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Privilegio de apellido, tal vez; o, más ciertamente, menos generadoras de conflictos que dos funcionarias de primera línea, las otras dos damas del cuarteto ministerial, Felisa Miceli y Nilda Garré. Ambas, como si fuera una cuestión de género, atraviesan una crisis particular con el mandatario y, si no fueran más estoicas que los hombres para enfrentar las adversidades, tal vez habría que pensar en algún tipo de renuncia. Aunque, como se sabe, nadie renuncia a menos que se lo exijan.
Quienes frecuentan a la Miceli reconocen que merecería tener el cabello frizado o afro, ya que tocó algún enchufe presidencial y le descargaron una corriente continua de 220 voltios. Ni siquiera le han explicado la razón de la indiferencia, pero desde hace varios días no habla con el Presidente. Ni le atienden el teléfono, medio del cual ya ha prescindido porque cada vez que llama a la Casa Rosada la derivan -en el mejor de los casos- al jefe de Gabinete, Alberto Fernández (hombre ocupado como pocos en el oficialismo, casi al nivel de la mala educación, pues en general nunca atiende y no sólo a los indeseables).
Desconcertada la mujer, claro, incapaz de entender tamaño desprecio kirchnerista tan sólo porque se le ocurrió, para salir del apriete periodístico, anunciar que una comisión estudiaría la elevación del mínimo no imponible (reclamo de lo que queda del peronismo en el Parlamento, de ciertos gremios, que tomó temperatura por los luctuosos episodios de Las Heras). ¿Tan grave fue el desliz oral de la señora, hoy tan devaluada que sólo parece ocuparse de algunos precios como si fuera secretaria de Comercio y no ministra de Economía? Debe entenderlo: si mereció el premio de la designación en la cartera, esa inesperada decisión de un hombre que decidió convertirla en primera figura, como en el teatro ahora tendrá que aprender el obligado curso de disciplina que le exige el productor. Caso contrario, más cerca de estrellarse que de ser estrella.
Algo semejante, se comentaba ayer en el Senado -donde debió comparecer para que le aprueben un nuevo Código Militar provisto por el CELS- padece otra ministra, Nilda Garré. Ocurre que en honor a ciertas amistades, vínculos pasados y tal vez algún mérito por ella observado, decidió que la acompañe en la cartera -como director nacional de Derechos Humanos- justamente quien la había sucedido al frente de una unidad especial creada para investigar el atentado de la AMIA: Alejandro Rúa. Tal fue el empeño que hasta logró que se aparte de esa función en el Ministerio de Justicia y salte a su vera.
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