin Jong Il. Rusia hace rato y hasta China ya abandonaron la utopía del marxismo anterior a la caída del Muro de Berlín. Proliferan en el mundo no capitalista puro los socialismos moderados que van desde la Inglaterra del laborista Tony Blair a la China actual dentro del progresismo real.
Es cierto que una parte sustancial de nuestra izquierda -la más estentórea por lo menos y encaramada a medios con difusión financiados por capitalistas de derecha que la usan como ariete- es de tipo stalinista. Unen las ideas del viejo marxismo, superado por la tecnología en sus afirmaciones de «explotación permanente de obreros», con la violencia autodestructiva clásica de los argentinos, tanto en política como en el fútbol, para dar un caso.
Entre los moderados se sigue suponiendo que el primer mandatario puede ser de centroizquierda pero tipo Lula Da Silva: con racionalidad en el manejo de la economía y con sensatez política. Además se lo impone que al recibir un gobierno en crisis sólo tiene por delante deudas y acechanzas. La Argentina no dispone del petróleo de Venezuela para sostenerse en aventuras nacionalistas extremas o castristas como sí juega a hacerlo Hugo Chávez y querría nuestra izquierda sin medir las consecuencias.
El sector serio, productivo con responsabilidades de bienes y empleados a su cargo imagina que todo el accionar inicial de Kirchner es sólo para consolidarse un poder que las urnas no le dieron. No sólo se trata de que no hubo segunda vuelta y que asumió con 22% de los votos que, además, en su mayoría no se estima que le sean propios. Lo que más importa es que Eduardo Duhalde, al inventar desde el gobierno un presidente de la Nación, aprovechando el escenario inédito de una población escéptica dentro de una crisis económica nunca vista, optó por alguien sólo para derrotar a Carlos Menem -su gran obsesión-que podría resultar de centroderecha, como Carlos Reutemann, como José de la Sota o Felipe Solá y terminó con el único que aceptó, Kirchner, que resultó de centroizquierda pero sin que ése haya sido el enfoque ideológico delineado por Duhalde. Su idea era cualquiera para derrotar a Menem.
Pero la izquierda local, que no suele medir consecuencias económicas y pecó siempre de sonata estudiantina, cree en varias de sus subdivisiones que aunque haya sido por casualidad y torpeza de Duhalde en su empecinamiento anti-Menem puede haber llegado al gobierno el marxismo en la Argentina. Además sería por elecciones democráticas, algo sin precedentes.
Otros dudan (ver resumen) y lo llaman al aparente accionar procastrista inicial de Kirchner de «maquillaje». Y alientan pero con reticencias para no desilusionarse después. Sobre todo porque ya se desilusionó la izquierda argentina con Lula Da Silva, casi ignorado en su última visita al país (prefirieron hasta al venezolano Hugo Chávez) al que creían que iba a hacer marxismo castrista en Brasil, Lula es realista y declaró sobre su pasado: «Yo no cambié, cambió la vida».
Claro, es rechazado porque nuestra izquierda brama por Cuba pero jamás irían a vivir allí compartiendo las penurias de su población. Se excusan en que «nuestro lugar de lucha por imponer el socialismo está hoy aquí» y quedan lejos de La Habana.
Estas dudas hoy sobre el rumbo que tomará el gobierno por el centroderecha y la posibilidad de un «maquillaje» o «lulalización», por la izquierda se reflejan en estos dos comentarios sobre el hecho convocante de estas expectativas: la remoción en la cúpula militar.
En «Noticias» escribió Rosendo Fraga, analista político que conoce a fondo el tema militar en el país. En «Página/12», de izquierda, Eduardo Aliverti que advierte el riesgo de subirse al «tren kirchneriano».
• Pero es una decisión que afecta el normal funcionamiento de las Fuerzas Armadas como instituciones, las que en los últimos años habían dado muestras de clara subordinación al poder civil y de integración con la sociedad.
• No resulta razonable, sobre todo si no hay argumentos que lo expliquen.
• El nuevo gobierno no ha tenido un buen comienzo en su relación con las Fuerzas Armadas argentinas, que eran mostradas como modelo en el contexto de América latina, tanto en los EE.UU. como en Europa.
• Hacia el futuro, se hace necesario pensar en si las Fuerzas Armadas no van a necesitar una ley orgánica como tiene la Policía Federal o las fuerzas de seguridad, que limita la designación de los jefes a un determinado rango de los oficiales superiores.
• Son diversas alternativas que pueden ser estudiadas.
• Es que el hecho de que los jefes de Estado Mayor que habían sido designados en el gobierno de De la Rúa permanecieran en sus cargos con Rodríguez Saá y Duhalde, había generado una despolitización sin precedentes.
• Si no se atenúa el efecto de las nuevas designaciones, el riesgo es que en el futuro la carrera militar dependa más de las relaciones políticas que de los propios méritos.
• Esta agenda debe ser abor-dada buscando ante todo que el episodio de la remoción de las cúpulas y el contrapunto entre el presidente Néstor Kirchner y el teniente general Ricardo Brinzoni quede sólo como un costo de adaptación al estilo de conducción del nuevo presidente y no como un hecho que marque el retorno de la cuestión militar como un tema de significado político.
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