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14 de julio 2003 - 00:00

En sólo 45 días, Kirchner agotó su sueño territorial

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Sin tropas, al patagónico se le ocurrió poseer la integridad física del país y ni siquiera pudo superar el trance electoral de Tierra del Fuego, menos encontrar un resquicio personal para desmontar el poder cordobés de José Manuel de la Sota y, sin combatir, hasta debió hocicar en la interna rionegrina con un impresentable, para su gusto, como Carlos Soria. Si no podía con esto, menos iba a lograr con emprendimientos más vastos: sacar de pista a Carlos Reutemann, dividirle el territorio a Eduardo Duhalde, confrontar con Mauricio Macri (aunque esta batalla todavía perdura). Así empezó a derrumbarse el proyecto por suponer que el respaldo en las encuestas, esa intangibilidad (cualquiera sea el porcentaje), suponía poseer el don de la bendición. Distracción gravosa: a una la concede presuntamente el Cielo, la de los sondeos es apenas un impulso veleidoso y humano, menos significante cuando lo preside un ciudadano común con mayores responsabilidades.

Si naufragó en días el inicial sueño de los 8 años y el propósito de participar en todos los frentes por imponer una nueva cultura -que significaba enterrar rivales probables de 2007-, también duró poco el método dentro del Partido Justicialista. Es que la transversalidad, el corte para imponer favoritos sobre réprobos -malhadada versión impuesta por Carlos Chacho Alvarez- no devino en movimiento (como ya fracasó Raúl Alfonsín, en pleno apogeo, con su paraguas benéfico) y, entre los peronistas con poder, supuso la amenaza de desalojo. De ahí que hasta propios y escriturados como Eduardo Fellner (Jujuy) se desalinearan, por no hablar de otros más autónomos, como Rubén Marín en La Pampa) y Reutemann en Santa Fe, con los que hubo que celebrar armisticios. Además se advirtió que el virus Kirchner, por mejor relación que se invocara con el club bonaerense, no lograba arrancar de Duhalde ni el símbolo de un legislador con sello rosado. Eran datos suficientes para los anticuerpos partidarios que se congregaron en la junta de gobernadores, menos dóciles que en otras épocas (sus necesidades de caja, a pesar de la crisis, tampoco son tan urgentes: viven hoy igual que Roberto Lavagna frente al FMI). Y este núcleo partidario se expresó: hay que apoyar a todos los candidatos justicialistas, nada de sostener ajenos. Léase: una rebelión o advertencia contra el proyecto hegemónico, según los críticos, y solamente abarcativo según los seguidores. Transmitían los gobernadores la impresión de que ciertos profesionales, metafóricamente hablando, siempre acostumbrados a planificar asaltos a bancos, desdeñan la práctica del arrebato, propia de los descuidistas que operan a la salida de las canchas de fútbol. Se puede estar en un mismo gremio, pero no todas las actividades son iguales.





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