7 de agosto 2003 - 00:00

Kirchnerismo ahora sueña con volver a la plaza el 17

«Todo al 17» es la frase llave en el kirchnerismo por estos días. Es cierto, el 17 de agosto, día de la muerte del Libertador, Néstor Kirchner piensa recibir con pompa al venezolano Hugo Chávez para realizar en Buenos Aires una especie de parodia de la entrevista de Guayaquil.

Chávez oficiaría de «bolivariano» y Kirchner de «sanmartiniano», sin que por eso el encuentro disminuya a ninguno de los dos, como sucedió con la entrevista original, al cabo de la cual San Martín se retiró de la escena sudamericana.

Sin embargo, el 17 al que apuesta el oficialismo de la Casa Rosada no es solamente el de agosto. El afán de Kirchner y su núcleo íntimo está puesto en el 17 de octubre. Ese día, si a Aníbal Ibarra ya le fue bien en la Capital (14 de setiembre), la «juventud maravillosa» piensa regresar a la Plaza de Mayo, de la que fue expulsada por Juan Perón hace casi 30 años.

Sucede que Kirchner quiere que le organicen su propio 17 de Octubre, que sueña como un cabildo abierto en el cual recibir una delegación de poder imaginaria que le permitiría resistir la presión de las «corporaciones», «los de allá» o «los que todavía no aprendieron a conjugar el verbo cambiar», todas denominaciones para designar al «enemigo». Así se va disponiendo la escena en el programa oficial.

Para movilizar a la multitud, imprescindible para cualquier 17 de octubre, los colaboradores más estrechos del Presidente ya tendieron las redes. Alicia Kirchner y su equipo tomaron contacto con los piqueteros más razonables, cuyas necesidades solventan con acción social. Por algo se quejó Alberto Ballestrini de los paseos de la hermana presidencial por La Matanza.

Aníbal Fernández, Oscar Parrilli, SergioAcevedo y José Salvini, por su parte, anudan otras adhesiones: van desde Raúl Castells y gremios suburbanos hasta agrupaciones de izquierda, como Quebracho, en cuyo seno sobreviven muchos de los expulsados de Perón.

• Adhesiones

Ninguna de estas contribuciones, salvo las de D'Elía (llama la atención la inversión en cartelería que realizó para su campaña de gobernador) y su socio Juan Carlos Alderete, puede hacerse cargo de llenar el espacio que los jóvenes setentistas dejaron vacío aquella tarde del '74. Por eso desde los despachos del primer piso de la Casa Rosada se buscan otras adhesiones. Ya se anotaron Julio Pereyra (FlorencioVarela), Hugo Curto (Tres de Febrero) y Juan José Mussi (dirigente de Berazategui con funciones en el Ministerio del Interior). La colaboración de Curto puede resultar paradójica ya que Perón expulsó a los Montoneros de la plaza convencido de que habían asesinado a José Ignacio Rucci. Curto es metalúrgico, como Rucci, por más que siempre estuviera enfrentado internamente al jefe de la CGT, en línea con Lorenzo Miguel.

La lista no será mucho más extensa: Kirchner se propone conseguir la adhesión de un circuito político y social ajeno al duhaldismo. No vaya a ser que lo que se planea como una exaltación de su personalidad termine siendo, de nuevo, una prueba de que el poder del gobierno es prestado. Por eso es más urgente que el propio partido del Pre
sidente aporte su granito de arena. Los integrantes de esta corriente, llamada Partido de la Victoria, se reunirán dentro de unos días en Mar del Plata para elaborar un nuevo documento: ya escribieron el de Tanti (Córdoba) y ahora prometen una pieza literaria más. Este grupo, que animan Carlos Kunkel y Miguel Bonasso, no llenará la plaza pero sí media biblioteca.

Todo el gasto y energía que demanda la realización de esta escena, casi un exorcismo sobre el lugar desde el cual Perón expulsó a los «estúpidos e imberbes» del paraíso oficial, sólo tendrá un desenlace exitoso si la suerte del oficialismo prospera en la Capital. Ayer el clima del gobierno parecía ensombrecido al respecto: las encuestas que consume Kirchner registraron un repunte de Mauricio Macri que inquietó al núcleo oficial. La apuesta porteña, quién no lo advierte, es fuerte: si sale mal, aquellos montoneros, izquierdistas y repartidores de panfletos de los años '70 se verían impedidos de ingresar al sitio del que, compulsivamente, debieron salir.

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