Néstor Kirchner apareció ayer en la Casa Rosada con un doble propósito: mostrarse junto
a Felipe Solá pero, fiel a su estilo, sin definirse sobre reelección y alimentar la idea de migración
radical; ambos acompañados por el intendente de Mar del Plata, Daniel Katz.
Eligió la foto que en el lenguaje de Néstor Kirchneres un recurso ambiguo. De ese modo sutil, el Presidente dejó circular -por ahora, indemnela aventura reelectoral de Felipe Solá con quien se mostró ayer por primera vez desde que el gobernador lanzó su plan de continuidad.
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Solá pretendía un momento a solas con el patagónico para tener una aproximación y arrancarle, siquiera, la promesa de que no abortará a poco de nacer la pretensión de continuar en La Plata más allá de 2007. Sin embargo, la esperada charla reservada no se produjo.
Sin embargo, esa postal se computó como un avance: hasta ahora, desde el gobierno sólo habían existido evasivas y, peor aún, alguna palabra fuerte contra la embestida del gobernador. En ese temporal, el cruce de sonrisas y la distensión cotizan como oro negro.
Recelo
De la conversación informal que Kirchner y Solá mantuvieron antes del acto participó el intendente de Mar del Plata, Daniel Katz, radical que figura en los planes de la Casa Rosada. Entre Katz y Solá se arrastra un recelo desde las elecciones de 2005. Son riñas de pago chico.
Kirchner actuó, entonces, como un mediador. El radical miraba de reojo al gobernador porque el felipismo de Mar del Plata fue feroz en sus ataques contra el intendente. «El Presidente me elogia y el felipismo me critica todo el tiempo. ¿En qué quedamos?», se preguntaba.
Quizá Solá deba observar esos gestos. La «pluralidad» que pregona Kirchner supondríaincorporar a la fórmula del Frente para la Victoria (FpV) a un no peronista. Katz, que ya fue tentado para escoltar a Cristina Fernández el año pasado, es una opción.
Ayer, durante el anuncio de obras para Mar del Plata, Kirchner elogió al jefe comunal por su «lucha contra la burocracia».
Para Solá es un estigma el trato con los alcaldes. Nunca pudo, por caso, sintonizar con los barones del conurbano que en octubre permanecieron lealesa Eduardo Duhalde pero, antes de fin de año, estaban firmes haciendo la venia ante el patagónico en la vereda de la Casa Rosada.
Personalista y minucioso, Kirchner se vincula punto a punto con los intendentes, operatoria que llevó a Solá a registrar una frase tan cruda como certera: «Kirchner es el gobernador del conurbano».
Este mediodía, el patagónico quizá tenga que volver a gestionar una reconciliación cuando encabece en La Plata un acto de inauguración de viviendas. En ese municipio manda, hace más de una década, Julio Alak, embarcado en una pulseada brutal con el felipismo local.
Al punto que las dos ramas del FpV local evitarán compartir el acto que comandará Kirchner.
Guiño
Hay que seguir el caso Alak. Días atrás, un delegado de la Casa Rosada le ofreció que se acople a Compromiso K y comience a recorrer la provincia. «Mostrate. Después vemos cómo resulta» fue la orden que se leyó como un guiño para que anime una candidatura provincial.
Hay una doble lectura: supone un inesperado apoyo al intendente y/o le promete un futuro provincial para despejar la jefatura local para sentar en esa butaca a un dirigente propio. Los Carlotto, Remo y Guido, y el alicista Carlos Castagneto se codean en la largada.
Sea como fuere, supone empujar al ring a un potencial competidor de Solá. Los movimientos de Kirchner no tienen jamás una única decodificación.
Casi un martirio: si al brotar la opción de un tercer mandato desplazó al menos temporalmente a Florencio Randazzo -ahora a la espera de que, cuanto antes, se derrumbe la pretensión de reelección-, rápidamente Kirchner puso a otro actor en carrera: Alak.
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