ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

15 de mayo 2008 - 00:00

El último acto PJ con Kirchner

ver más
«No hablo, le dejo el acto a Cristina.» Se lo dijo Néstor Kirchner apenas bajó del helicóptero en Almagro y sorprendió a todos los entornistas que lo habían imaginado pronunciando una invectiva contra el campo para recordar. Desmarcó por sorpresa a Alberto Fernández y a Jorge Capitanich, con quienes el ex presidente había fatigado horas de charla sobre la seguridad y demás detalles del acto, en su despacho de Olivos (sigue ocupando la oficina presidencial; su esposa atiende en otro salón, desde donde observa la cola de espera de Néstor).

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Inocente esfuerzo éste de guardar ese secreto entre los dos, no sirvió para mejorar la estética del show. El resultado fue un acto distraído, sin fuerza, poca gente, discursos anodinos, hasta con ese condimento canalla de la violencia que le pone el peronismo, como una fatalidad tercermundista, a la política. De paso: ¿quién se hace cargo de llevar a la Presidente de la Nación a estos lugares sin previsiones de seguridad y con gente de la que se puede esperar, por ejemplo, lo que hicieron ayer? Corre una cuestión de Estado, la misma que les asegura a los Kirchner un equipo de catorce médicos en Olivos pero, al parecer, que no se traslada fuera de la órbita privada.

Lo negarán todos, pero el acto de ayer fue otra trampa del peronismo bonaerense a los Kirchner, montado con los mismos ingredientes y el mismo método que la batalla de San Vicente, en octubre de 2006. Empecinados, los provocadores por insistir en el desaire; más empecinados los Kirchner en entregarse, casi inocentemente, a que los agravien en público de tal manera. Los peronistas buscaron quizás que Kirchner nunca más vaya a otro de sus actos; con lo de ayer queda el ex presidente justificado a no ir nunca más a un acto del PJ. Debut y despedida, cada uno en su casa y fuertemente agradecidos los aliados de la transversalidadque no quieren a un Kirchner pejotizado. La víctima fue la Presidente. Aunque supiera desde la mañana que iba a dar el discurso, cayó en otra trampa conyugal al ponerla su esposo sola, al toro -como dicen los actores-, ante un auditorio agresivo. ¿Sabía ya Kirchner que podía haber incidentes? Si fue por temor o por otra razón, está claro que no quiere hablarle al peronismo.

La molestaron al arrancar su discurso con una irritante bocina de camionero que no paraba; cuando promediaba su intervención, se trenzó la barra a cadenazos a pocos metros de ella. Hablar en esas condiciones explica que apenas pudiera lanzar el mensaje que justificaba su presencia, llamar al campo a dialogar sin cortes. También es la razón por la cual, distraída, atropelló las palabras. Convocó a todos los sectores a una « concertación plural»; esta expresión es la marca partidaria que usó el oficialismo para las elecciones con los radicales. Nunca, si hubiera cuidado la palabra, podría pretender que las entidades rurales adhieran a ese sello que además está en crisis terminal.

La organización hizo todo para deslucir el acto. Habían comprometido diez intendentes del conurbano llevar entre 1.000 y 1.200 personas. En total, no hubo más 10 mil asistentes que encima actuaron como a reglamento, para cumplir. Los violentos le hicieron terminar el discurso con la gente retirándose, algunos con la cabeza ensangrentada y con provocadores gritándole que dejara de hablar porque se venía una masacre. Un libreto que no hubiera imaginado su peor enemigo.

Vestida de tailleur gris, pelo desatado y voz al tono -emulando las apariciones de Eva Perón- la Presidente improvisó el final del discurso ante un partido que no la quería ya escuchar y que no la tiene en su conducción, a menos que considere ganancial el puesto que se quedó el marido. Apeló a los peronistas en tono casi de despedida: «Mi agradecimiento a todos los militantes que se han acercado hoy aquí, porque es en nombre de estos militantes donde se ha mantenido vivo el partido, nuestra historia y nuestras tradiciones» (queda habilitado el fuero del humor para interpretar la frase como un reconocimiento al interventor Ramón Ruiz, que ha llevado la carpeta estos años). Para el psicoanalista, el llamado final a una reforma del sistema político argentino en estos términos: «Es necesario que todos, aun aquellos que tal vez están en las antípodas de nuestro pensamiento, puedan expresarse democráticamente a través de un partido político». Es lo que no ha hecho el Partido Justicialista en donde manda ahora su esposo, que ganó el puesto en interna, sin urnas, fiscalizadas por militantes que accedieron en ese trámite a cargos partidarios. Un partido que hizo en ésta y en las elecciones de la última década un monumento a la lista a dedo y sin internas. Sus adversarios en la elección presidencial de 2007 no se merecían este recuerdo porque fueron, los radicales, los únicos que en esos comicios hicieron lo más parecido a una interna para elegir candidato. A ella la designó su esposo sin consultar a nadie.

Con actos como el de ayer están justificados los Kirchner en eludir estas concentraciones que parecen de otra época, pero en las que insiste el peronismo que los caciques muestren a sus pares que tienen algún poder de convocatoria, pero que deterioran aún más a esa marca en los sectores moderados que, finalmente, deciden todas las elecciones. Por la poca pasión que mostró Néstor Kirchner por hablarle a esa militancia, el acto de ayer puede ser histórico como el último al que habrá asistido, aun cuando siga usando el sello de goma de presidente de un partido virtual.

Últimas noticias

Dejá tu comentario

Te puede interesar

Otras noticias