Contiene tantas barbaridades jurídicas y arbitrariedades el propósito del gobierno Kirchner de juzgar de nuevo y si no se puede, extraditarlos para que lo juzguen en España, a militares con actuación en los años '70 que cabe preguntarse ¿qué propósito persigue este absurdo jurídico? Pese a tanto que se ha opinado hay dos cosas que no se han dicho. En primer lugar que Néstor Kirchner no puede intentar juzgar aquí o que juzguen en España a militares extraditados y simultáneamente promover a nuestra Corte Suprema de Justicia -que tiene la última palabra en este tema- a un jurista como Eugenio Zaffaroni que en un libro editado en días del Proceso militar le propuso a las cúpulas militares de los años '70 un proyecto de Código Penal (ver fachada del libro) donde se justifica «la eliminación física del adversario» por los militares y que eso, matar sin juzgar al verdadero estilo nazi, de Zaffaroni sea «constitucional» porque está comprendido en un caso «especial» de exigencia mayor dadas las circunstancias en esos años '70. Si Néstor Kirchner sostiene ambas propuestas simultáneamente cae en una arbitrariedad y parcialidad absoluta para presidir el país.
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Hay otro hecho que no se menciona y que podría denominarse «La reacción de las retaguardias». Es curioso pero los que más quieren reivindicar hoy los años '70 y castigar militares son los que menos actuación guerrillera activa tuvieron. Algunos quieren reivindicarse de cobardías -caso Horacio Verbitsky-. Otros como Miguel Bonasso de «nunca haber tocado un fierro (arma») y haber sido un mandadero dentro de Montoneros como dice de él alguien que sí fue activo y usó «fierros» (por caso para secuestrar los hermanos Born) como Rodolfo Galimberti en el libro que le dictó a los periodistas. Galimberti despreciaba a Bonasso y sus fantásticas «historias» de hechos de la subversión. Los veteranos de la insurgencia montonera siempre calificaron a este Bonasso como un «militante»; es decir, no un «combatiente». Por eso, suele recibir críticas de sus propios compañeros hasta el día de hoy por buscar revestirse de una armadura guerrera cuando en realidad siempre fue considerado un vocero de prensa.
Bonasso tiene hoy inquina, por caso, con Galimberti, quien les dijo a los autores de su biografía que Bonasso fue «un guerrillero virtual, lo único que ha derramado en su vida es tinta (...) ¿Qué era Bonasso en 1972? Y ahora cuenta sus historias de la resistencia... y es lamentable». (El libro se titula «Galimberti -de Perón a Susana, de Montoneros a la CIA-».) Y lo mortifica más en estos términos: «Saben lo que es Bonasso? Le explotás una bolsa de basura en la espalda y se muere de un síncope. Es un farsante, te lo digo de corazón. Lo grave es que nunca tiró un papelito en su vida. ¿Viste los boludos grandotes que los mandan al fondo en el colegio?».
Como mensajero que era Bonasso, aceptó ser director del diario «Noticias» y que su organización le armase la empresa sin consultarlo. Igual queda en la historia porque ese diario «Noticias» debe haber sido el único del mundo que avaló la expropiación de los medios en el Perú que dictó el general Velasco Alvarado en 1974.
Dice esto un Bonasso fanático de Fidel Castro, sin haberle reprochado nunca los fusilamientos ni la detención de 25 colegas periodistas sólo por disentir. El mismo Néstor Kirchner sólo reconoció una noche de detención por orden de un comisario con el que luego terminó reconciliado en aquella época.
En cambio las figuras más duras de los Montoneros de los años '70, si salvaron la vida, no andan pidiendo hoy sanciones nuevas como si tuvieran la conciencia tranquila de que ellos hicieron la tarea guerreando dentro de la subversión con riesgo de su propia vida. Lo mismo sucede en los países vecinos. Guerrilleros con 18 años de clandestinidad, como José Dirceu en Brasil, no están desenterrando una pelea de la guerra fría. Y ayer mismo, en Chile, el gobernador de Valparaíso, Luis Guastavino (socialista, ex colaborador de Salvador Allende), hizo una severa autocrítica sobre la responsabilidad que le cupo a la izquierda, soñadora pero irresponsable, en el golpe de Augusto Pinochet.
En cambio, entre nosotros, en la Argentina, los que fueron retaguardia son hoy los vengativos ¿para tratar de equipararse en prestigio a los otros, 33 años después y cuando ya no corren riesgo de represión violenta?
Eduardo Firmenich -de máxima acción y muertes- vive cómodo del comercio en Barcelona, España; lo mismo ejerció allí el periodismo Envar El Kadri. Mario Montoto derivó en uno de los más prósperos empresarios del país en el negocio de las empresas privatizadas; Fernando «el vasco» Vaca Narvaja, volvió a instalar su negocio de gomería; Gorriarán Merlo anda escribiendo memorias y montando partidos políticos; Rodolfo «el tano» o «galimba» Galimberti falleció siendo un prospero socio de Hard Comunications; Juan Zverko actúa en la actividad privada. Este Zverko con Juan «Cachilo» Oviedo, «Petrus» Campiglia, Carlos «Yacaré» Patané, Lino Roke, Héctor Waight y otros repudiaron a Horacio «el perro» Verbitsky porque se puso nervioso, apretó apresuramente desde Plaza de Mayo el disparador de un coche bomba y mató inocentes. Luego se apropió y huyó solo con el único vehículo que tenían los restantes subversivos de ese hecho terrorista para escapar. Verbitsky trasladó a Cuba, vía Perú, 50 de los 60 millones de dólares obtenidos por el secuestro de los hermanos Born pero no arriesgó en la realización del hecho y en 1977 -había ingresado en 1973 procedente de las FAP peronistas- abandonó Montoneros y debió ocultarse por temor a ser ajusticiado por traición por sus ex compañeros subversivos que además sabían que actuaba en la aeronáutica militar como también lo hizo Eugenio Raúl Zaffaroni, durante el Proceso.
La pregunta es, entonces, ¿puede la Argentina volver a quedar dividida, violando principios jurídicos si se extradita militares a España o llenando de confusión el panorama interno con el juzgamiento de no menos de 1.700 militares de graduación menor sólo para reivindicar la conciencia de subversivos acomplejados por su magra o cobarde actuación en los años '70?
No cabe otra explicación salvo ésta, cruel también pero más útil: Néstor Kirchner sabe, pese a los apoyos verbales que tuvo, que el país no tiene salida si no acuerda con el Fondo Monetario Internacional condiciones duras de ejecución interna y mientras se van desarrollando esas gestiones con concesiones se entretiene a la ultra izquierda vernácula con esas exigencias poco sustentables jurídicamente contra militares. Sería un tranquilizador contra los ultras -ya lo criticaron por visitar a George W. Bush-, que por ejemplo, no pensó ni tenía oportunidad de aplicar Lula Da Silva en Brasil que enfrenta la misma presión marxista allí de un ala partidaria que Néstor Kirchner aquí.
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