Si todo se convino sin chistar ni discutir en unas horas, apenas con alguna disidencia por temas específicos, ¿cuál es la razón por la que se hizo esta cumbre de gobernadores y jefes parlamentarios? Si todo esto se conocía, y nadie lo cuestionaba, ¿por qué no avanzó Roberto Lavagna en Washington para suscribir un acuerdo con el FMI? Si, finalmente, lo que en gran parte se aprobó ayer en una mesa de Olivos ya había sido aprobado hace seis meses en el mismo lugar (el plan de los 14 puntos), ¿para qué los dirigentes políticos de este país pierden tanto tiempo en repetir firmas sobre documentos idénticos? Tiempo en el que además se angustia a los argentinos con temores por un nuevo default, una mayor falta de crédito o más aislamiento internacional.
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Cuesta entender estas jugadas, más propias de gente dura de entendederas que de finos especialistas en política. A menos que se quiera aceptar el triunfalismo duhaldista de que todo esto fue realizado para postergar las elecciones (internas y generales), ya que no disponían de un candidato justicialista para enfrentar a Carlos Menem y, ahora, se garantiza un intervalo de 5 meses para mejorar su situación partidaria. Si a uno no le basta este exitismo oficial, los menemistas contribuyen a fortalecerlo: ayer rechazaban in limine el nuevo acuerdo del Presidente con los gobernadores, cuya base -como se sabe- son los 14 puntos que diseñó Juan Carlos Romero, compañero de Carlos Menem en la fórmula, quien solía reclamar hasta el hartazgo su cumplimiento. Más bien, duhaldistas y menemistas aparecen hoy en guerra con un curioso intercambio de banderas y causas. Casi gracioso, ya que defienden la obediencia debida al FMI el mandatario Eduardo Duhalde, incluyendo en la nueva pertenencia al rebelde Néstor Kirchner, mientras es el riojano -en este caso insólitamente acoplado a Adolfo Rodríguez Saá- el que se revela hostil en apariencia para suscribir promesas con el organismo internacional. No se gana para sorpresas con el peronismo.
Es cierto que Duhalde, interesado al menos para llegar al fin de su mandato del 25 de mayo con el máximo poder, ensayó un disloque del calendario electoral que no registra memoria política. Empezó con noviembre para internas, luego pasó a diciembre, hizo más tarde un congreso para trasladar la fecha a enero, y sin miramientos por fin -y al margen del propio congreso que él mismo había convocado- primero la pasó a febrero y ahora prometen que por ley las celebrarán en marzo. En ese desorden, por si fuera poco, además cambiaron hasta el fundamento de las elecciones convocadas por ley y avaladas por la Justicia; nada de abiertas y simultáneas, por el contrario vuelta al más estricto dominio cerrado de los partidos, a los aparatos y el clientelismo. No en balde los radicales de Raúl Alfonsín -que presumen de demócratas- se asociaron a la iniciativa: dicen que es para no demostrar la debilidad representativa de la UCR al contar pocos votos en una interna abierta (en rigor, con el viejo sistema ahora reincorporado ni se cuentan los votos o son los dirigentes quienes dicen cuántos presuntamente votaron) cuando en verdad encubren el propósito de continuar manejando el partido a voluntad. Algún enjuague semejante hizo, ufanándose y con desplantes, el oficialismo con la convocatoria a comicios presidenciales. Para que nadie dude de la esencia del duhaldismo bonaerense.
Acontecimientos extraordinarios para cualquier sorprendido ciudadano. Incluyendo en ese rubro al propio Menem y a Rodríguez Saá, hombres tan peronistas como Duhalde en métodos, pero que hoy por estar fuera del juego de la Rosada se han incorporado a los demandantes de racionalidad democrática. Casi conmueve este singular proceso en el que de repente Duhalde se vuelve «fondomonetarista» -luego de denunciar por años esa nefasta influencia del organismo-, mientras el menemismo acude como ayer con una crítica airada a cualquier acuerdo como si el ex mandatario fuera el que consultaba al economista Daniel Carbonetto. En la ira por los arbitrios electorales, además sus hombres casi se integraron hace días a la izquierda para formar quórum propio y reponer la desatinada Ley de Quiebras del monopolio «Clarín», en Diputados, o inesperadamente hasta hicieron circular un proyecto sobre ejecuciones que hubiera llenado de regocijo en otro tiempo al duhaldismo. Una desviación casi impensada y seguramente circunstancial del menemismo.
• Preguntas
No escasean las razones ni los intereses para el enfrentamiento político entre las partes, pero ¿había acaso que demorar tanto para acercarse a un acuerdo que hoy no es diferente al de hace 6 meses? ¿Se puede considerar una victoria cierto aplazamiento electoral cuando transcurrió medio año para aceptar lo que el titular del FMI, Horst Köhler, había reclamado por escrito? ¿Había que someter a las provincias a una sangría extenuante, con esa dilación en las negociaciones, para que hoy firmen sin siquiera pensar en incorporar una coma? No son preguntas sin respuestas. Lo más grave es que habrá más preguntas. Porque lo del FMI no concluyó seguramente ayer ni finalizará, tal vez, mañana en el Congreso. A menos que ocurra lo imposible y cambie la política en la Argentina.
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