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2 de marzo 2007 - 00:00

Trotskistas elogian el adelantamiento de fecha

Jorge Altamira, cacique de una agrupación de extrema izquierda como el Partido Obrero, se sumó a la pelea electoral porteña. Claro, no se anota con ningún candidato ni gobernante, tampoco comulga con algunos sindicalistas y reniega de piqueteros oficialistas, pero buscará el PO tener alguna representación legislativa, nuevamente a través de las urnas de este año. Altamira, quien fue legislador por la Ciudad de Buenos Aires, masculla además contra otros sectores de la siempre dividida izquierda criolla, en el órgano oficial partidario. Veamos.

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El adelanto de las elecciones en la Ciudad de Buenos Aires agarró con la guardia baja a todos los rivales de Jorge Telerman, aunque más que a nadie a la camarilla kirchnerista. En el caso de Macri o del ARI se podría decir que hasta les hizo un favor, porque el adelantamiento los obliga a poner fin a un cuadro de indecisiones internas que ya estaba amenazando con convertirse en una crisis mayor.

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Esto no le hará más fácil, sin embargo, la vida a Lavagna, porque el desplazamiento de Macri a la Capital aumenta los antagonismos de López Murphy y Sobisch con Lavagna.

Denunciar el adelantamiento electoral sin aviso previo como antidemocrático es una vulgaridad más que una posición política, porque ya es completamente antidemocrático el propio hecho de que Telerman ocupe la Jefatura de Gobierno de la Ciudad, cuando debió haber sido echado junto a Ibarra. Que el «licenciado» Telerman haya «madrugado» al jefe de Gabinete, Alberto Fernández, y a la trenza del PJ que encabezan los Santa María, del sindicato de trabajadores de edificios, no deja de tener su pizca de sabor. Deja en ridículo la jactancia del oficialismo de que monopoliza «la construcción de poder». Por sobre todo, pone de relieve que el «madrugador» está sólidamente instalado entre los capitalistas de la Ciudad, sin necesidad, para ello, de manejar un abultado superávit fiscal. No es casual que haya logrado reclutar a los peronistas que formaron parte del frente Cavallo-Béliz en 2000, e incluso a numerosos ex seguidores del macrismo, en especial al que maneja la caja de la obra pública, Schiavi. Como nada atrae a las moscas como la miel, la consolidación de Telerman en la burguesía ha empujado a Patria Libre a las filas de los alcahuetes del intendente. El adelantamiento decidido por Telerman ha puesto tempranamente en evidencia la artificialidad de la candidatura de Filmus una figura opaca e intrascendente, al punto que ni siquiera ha logrado llamar la atención su trayectoria al servicio de varios amos, desde Grosso a Ibarra. Filmus, que hoy oficia de «nacional y popular», es un acérrimo partidario del Banco Mundial en materia de educación; por eso ha vegetado durante veinte años como funcionario, mientras se desplomaba la educación argentina.

Telerman también madrugó a Kirchner y a sus secuaces al irse de inmediato a Israel. Dijo que lo hacía para estudiar la experiencia municipal de Tel Aviv, lo cual es seguramente la mejor ocurrencia del verano. No solamente les dejó a sus rivales el adelantamiento de las elecciones sin esperar respuestas; además les fue a robar el apoyo de los sionistas, que los kirchneristas creían haber conquistado cuando eligieron sumarse a la provocación contra Irán, en el asunto del atentado a la AMIA, bajo la presión del gobierno norteamericano. Antes de irse sin saludar, Telerman no se olvidó de proponer como secretario de Educación de la Ciudad a un asesor del cardenal Bergoglio, yendo más lejos que Filmus, al cual sólo se le ocurrió elogiar al manual de sexualidad de la Iglesia. Con una finta típicamente «progresista», el lampiño sucesor de Ibarra salió a disputar el electorado sionista y pro yanqui tanto a Kirchner como a Macri, sin por eso provocar el menor resquemor entre los Tumini y demás «nac & pop».

Más allá de su singularidad, la decisión de Telerman de alejar la elección local de la nacional sigue una tendencia nacional. Más de la mitad de las provincias han decidido hacer lo mismo, incluso con el apoyo de Kirchner. Con excepción de la provincia de Buenos Aires, han adelantado las elecciones todas las provincias grandes. El gobiernonacional no tiene un partido propio en la mayor parte de los distritos y por eso «construye poder» canjeando un apoyo a las oligarquías locales por el apoyo a lista oficial nacional, o evitando tomar partido oficial por alguna de las fracciones en que se divide la política patronal local.

Esta crisis con epicentro en las provincias no solamente muestra la incapacidad del gobierno para superar la desintegración de los partidos tradicionales y formar una nueva fuerza política homogénea. También expresa las contradicciones de la llamada «recuperación económica», porque ésta ha acentuado la dependencia fiscal de las provincias e incluso ya ha producido en algunas de ellas un principio de crisis fiscal. Esto obedece a que los mayores ingresos fiscales por la exportación son acaparados por el Estado nacional. La capacidad de arbitraje del gobierno nacional, por ejemplo, por medio de subsidios no tiene un equivalente en las provincias. La alegre marcha de la reelección presidencial o de la unción de la nueva dama oculta las contradicciones explosivas que han venido disimulando y acumulando en las administraciones provinciales.

El borocotismo no le ha servido al oficialismo para organizar una fuerza política propia homogénea, pero ha sido muy eficaz en desmembrar organizaciones y partidos que ya venían corrompidos en el pasado. Más allá de la burocracia de la CGT, se observan las adhesiones payasescas de Hugo Yasky (jefe de la CTA) a las operaciones políticas del gobierno y la virtual desaparición política de De Gennaro y de su nunca concretada tentativa de formar un movimiento político social. Lo mismo vale para los piqueteros oficiales, que ven ahora a Scioli y a Telerman como sus héroes, o para la izquierda, como ocurre con el ingreso del PS bonaerense al gobierno nacional y del PS de la Capital al Gobierno de la Ciudad. El partido comunista se disuelve en los frentes patronales, mientras que en la Capital se alinea con Bonasso, Heller e Ibarra, que aún dudan si deben restarle votos a Filmus y negarle una entrada al «ballottage». Claudio Lozano todavía pretende mantener una retórica popular, pero se reúne con el derechista ARI en una tentativa desesperada de darle aire a su candidatura a jefe de Gobierno. En el caso del MST, prosigue en ponerse al servicio de francotiradores políticos ajenos a la clase obrera, como ocurriera con Mario Cafiero, los borocotizados Basteiro y Rivas, y tantos otros.

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