8 de agosto 2001 - 00:00

No tirar la toalla

Quizás usted recuerde una película (que tiene unos cuantos años) protagonizada de manera magistral por Gary Cooper, que se llama «A la hora señalada».

Sintetizando mucho, el argumento es así: un sheriff es dejado totalmente solo. El bandido que apresó en otra ocasión quedó en libertad y tiene intención de volver para vengarse. Y llega con una banda de cómplices. La primera reacción del protagonista es pensar en la huida. El protagonista es víctima de una presión psicológica que lo está derrumbando, debe luchar entre su sentido de deber, aunque le vaya la vida en ello, quedarse y enfrentar a los bandidos, o dejar al pueblo a merced de éstos.

Pero al final piensa y le dice a su mujer: «Si huimos ahora, tendremos que estar huyendo toda la vida». Entonces se queda y enfrenta la situación. La película tiene un final feliz.

En mucho se parece la situación de una enorme cantidad de argentinos a la de este protagonista de la película. Hoy los argentinos nos encontramos soportando el fuego graneado que trata de derribar la esperanza, aunque sea pequeña, necesaria no ya que nos permita salir de la situación en la cual nos encontramos sino que nos deje seguir viviendo.

No hace falta ser un aguzado analista para observar que, proveniente de distintos sectores, se puso en acción un sistemático y cruel intento de acoso y derribo de las ilusiones de los argentinos. Las modalidades son de las más variadas... las intenciones también.

Las hay de todo tipo: grotescas, cómicas, inteligentes, torpes... y así podemos seguir la enumeración.

El Dr. Viktor Frankl, psiquiatra y escritor, recientemente fallecido, solía preguntar a sus pacientes aquejados de múltiples padecimientos, más o menos importantes: «¿Por qué no se suicida usted? Y, muchas veces, de las respuestas extrajo orientación para la psicoterapia a aplicar: a éste lo que lo ata a la vida son los hijos; al otro, un talento, una habilidad sin explotar; un tercero, quizás unos cuantos recuerdos que vale la pena rescatar del olvido. Tejer estas tenues hebras de vidas rotas en una urdimbre firme, coherente, significativa y responsable era el objeto del Dr. Frankl para rescatar a sus pacientes de sus profundas angustias.

Interrogantes

Este médico, prisionero durante mucho tiempo en los bestiales campos de concentración, sintió en carne propia lo que significaba una existencia desnuda de toda esperanza. Sus padres, su hermano, incluso su esposa, murieron en los campos de concentración o fueron enviados a las cámaras de gas, de tal suerte que, salvo una hermana, todos perecieron. ¿Cómo pudo él que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció hambre, frío brutalidades sin cuento, que tantas veces estuvo a punto del exterminio?, ¿cómo pudo aceptar que la vida fuera digna de ser vivida? Escuchamos de labios de algunos analistas, comunicadores, políticos, la terrible sentencia -de inconfesables fines-, que la Argentina ha tocado fondo. Que el ciudadano argentino ya no tiene razón para vivir. Nos preguntamos si estos personajes han enloquecido. Nos preguntamos, con angustia muchas veces, si saben el daño que provocan. No se trata de no contar la realidad -sería tan dañino como esto último-sino de preguntarse si estos individuos saben lo que es tocar fondo.

La historia de Viktor Frankl es la de millones de seres humanos que sí saben lo que es tocar fondo. Que una y otra vez han aprendido la lección de lo que hace un ser humano cuando, de pronto, se da cuenta de que no tiene «nada que perder excepto su ridícula vida desnuda». No es el caso, ni mucho menos, de los habitantes de este país. Los argentinos, a pesar de los pesares, tenemos mucho por que luchar. Tenemos mucho por qué vivir. Y como decía alguien: «Quien tiene un porqué para vivir, encontrará casi siempre el cómo».

Si nos tomamos el trabajo de mirar la historia más o menos reciente de otros pueblos, veríamos con ilusión que nos estamos peor -¡ni mucho menos!que ellos, y sin embargo han superado sus dificultades. Han querido, han buscado, han sabido sobreponerse a sus desgracias. Al fin y al cabo, los logros y los fracasos de los pueblos, la suma de los logros y los fracasos individuales de su gente.

Podríamos inspirarnos en las antiguas gestas, propias y ajenas, para remontar las dificultades. Se conserva, por ejemplo, la arenga que en 1940, en la Segunda Guerra Mundial, lanzó Winston Churchill por radio a sus tropas: «Iremos hasta el final, pelearemos en Francia, en el mar y en los océanos, lucharemos con una constancia y una fuerza creciente que se respirará en el aire. Defenderemos nuestra isla al costo que sea necesario; lucharemos en las playas, en los campos, en las calles, y en las montañas. Nunca nos rendiremos».

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