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En su fuero más íntimo, dicen, recibió como lanzazo doble la carta de Fernández publicada en «Clarín» (medio ya casi oficial para divulgar ciertas primicias que determina el propio presidente Néstor Kirchner). Más porque el mismo día Duhalde había dialogado con el ministro, hecho no frecuente en la relación, casi siempre telefónica en los últimos meses. Tal vez vivió la carta como una traición inesperada -al menos, así lo comentan sus allegados, quienes le encontraron un nombre descalificante y gracioso al hecho que este medio no se complacerá en publicar-, ya que no aguardaba esa reacción pública de quien él ha alimentado en Quilmes para convertirlo de intendente a ministro pasando por legislador y, menos esperaba que el matutino de Noble (al que le hizo favores enormes y le concedió prebendas como un crédito inolvidable de 80 millones de dólares del Banco Provincia) se prestara a ese servicio de intermediario. Dolido partió, entonces. Como le puede doler a Duhalde, claro.
Habrá quienes pueden creer que la manifestación de Fernández brotó de su propio intelecto, de una convicción que lo desvía de su tradición duhaldista y lo pega definitivamente al nuevo oficialismo patagónico. Casi como quemar las naves con el pasado. Otros, en cambio, estiman que lo del ministro debe de haber sido una imposición perversa del propio mandatario, quien suele reclamar fidelidad humillante casi del mismo modo que la Inquisición exigía a sus devotos en la Edad Media. O sea, una manifestación de fe. Parece razonable en términos militares esa condición: no se puede dudar de los aliados cuando se desata la guerra.
Hombre de no tener olvidos, a Kirchner le revolvió el hígado -que no es su mayor molestia cuando Duhalde le advirtió hace unos meses como si todo lo supiera: «No digas que no vas a hacer ciertas cosas porque en el gobierno, a veces, uno termina haciendo otras y después tiene que arrepentirse». Ese consejo de estadista experimentado fue a propósito de una declaración del mandatario quien, por entonces, prometía que jamás ordenaría una represión o «poner orden». Se guardó la observación Kirchner y, para demostrar que no son iguales, cuando el matrimonio Duhalde le insistió hace una semana con el «orden» y no «tener manos de seda» con los revoltosos piqueteros, aprovechó para responder en su mejor estilo: con todas las baterías (los dos Fernández, por ejemplo) y la mayor potencia de fuego (advertir que los Duhalde todavía son responsables ante la Justicia por la muerte de Kosteki y Santillán). Si eran insuficientes esas cargas, hasta lo soltaron al todoterreno piquetero profesional Luis D'Elía, para que lo convierta a Duhalde en una especie de carnicero nazi por cuanto medio de comunicación exista.
El bonaerense, en su inocencia (habrá que llamarla así), no podía entender: había creído con su mujer que Kirchner modificaba su conducta anterior, que había escuchado sus consejos, cuando se asoció a monseñor Casaretto en observaciones críticas a los piqueteros. Quiso avalar ese cambio, respaldarlo con miras a la convocatoria del próximo 20 de diciembre en que las organizaciones piqueteras prometen inolvidable como si fuera la toma del Palacio de Invierno (como si ese episodio hubiera sido una epopeya según lo cuentan los nostálgicos de la revolución soviética).
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