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El punto de no retorno
El déficit de presupuesto de 2001 se elevó de los 4.500 millones proyectados a más de 12.000 millones, con lo que se está muy lejos del «déficit cero» con que se pensaba resolver el problema.
• Sin plan
La recesión dura ya más de cuatro años y va en aumento. A ello se agrega la desocupación, que se ubica en el nivel de 18,5%. Pero lo peor es que no existe un plan para revertir esa situación ni en el corto ni en el largo plazo. Ni siquiera se ha hecho un diagnóstico acerca de las causas que han creado la temible confusión en que vive el país. Ese diagnóstico es indispensable para formular ese plan de recuperación. Los dirigentes y funcionarios políticos se mantienen ajenos al problema. Los partidos políticos, entremezclados entre sí, no están en condiciones de proyectar y ejecutar las reformas necesarias. Su acción se limita a las pujas internas y ninguno de ellos cuenta con equipos de trabajo en el ámbito económico para encarar la tarea. Mucho menos cumplen con su función de ilustrar al ciudadano acerca de las grandes cuestiones sujetas a debate. Es más, tanto los principales dirigentes políticos como los economistas que los acompañan y asesoran, son de tendencia socialista, aunque no lo reconozcan públicamente. Su acción se limita a denostar el «modelo» que supuestamente habría imperado durante los últimos diez años, siendo el gran responsable de la crisis actual. Denominan a ese «modelo» neoliberal, sin precisar el significado de esa palabra. Nadie ha dicho en qué consiste ese liberalismo. Todo lo que se ha afirmado es que «hay que cambiar el modelo». Tampoco se ha señalado con qué otro modelo habría que reemplazarlo.
En realidad, lo que los detractores de los gobiernos de los diez últimos años atacan es la filosofía liberal que en alguna medida influyó sobre ellos. En 1989, en medio de un verdadero caos cuyo signo más evidente fue la hiperinflación, el Dr. Menem puso en marcha un verdadero plan de transformación económica y social liberando la economía, instituyendo la economía de mercado, abriendo el país competitivamente al comercio y las finanzas internacionales, privatizando las empresas del Estado que durante años habían consumido los recursos del país y defendiendo la estabilidad monetaria.
Ese conjunto de decisiones, de inspiración liberal, tuvo pleno éxito al abatir la hiperinflación y crear las bases para el futuro desarrollo del país. Pero a fines de 1994, reapareció el déficit del presupuesto nacional, y el impulso inicial hacia el liberalismo se agotó, paralizándose la transformación iniciada. La filosofía liberal quedó trunca, siendo sustituida por una mezcla de ideas sin orientación definida. Si a ese estado de cosas se lo quiere denominar neoliberal, podemos estar de acuerdo, por cuanto nunca hemos apoyado una mezcla de esa clase, sino que la hemos denunciado como el factor que habría de conducirnos a una crisis como la presente. El Dr. Cavallo es un conspicuo responsable de esa política híbrida, necesariamente autoritaria y plagada de errores e improvisaciones que ha prevalecido desde 1995 hasta la fecha.
Como digo, el desenlace no podía ser otro que el cuasi caos actual, cuyo detonante fueron las medidas precisamente adoptadas por el Dr. Cavallo el 1 de diciembre último. Ese fracaso, que es inocultable y perturbador de la vida diaria de todos los habitantes del país, es el que nos ha llevado a la crisis actual. Queda ahora la difícil tarea de revertir esa situación.
Esta vez no se puede recurrir a paliativos ni a ensayos pragmáticos y tecnocráticos. Todas las pruebas que se han hecho en ese sentido han fracasado, y el conocimiento económico y del orden social permite afirmar que volverían a fracasar en el futuro.
Se plantea así un verdadero dilema: o se recurre a una verdadera solución liberal, o se insiste en ese neoliberalismo propio de la socialdemocracia (o democracia socialista). Exponentes de este segundo enfoque son el Dr. Alfonsín, que debió abandonar el gobierno antes de cumplir su mandato y que no oculta su vocación socialista hasta el punto de procurar su adscripción a la Internacional de ese nombre; el actual presidente de la República, Dr. Duhalde, ha sido el más ferviente promotor de la idea de «cambiar el modelo», pero no en el sentido liberal sino en el de la socialdemocracia, y el Dr. Cavallo, que la opinión pública ubica del lado liberal, es en realidad un dinámico líder socialdemócrata, que nada tiene de liberal.
Lamentablemente no existe en estos momentos en el escenario político un verdadero partido liberal. La UCeDé lo fue hasta las elecciones de 1989, pero por razones internas y porque el Dr. Menem durante su primer mandato recurrió a las ideas sostenidas por el partido; el progreso de esa agrupación ahora se vio interrumpido, y si bien sus ideas han prevalecido en el plano intelectual, la UCeDé no tiene ahora peso político como para gravitar decisivamente dentro del extraordinario desorden que ha calado tan hondo en la vida argentina.
• Improvisación
Por lo tanto, la solución de esta crisis no puede esperarse por el lado de los partidos políticos. En situaciones normales, cuando un partido o una coalición gobiernan, y existen un partido y líderes de oposición capaces de cambiar verdaderamente el modelo, el problema podría resolverse mediante el reemplazo del gobierno. Pero esa posibilidad no existe en la Argentina de hoy, ya que oficialistas y opositores actúan de la misma manera, improvisando soluciones parciales a problemas que deben ser considerados en conjunto dentro de una línea de pensamiento económico claramente definida. De ahí que es el gobierno el que debe resolver el dilema planteado: o se insiste en las ideas socialdemócratas que durante más de cincuenta años han imperado en el país, o se recurre a los principios liberales, lo cual implica un cambio verdadero del modelo socialdemócrata vigente aplicado por muy distintos gobiernos que han cuasi destruido el país.
Si se decide recurir al modelo liberal, es necesario aplicarlo integralmente. Las soluciones a medias terminan siempre en cada vez mayores fracasos. En lo inmediato, la gran cuestión reside en saber por cuál de los modelos se inclinará el Dr. Duhalde. Todo parece indicar que la filosofía socialdemócrata prevalecerá. Es urgente, por lo tanto, formular un plan liberal que, unido a un acuerdo político que permita su aplicación, serviría como alternativa para salir de la crítica situación actual y reencauzar el país por el camino de un sostenido progreso, como el que vivimos bajo nuestra Constitución liberal de 1853-'60, hasta el desborde del peronismo-populismo de 1945.
Es inútil buscar soluciones intermedias o parciales. Esta vez no podremos escapar a la necesidad de llegar, cueste lo que cueste, al fondo del problema. Esa tarea no está al alcance ni del justicialismo ni de la Unión Cívica Radical. Ambas son responsables del punto a que hemos llegado. La gran tarea política en el momento presente es descartar esos intentos socialdemócratas e inclinarse por las soluciones verdaderas.


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