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Cada dos o cuatro años, los contribuyentes -como los ciudadanos- se expresan sobre candidatos o políticas. Pero, antes, ¿no hay siquiera ONG que observen gastos inútiles (quizás alguna fundación específica) o actividades superfluas de los funcionarios? La pregunta viene a cuento de una ligera pero interesante discusión en el CARI -no en su programa de conferencias, claro, sino en sus arrabales de rentados diplomáticos-, sobre la cantidad de ministros, secretarios y subsecretarios de Estado que, apenas a diez meses de asumidos y con más de un año de distancia de los próximos comicios, ya distraen gran parte de su tiempo por lo menos -pagado por el contribuyente-en organizar partidos, agrupaciones, eventos, reuniones, para su propio desarrollo político.
Una actividad sorprendente la de estos conspicuos funcionarios en un país -como suele repetir el propio Néstor Kirchner-que padece una crisis inédita y angustiante. Si no hubiera tamaña emergencia, quizá se justificarían esas derivaciones de índole democrática (para pensar bien), aunque en naciones con mejor reputación en esa disciplina y con menos urgencias económicas que la Argentina, tipo Noruega o Suiza, no abundan los casos de funcionarios que consumen tanta energía en proyecciones personales cuando les pagan por otro ejercicio. Lo nuestro es típico como el dulce de leche.
Esa vocación de servicio tan exigente y mal remunerada, comentaban casi admirativamente los jubilados de la Cancillería, podría semejar a los que se retiraron del Estado más pobres de lo que entraron, tipo Marcelo T. de Alvear, Santiago Derqui, Juan B. Justo, Elpidio González, Manuel Belgrano, por citar algunos nobles ejemplos. Como nadie hacía el diario oficial y se trataba de impulsar el día del contribuyente, más que agradecer los opinantes diplomáticos querían destacarse por la crítica. Y, en esa dirección, les parecía inocultable y apresurada la ambiciosa forma elegida por los funcionarios para proyectarse en política mientras ejercían un cargo, por cierto desembozo en la continuidad utilizando al Estado. Un juicio de contribuyente que se molesta porque un ministro no cumple -como un juez o un policíacon los requerimientos mínimos para su labor. ¿O acaso es inherente a la función pública tan anticipado ejercicio proselitista de secretarios y subsecretarios de Estado?
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