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Un ilusorio y forzado blindaje
La denominación «blindaje» bajo la cual se conoce el apoyo buscado es, ciertamente, desafortunada. Aparece como una línea de defensa frente a males externos que acechan al país. Pero la crisis que estamos viviendo no se deriva de la acción de algún enemigo exterior sino que se debe exclusivamente a desórdenes internos producidos durante largos años, y a las erróneas políticas que se han estado aplicando durante el último quinquenio.
El «blindaje», tal como ha sido publicitado, no sirve para resolver la crisis. Es un arbitrio que a lo sumo será útil para aliviar los problemas que se presentarán durante el año 2001. Un ejemplo: según el artículo 4° del presupuesto nacional para dicho año, la Argentina debe buscar fuentes de financiamiento por 29.000 millones de dólares que servirán para amortizar deudas y otros pasivos por 20.500 millones de dólares, y para cubrir el déficit de presupuesto que para dicho año se elevará a 7.000 millones de dólares (con la tolerancia del Fondo Monetario Internacional). Como se ve, este «blindaje» de 20.000 a 30.000 millones de dólares no hace otra cosa que prolongar la crisis sin resolverla. Apenas cubre las necesidades de un año, ¿y después qué? Nada se dice al respecto.
Un plan de acción
La idea de procurar un apoyo internacional del monto previsto para el «blindaje» es correcta. Pero esos recursos deben ser destinados a una finalidad completamente distinta a la señalada. El país debe hacer un gran esfuerzo para resolver la crisis, y es hacer viable ese esfuerzo a lo que deben destinarse los fondos del exterior.
El Fondo Monetario Internacional ha encabezado ayuda extraordinaria de 30.000 a 50.000 millones de dólares en los casos de México, Sudeste Asiático, Corea, Rusia y Brasil. Esos aportes tuvieron por finalidad «apagar focos de incendio».
En el caso argentino la ayuda no tendría ese carácter. No se trata de «apagar fuegos» sino de evitar que se produzcan. No estaríamos pidiendo dinero prestado para construir un «blindaje» que nos ponga a cubierto de males provenientes del exterior, sino para corregir males internos cada día más apremiantes.
Un «blindaje» del tipo que se está tramitando es, por otra parte, ilusorio, puesto que no corrige los desórdenes profundos a que estamos asistiendo. Sirve, como queda dicho, solamente para «estirar» la situación un año más.
La solución radica, como lo anticipara en un trabajo anterior ( Ambito Financiero del 23-11-2000), en elaborar un plan global de aplicación simultánea de un conjunto de medidas que corrijan las distorsiones existentes.
Un plan de esa clase, elaborado por un comité de políticos y economistas que verdaderamente conozcan el tema, aplicado decididamente con unidad de concepción por el gobierno, restablecería la confianza tanto de los argentinos como de los extranjeros. Esta es la clave para la recuperación del país. Pero con el clima político actual y el presupuesto nacional en discusión, es muy difícil que un enfoque de esa clase pueda ser adoptado en 2001. Ya es muy tarde para hacerlo, pero durante ese año debe prepararse la citada acción global a emprender en 2002.
Dicha acción debe estar fundada en una verdadera concepción liberal. Así se hizo durante el primer mandato del Dr. Menem, que aceptó las principales ideas liberales que habíamos promovido a lo largo de más de cuarenta años. Esa conjunción entre un firme liderazgo político y una verdadera doctrina liberal, transformó el país evitando la catástrofe que se cernía sobre él y habilitándolo para su recuperación. Lamentablemente la tarea quedó inconclusa durante el segundo período del Dr. Menem, por las resistencias políticas contra el «modelo» y por errores en el campo socio-económico cuyo principal responsable es el Dr. Cavallo.
Ello condujo a la crisis actual que todas las tendencias izquierdistas y «progresistas» atribuyen al «neoliberalismo», que supuestamente habría orientado toda la gestión del gobierno anterior. Ese neoliberalismo nada tiene que ver con la verdadera filosofía liberal. En realidad es una espuria deformación de ésta que confunde a la opinión pública y que hace más difícil las soluciones requeridas por la crisis.
La verdadera solución radica, como he dicho, en recurrir a los principios liberales clásicos, adaptados naturalmente a la situación que vive el país.
Ningún «blindaje» puede evitar que la situación se deteriore aun más. Hay que resolver los problemas de fondo y esto sólo puede lograrse a través de esos principios liberales sólidamente aplicados, sin concesiones a un hipotético «neoliberalismo» y por supuesto a todas las fórmulas tecnocráticas y social demócratas de «tercera posición». El año 2001 será verdaderamente difícil y no debemos confiar en un supuesto e ilusorio «blindaje», que en el mejor de los casos sólo servirá para ganar tiempo y postergar la crisis sin resolverla.
El problema es moral
El problema no es tanto de técnica económica sino de carácter moral. No ha habido ni hay todavía una verdadera comprensión acerca de esa naturaleza moral del problema que nos afecta.
En lo inmediato se nos plantean numerosos interrogantes. ¿Por qué el país que no ha sufrido guerras exteriores ni ha experimentado grandes catástrofes naturales se ve hoy en la necesidad de pedir ayuda a otros países? ¿Por qué disponiendo de recursos abundantes, principalmente alimentos y energía, y de una población comparativamente ilustrada, debemos enfrentar hoy el atraso y la disminución del nivel de vida del país y de sus habitantes? ¿Por qué tenemos que pedir prestado a diversas instituciones internacionales para salir del tembladeral en que nos encontramos? Estos y muchos otros interrogantes de la misma índole deberán ser resueltos cuando se escriba la historia de las últimas décadas y se señale a sus responsables.
En cuando a los acontecimientos actuales debemos fundamentalmente preguntarnos por qué han fracasado las promesas de gobierno hechas durante la campaña electoral en 1999, y los pronósticos de destacados políticos y economistas que a principios del corriente año anticipaban el comienzo de una firme recuperación del país. Por último, por qué el escepticismo, la inseguridad y el desaliento actuales. Solamente el análisis de la moral del proceso vivido durante estos últimos cincuenta años puede dar una respuesta a esos interrogantes.


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