6 de febrero 2002 - 00:00

Sino de Alfonsín: ahora, ni demócrata

Un hombre puede fracasar en su gestión. Le pasó a Raúl Alfonsín. Puede inclusive, con opiniones equivocadas, provocar daño económico al país. Le pasó a Raúl Alfonsín y durante varios años. Lo que tal vez un hombre no debe es resignar una vocación expresa e impresa. Y, no menos importante, consentida y aprobada por toda la comunidad. De ahí que embarace y sonroje la malversación que Raúl Alfonsín ha hecho de su profesión de demócrata.

Hasta ahora, cuando piadosamente se intentaba comprender al ex mandatario radical por sus múltiples y erróneas declaraciones, se lo disculpaba aduciendo que finalmente era quien había devuelto el país a la democracia -como si ese acto no hubiera sido producido por el pueblo-y, por consecuencia, él se hizo propietario de ese título. Pero esa corona no calza ya en su cabeza; él mismo se la ha quitado sin elegancia, una decepción más para una Argentina que no culmina en tragedia porque hasta los ateos aceptan que a veces existen milagros.

Se podrá citar que, como presidente, persiguió gente con el estado de sitio o hizo malabarismos curiosos con las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Casi son detalles, no una mácula. Se lo entendió. Más grave, en cambio, fue su participación en el pacto de Olivos para consagrar la reelección de Carlos Menem, no tanto por las imputaciones espurias que rodearon ese acto (subsidios y otras yerbas), sino por la menudencia política que usufructuó a su favor personal, partidario y también, en alguna medida, institucional (del tercer senador al Consejo de la Magistratura, el ballottage y la elección del intendente porteño). Por no hablar de otro costado ominoso: el aumento del número de miembros de la Corte para que este instituto, con personal afín, se convirtiera en un apéndice del Ejecutivo.

Ya se cargó de oprobio Alfonsín por esa decisión, casi de ultratumba, tomada a escondidas, como participante de un juego clandestino en la casa de Dante Caputo (ausente, claro). Aun así, ligeramente manchado, siguió en tránsito el ex mandatario como jefe de la UCR y hasta se convirtió en senador. Lo más importante para él: mantenía el halo de demócrata. Pero con el advenimiento de Eduardo Duhalde, hizo trizas ese pedazo de fama. Primero, al participar como radical en la interna del peronismo para consagrar a un presidente (Duhalde logró la adhesión de la UCR prime-ro y luego, con ese margen, impuso su condición en el PJ). Segundo: como continuidad del contubernio -al cual, en dulce romería, lo siguen o auspician Leopoldo Moreau y Federico Storani-se ha propuesto públicamente (reunién-dose con ese fin en la propia Casa de Gobierno) voltear in totum o en parte a la Corte Suprema, órgano deshilachado y desprestigiado como pocos pero alentado a sumergirse más en el lodo en su nueva constitución -si se crea-por los tejes y manejes de quienes suponen poseer la suma del poder público.

Partido de abogados, como decía Perón («es un estudio jurídico», más exactamente), se supone que el radicalismo ha generado esta inquietud en Alfonsín por digitar la Justicia -más bien, el Derecho-, tarea que emprendió ya en su mandato, cuando la construyó a su modo y luego pretendió extender a 7 miembros el cuerpo de 5. Con Menem luego compartió el ascenso a 9 y, ahora, con Duhalde, piensa en borrón y cuenta nueva con más miembros, o con menos miembros, pero siempre con propios. Lo que se dice un demócrata que jamás piensa en un Poder Judicial independiente. Víctima de su propio yo, ha enterrado en vida su propio prestigio republicano. No importa para él que esto sea impugnado en su patria y en los Estados Unidos; también será objetado y señalado en la Internacional Socialista.

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