Como Néstor Kirchner, su mujer Cristina ayer aprovechó la despedida en el Senado y repicó campanazos desde su atril. Menos afable que en la campaña, ya en autos de gobierno, indignada con la Corte Suprema por el aumento a los jubilados, en lugar de confrontar con los siete ministros se dedicó a acosarlos con la necesidad de que paguen el Impuesto a las Ganancias (para ella es una «deuda de la democracia»). No quiso asumir el conflicto de un poder frente a otro por lo de los jubilados, prefirió reservarle esa tarea a Miguel Pichetto y a Alberto Fernández, sus espadas orales, quienes, sangrando por el futuro pago, reprobaron la decisión del tribunal: uno dijo que los ministros -especificó en Ricardo Lorenzetti- buscaban prestigio personal y el otro criticó el «libertinaje» en la disposición de los fondos públicos. Ni una palabra (en rigor, al respecto ya se han quedado mudos hace tiempo) sobre la realidad de que han sido ellos los progenitores de esta nueva Corte.
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Las llamas de la presidente electa continuaron sobre el periodismo (en este caso televisivo), al que le reprochó que sólo aplique la cámara indiscreta a los políticos (para disfrutar de la aprobación de la platea legislativa, tantas veces inculpada por sus propias faltas ante las cámaras) y no a los empresarios corruptos. Para este fin, gozó, hubo que apelar al talento grabador del diputado Héctor Recalde, quien, experto en esos menesteres, filmó a unos coimeros de las cámaras de tickets salariales. Un descrédito inopinado al periodismo de ese rubro, obvio, justo en la semana en que una cámara indiscreta de Canal 5 testimonió que el gobierno de su esposo, y al que ella continúa, le mantenía la movilidad (dos camionetas) y custodia a la ex ministra Felisa Miceli. Echada del gobierno, claro, por non sanctas explicaciones sobre un non sancto sobre encontrado en su baño ministerial. Tema sobre el cual -deuda de la democracia, podría decir Cristina- la Justicia se ha tomado un tiempo más que prudencial para no citarla a declarar.
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