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La idea de convertir a Duhalde en un protagonista de las relaciones exteriores nació de Kirchner, tan adicto a las lenguas como el bonaerense. Quería halagar a su benefactor electoral con un cargo de relevancia y le encomendó a Rafael Bielsa encontrar el puesto. En la Cancillería, tienen un traje para cada maniquí. Cuando mandaron el número de Duhalde, volvió la prenda: encerrado en un cajón que apesta a naftalina, estaba aquella Secretaría General del Mercosur. Los diplomáticos ya habían pensado en 1999 en que lo usara Carlos Menem, que por entonces abandonaba la presidencia. Paradojas de la historia y de las internas: ahora es Duhalde quien «se prueba las pilchas que vas a dejar...».
Cuando a Kirchner le mencionaron la existencia de este ajuar «mercosuriano», se exaltó: era lo que andaba buscando. Una posición que no signifique demasiada distancia con el entrañable conurbano bonaerense, le permitiera a «Negro» hacer un poco de política y, de paso, lo comprometiera a no criticar al gobierno en los próximos años. Nada que haya que pedirle y mucho menos agradecerle (costumbre ajena al protocolo gobernante); sólo una formalidad en el ejercicio de la diplomacia, anexa al uso del frac, la práctica de algún idioma (el portugués de Duhalde está muy restringido a la pesca y al sauna) y la asistencia a los escasos cócteles de Montevideo. Visto desde el lado del designado, se trata de un reconocimiento que no lo aleja demasiado de la familia. Desde el punto de vista del gobierno, podría interpretarse como un ostracismo atenuado, amigable. ¿Qué no hubiera dado Fernando de la Rúa por tener a Raúl Alfonsín del otro lado del río durante su gestión?
En cambio, Didier Operti, el canciller del Uruguay, se mostró menos proclive a dejar libre el paso. Nada contra el ex presidente, pero los uruguayos creen que la Secretaría General, que sería el primer cargo ejecutivo de la unión, debería encomendarse al representante de un país «chico». Aquí es donde aparece la hilacha de la pretensión de Iglesias. Paraguay no tiene posición tomada, ya que su nuevo gobierno asumirá esta semana.
Con esta dificultad en la valija, Bielsa regresó a Buenos Aires y se puso en manos de uno de sus principales asesores: el embajador argentino ante la Aladi, Juan Carlos Olima, militante del partido de José Octavio Bordón (PAIS, en extinción) y uno de los pocos indultados de Kirchner a pesar de haber sido clave en el acuerdo con Chile por los Hielos Continentales. Olima comenzó una negociación con Uruguay que todavía no dio los resultados que se esperaban en el Palacio San Martín, lo que obligará a otra discusión en Asunción, el viernes que viene, cuando se celebre la asunción del nuevo presidente paraguayo, Nicanor Duarte Frutos.
En competencia con Olima rema también el embajador en Uruguay, Hernán Patiño Mayer. Una ironía que sea precisamente desde el país en el que trabaja que venga el «no» para Duhalde. Patiño logró repetir como embajador gracias al esfuerzo de los duhaldistas que lograron doblar el brazo a Jorge Busti, presidente de la Comisión de Acuerdos del Senado que imaginaba la representación en Uruguay para un entrerriano (Busti lo hizo notar: a diferencia de Humberto Roggero, Jorge Remes o Rodolfo Gil, Patiño fue el único «diplomático» que debió concurrir a la Cámara a dar examen para que le renueven el contrato).
Olima, Patiño y también Jorge Taiana corren detrás del objetivo que les propuso Bielsa. A los duhaldistas del conurbano les interesa menos la jugada. Son gente de viajar poco y menos aún en avión; hasta que no se habilite el puente Buenos Aires-Colonia (por el que tan ansiosa estaría una empresa santacruceña), prefieren que su jefe no ingrese en la diplomacia.
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