El ex representante argentino ante la ONU, abogado y banquero, Emilio Cárdenas, más allá de las conjeturas exageradas que se hacen sobre su viaje al exterior, remitió el viernes a Ambito Financiero una de las columnas que habitualmente publica en este medio. No se refiere, precisamente, al bluff de un presunto pedido de coima de senadores (un absurdo sobre un proyecto aprobado en total secreto por los sindicalistas Luis Barrionuevo y Juan Zanola al extremo de sancionarse maliciosamente sin que nadie se enterara, ni los legisladores, ni los bancos afectados, ni el periodismo, ni el público) sino a un tema en el que Cárdenas es recurrente: si se mantienen los proteccionismos norteamericanos, europeos y hasta de Japón a sus producciones agropecuarias internas, costosas e ineficientes, en detrimento de los países en desarrollo con alta producción primaria, como la Argentina, a éstos no se les deja chance de amortizar con ingresos genuinos por exportaciones sus abultados endeudamientos externos. Este sí es un tema clave del país.
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El argumento central es relativamente simple. Los Estados Unidos, con su política de subsidios a favor de sus propios productores de algodón, han deprimido permanentemente los precios de ese producto en el mercado internacional. Desde que así han permitido que haya siempre sobreproducción, al favorecer a sus productores nacionales que son menos eficientes que sus competidores de otros países y que, por ello, no hubieran podido sobrevivir naturalmente en el mercado, sin el beneficio de esos subsidios.
Los subsidios norteamericanos a los productores de algodón, en definitiva, generan exportaciones estadounidenses de ese producto que de otra manera no hubieran existido. Las que, al generar sobreoferta, terminan deprimiendo -indefectiblemente- los precios internacionales del producto. En perjuicio, claro está, de los productores más eficientes. Los del mundo en desarrollo.
No obstante, los productores norteamericanos tienen un tercio de las exportaciones totales de algodón. La razón es simple: sus productores, que generaron una cosecha de algodón que vale unos 3 billones de dólares, recibieron -por ella- subsidios claramente desproporcionados, del orden de unos 4 billones de dólares. Con ellos destrozaron, una vez más, el mercado, deprimiendo los precios. La diversa gama de subsidios que reciben los 25.000 productores norteamericanos de algodón excede, según sostiene Brasil, los límites permitidos por la Organización Mundial del Comercio, en casi 100%.
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