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Baste con recordar que la moneda anterior, el austral, perdió 10.000 veces su valor en sólo cuatro años. Por eso la Argentina no es un país «normal». El dólar se usa como guarda de valor y también como unidad de cuenta, la gente piensa y opera económicamente en dólares; lo que provoca un rápido traslado a los precios, que a pesar del hábito a la estabilidad de estos 11 años, ya empezó con fuerza diezmando salarios y jubilaciones.
Además, una devaluación exitosa no está hoy dentro de las posibilidades de la Argentina porque supone una férrea disciplina fiscal, que implica una gran reforma del Estado y recuperar la confianza de la sociedad en su dirigencia (que está en su peor momento) y en el sistema financiero, algo inviable en el corto plazo después de la debacle bancaria. Con respecto al equilibrio fiscal, real, no obtenido sin pago de intereses que igual siguen sumando, o sin incorporar el bono de subsidio a los bancos para enjugar las pérdidas provocadas por los distintos tipos de cambio, es evidente su dificultad. Basta sólo con observar que, además del desastre político de la Alianza, llegamos a esta situación por no bajar 1% o 2% del PBI en gasto público a tiempo, con lo que se hubieran recuperado la confianza, las inversiones y el crecimiento como ocurrió en todos los países exitosos del mundo (EE.UU., España, Italia, Chile, Irlanda o Suecia) de derecha o de izquierda.
El primer perjudicado por la devaluación es el fisco nacional que ya tiene una situación dificilísima con una deuda de más de $ 135.000 millones, denominada en 95% en dólares u otras monedas extranjeras. También están comprometidas las provincias. ¿Cómo podrán pagar en dólares si cobran impuestos en pesos devaluados? Esto sí será la quiebra del Estado y provocará un enorme aumento de la deuda pública, por todas las pérdidas privadas que se estatizan. Ya se habla de un costo fiscal de 15% del PBI (u$s 30.000 millones, casi lo mismo que aumentó la deuda pública en los 10 años de Menem). Se corre el riesgo de que ocurra lo mismo que con Alfonsín, que duplicó la deuda llevándola a u$s 96.500 millones para nada, sin crecimiento y sin bienestar.
Desde el punto de vista de la paz social también sería positivo. Es lo que quiere la gente. Traerá tranquilidad, recuperará confianza, funcionará como un ancla para la economía y será una política de shock que ayudará a salir de la recesión. Inclusive los ahorristas estarán mucho más dispuestos a esperar por sus depósitos si saben que recuperarán dólares.
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