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Para muchos, Duhalde no juega con fuego. Más bien, hace su juego. A él, comentan algunos insidiosos, tal vez le resultaría favorable en términos políticos que Kirchner llegara al poder con una expresión tan exangüe del electorado. Más que nunca -para la tranquilidad institucional del país-, entonces sería necesaria la disposición y colaboración de su aparato bonaerense. Sobre todo porque nadie supone que 21,99% obtenido por Kirchner el 27 de abril sea capital propio, más bien se le reconoce como prestado (a pagar con intereses, se supone) la mayor parte. Por lo tanto, ¿podría gobernar en paz, sin titubeos ni presiones, un mandatario que sólo puede presumir de una cuotaparte ínfima de 21,99%?.
Tanta inteligencia malidicente atribuida a Duhalde (ver nota aparte) parece una exageración a lo que él mismo ha demostrado. Pero, aún así, cuesta admitir su declaración de la víspera («Menem pierde por knockout o por abandono»), asumiendo para sí un triunfo aún no comprobado pero factible, comprometiendo excesivamente la investidura con un candidato, pero -lo más serio y temido- generando un turbión de inestabilidad si Menem le acepta el convite del retiro. ¿Habrá pensado en esa alternativa o simplemente se guía por una ira y una confrontación personal sin límites?. Por un momento, debiera pensar en la institucionalidad, ya que la urbanidad o educación son elementos que no figuran en su diccionario: ni él ni Kirchner saludaron a Menem porque los derrotó hace dos domingos.
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