12 de junio 2001 - 00:00

El extremista concretó su deseo de notoriedad

Washington - El terrorista Timothy McVeigh fue ejecutado ayer en una prisión de Terre Haute (Indiana) por matar hace seis años a 168 personas con una bomba, pero al final consiguió uno de sus grandes deseos: la notoriedad.

Una triste fama acompañó hasta el final al ex soldado de la Guerra del Golfo, de 33 años, un personaje inmerso en un mundo de paranoias y de profetas con pistolas que deseaba que su ejecución fuese retransmitida por televisión en directo y en horario de máxima audiencia.

Esto último no lo logró, pero durante meses tuvo a todos pendientes hasta que ayer una inyección letal acabó con su vida ante los ojos de una treintena de testigos y 300 familiares de sus víctimas, que lo siguieron desde Oklahoma por circuito cerrado de televisión.

La foto de McVeigh ocupó durante meses las primeras páginas de los diarios, que a veces fueron incluso vehículos de su mensaje, y las cadenas de televisión no dejaron de comentar cómo se encontraba el terrorista.

«Está tranquilo», «está frustrado», «no se arrepiente del atentado». Cualquier aspecto en los últimos días de la vida de McVeigh tuvo la máxima cobertura de los medios de comunicación de este país.

Mil cuatrocientos periodistas se desplazaron a Terre Haute para relatar la ejecución y muchos más tratan de desentrañar las claves de una persona calificada como «enigmática», que consideró a los 19 niños fallecidos en el atentado de Oklahoma City como «daños colaterales».

En el último mes fue imposible no escuchar hablar de McVeigh en EE.UU., donde, sin embargo, pasó prácticamente inadvertido que un español,
Joaquín José Martínez, fue absuelto la semana pasada de un doble asesinato por el que pasó más de tres años en el corredor de la muerte.

• Debate

Los oponentes a la pena de muerte creen que el caso de McVeigh logró impulsar el debate sobre el máximo castigo, que en los últimos tiempos perdió apoyo en las encuestas, aunque sigue siendo apoyado mayoritariamente por la población.

En estados como Connecticut o incluso Texas, que lleva a cabo el mayor número de ejecuciones de todo el país, desciende el número de partidarios de la pena de muerte si existe la posibilidad de que el acusado de asesinato sea condenado a cadena perpetua. Pero en el caso de McVeigh, en una proporción de siete a uno, los estadounidenses han considerado que se trata de un castigo justo para el autor del mayor atentado en la historia de este país.

Sin lugar a dudas, la muerte de McVeigh, «el fin del asunto» para el presidente
George W. Bush, dará todavía mucho que hablar en este país tan aficionado a los debates públicos.

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