"Nada de fidelidad; sólo el fraude predomina en la Tierra. Amontonan iniquidad sobre iniquidad...; todos se engañan, todos se difaman...; no hay en ellos palabras de verdad. Tan avezadas están sus lenguas a la mentira, que ya no pueden sino mentir". Esto lo dijo Jeremías, hace algunos miles de años. Desde entonces, parece que nada ha cambiado.
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¡Te prometo! ¡Te lo juro! ¡Te doy mi palabra! ¡No te miento!
Estos son los gritos en el gran escenario del mundo. Los oímos a todas horas; en la política, en los negocios, en las relaciones personales. Esta es la vida de relaciones, entre países, entre las instituciones, entre las empresas. La mentira es hermana gemela de la calumnia. Tan firmemente se ha instalado la mentira y la calumnia entre nosotros, tal es la postración ante ella, que muchas veces la tenemos en frente de nosotros y ya no nos conmueve. Y esto es el mayor escándalo. Nos podría llevar, como por una pendiente, a no creer en nada y eso sería catastrófico. Pero hay mucho en que creer, afortunadamente. No vamos a negar que esto es difícil. Dan ganas de llorar, al ver que hombres, que integran instituciones que deberían ser el refugio de la verdad, se desmoronan al no resistir la mínima prueba de esa virtud esencial. Verbigracia, algunos hombres de la Justicia que, pensando bien, se dejaron llevar hacia el lodazal que provoca la calumnia.
• Desconcierto
¿Cómo responder a la calumnia? No es fácil ¿Qué actitud tomar? Quién lo sabe. El que opta por no defenderse corre el riesgo de reconocer la calumnia con su silencio: ya se sabe, «el que calla, otorga». Y el que se defiende, da pábulo a nuevas calumnias y escándalos periodísticos, que son los efectos que precisamente busca el agresor. Muchas veces, es tal el desconcierto del calumniado ante el ataque, que lo deja inerme, indefenso, perplejo. Otras veces, sucede o puede suceder que el atacante se da cuenta de la calumnia que ha lanzado -y de su improcedencia- y en lugar de volver atrás y rectificar, redobla la apuesta con nuevas y periféricas calumnias. Entonces, entra en una espiral de locura de imprevisibles consecuencias, y no sólo para el calumniado. Porque, digámoslo de una vez, el equipo periodístico que realizó la «investigación», si bien logró la atención de casi todo el país, también logró que brillara, en todo su esplendor, la falta de responsabilidad en el manejo del material, supuestamente informativo. Por otra parte, la libertad de información sin sentido de responsabilidad es tan cuestionable en la práctica como imposible la responsabilidad sin libertad suficiente. Libertad informativa y responsabilidad son términos mutuamente inseparables. Y esto es por las consecuencias que puede acarrear el desconocimiento de estos enunciados elementales.
Es posible que muchos ciudadanos de a pie, tras el triste espectáculo del caso Grassi, se planteen la posible veracidad de algún aspecto de la acusación al fundador del hogar Felices Los Niños. Es comprensible: la calumnia juega astutamente con esa tendencia humana a conceder, al menos, un punto de razón al calumniador, siguiendo el conocido dicho popular «cuando el río suena...». Pero a veces suena el río y sólo lleva piedras: murmuración, enredo, despecho, trapisonda y, con frecuencia, intereses inconfesables.
Los intereses espurios, de cualquier signo, producen extraños maridajes. El del periodismo y la Justicia es el peor de ellos y el más repugnante. Ahí tienen ustedes, por caso, a algunos integrantes de la Justicia y del periodismo involucrados en el caso del padre Grassi. Estos apareamientos, más temprano que tarde, terminan mal.Ya se han producido las primeras bajas: un juez y un fiscal. Del lado periodístico... es cuestión de tiempo, ya que tampoco es fácil desmontar semejante tinglado mediático sin que nadie de esa parte salga, profesionalmente hablando, herido de muerte. Estos ataques que han sufrido algunas personalidades contemporáneas -si son integrantes de la Iglesia, más regodeo y morbo- desde el punto de vista histórico, no son para nada novedosos. El padre Grassi debe estar recordando -entre tantos otros que hoy están en los altares- al fundador de su orden religiosa, San Juan Bosco, quien sufrió persecuciones e incomprensiones. Son incontables -por no decir todos- los santos, hoy son expuestos como modelos, que han mordido la fruta amarga de la calumnia. Muchos de ellos han tenido que soportar el hedor del conjunto maloliente de falsedades, insultos y chismorreos.
• Provocación
Los que logran vencer su propia comodidad y egoísmo para salir en ayuda del más débil serán objeto de estos ataques. ¿Las razones? Muchas, pero sobre todo una: estas personas singulares representan siempre una provocación para todos aquellos incapaces de mover un dedo en favor de aquellos desheredados de la fortuna, si no obtienen con ello una contraprestación. Claro es que este motivo sería el más «inocente» de todos aquellos que se han desatado en esta acusación al padre Julio Grassi. Tengo para mí que, ciertamente, no es el caso de esta persecución jurídico-mediática. Estamos asistiendo -en el mejor de los casos- a una enorme confusión, y en el peor, a una vergonzosa y monstruosa calumnia. Esto pone en peligro de arrastrar los sueños, el futuro, la vida de seis mil quinientos argentinitos. Y si esto llegara a suceder, que Dios los perdone.
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