2 de abril 2002 - 00:00

Una tesaurismosis muy contagiosa: broncemia

Hace unos años, en 1968, un renombrado médico de Córdoba publicó en la revista «Acta Médica» del hospital de esa provincia un artículo bajo el seudónimo Casio Xiso. El mismo profesional lo ha modernizado, resumido y enviado a este diario por la reaparición, casi en forma de endemia, de un mal que ataca a muchos profesionales, hoy, principalmente a los jueces. Se llamó «broncismo» en una nota que publicó Ambito Financiero acerca del mal que les hacen a la imagen de la Justicia e indirectamente al país quienes contraen esta enfermedad mientras están al frente de sus estrados. El autor llama, con términos médicos, a la enfermedad «broncemia», con afectados como la jueza María Servini de Cubría, su colega Mariano Bergés, y donde también se observan los síntomas, no confirmados aún, de enfermedad en el juez Martín Silva Garretón, que sufrió un ataque de «populismo judicial» mezclándose en la calle con reclamantes del «corralito». Lo brindamos como una muestra del fino humor que suele caracterizar a la gente de Córdoba. Veamos.

Anómala presencia y acúmulo progresivo de bronce en sangre y tejidos. Prodúcese éste a nivel de las células intersticiales de Leydig, las que, en compleja neofunción paraalquilante, alean cobre y estaño, circulantes en exceso por falla metabólica.

Por el tamaño que alcanzan las partículas de bronce y el aumento de volumen que provocan en ciertos parénquimas, denomínase a esta perturbación del intercambio broncemegabolismo.

La precipitación del bronce es secundaria a las dos sales en que circula: el bronzuro de estolidina y el ciclobronceato de perhidroestultina (más histiófila). Estos solutos, macromoleculares y muy pesados, infiltran también la economía siguiendo la ley de gravedad (parecida a la ley de gravedad de nuestra economía). Dada la habitual bipedestación humana (herencia de los grandes simios caminadores, según se lo revelara su propio ídolo specus baconiano a Darwin), lo hacen depositándose de abajo hacia arriba, ex pedibus ad caput.

• Signos físicos

Cráneo:
enhiesto, celosamente fijo; más notorio cuando forzados a saludar. Llaman la atención sus cabellos: el bronce, al infiltrarlos, los transforma en unos pelos duros.

Facies:
gesto entre adusto y severo.

Ojos: moebius positivo máximo, por total pérdida de la convergencia. Este hecho deja la impresión de que permanentemente atalayaran ignorados horizontes: signo de la mirada galaxiopenetrante. (Por miobroncia ocular.)

Arcos ciliares:
cejijuntia enerquética, preeclámptica.

Oídos:
sordera valvular, así llamada porque, por curiosa disposición infiltrativa de la cadena de huesecillos, oyen perfectamente de dentro hacia afuera, pero les es totalmente imposible lo contrario.

Nariz:
característico rictus alar, por cacosmia.

Boca:
al hablar, sus labios se acampanan notoriamente. Oye las palabras que él emite con sonoridades de bronce, pero caen como plomo. Por el contrario, los habituales émbolos gaseosos intracolónicos, al transcurrir raudos la como festiva guirnalda de perladas venas que habitualmente decoran el último tramo, si ya trombosadas por sales bróncicas, generan sutil campanilleo.

Marcha y demás movimientos:
acompañan al hieratismo cefálico, sugiriendo excesiva solemnidad.

Palpación:
áreas inficionadas duras, de tipo linítico.

Obsesiones:
adquisición de medios gráficos compulsiva y grabación de videos buscando sus referencias. Si ven su imagen reflejada en TV, su broncemia lo puede hacer caer en espasmos, para los que se recomiendan paños fríos en la cabeza.

Percusión:
con paciente de pie, la percusión de abajo hacia arriba revela auditivamente el nivel alcanzado por el acúmulo metálico, según las observaciones del colega Juan B. quien la denominó «signo del tintineo selectivo». Muy útil porque su positividad se logra a veces a través de la ropa, lo que permite, en cualquier ambiente y ante la menor sospecha, afirmar el diagnóstico de inmediato y con toda discreción.

Hipotermia estratificada pogresiva
(cifras más bajas donde hay más bronce.): Cuando esta hipotermia alcanza a las rodillas, gravita notoriamente sobre la cenestesia del paciente, tornándolo fácilmente irascible.

Hay más signos pero, por tratarse de un resumen, damos sólo los fundamentales.

• Signos psíquicos

Antes de este proceso, el psiquismo de estos dolientes suele ser de la misma angélica factura como el del común de los humanos: paradojal, contradictorio, autotánico parcial, total y heterotánico. Este, en sus tres formas básicas: vocacional, equivocacional y mediática. Vocacional: toda suerte de asesinos, desde los de trocha angosta (tarea unipersonal): ladrones, criminales a sueldo y ciertas comadronas (peor que tétrico, obstétrico), hasta los jerarcas provocadores de guerras. Equivocacional: aquellos cuyo ministerio depende en buena parte de interrogar políticos, policías, banqueros, barras bravas y demás inquisidados. Mediática: sólo pacientes con antecedentes de tareas de cierto relieve que subconscientemente ambicionan la notoriedad hasta que empeoran y les ataca la broncemia.

Son hasta entonces tan bondadosamente humanos como cualquiera. Pero el progreso de su enfermedad, la mirada ajena a los circunstantes, el aparente empaque en los gestos y desplazamientos y esa inmovilidad cérvico-cefálica como si los hombros y el resto del cuerpo tuvieran conciencia del tesoro del que son por ahora viviente pedestal, más la sordera valvular, acaba por situarlos en alienos al ambiente y al diálogo. Esto subjetivamente los ubica en la condición de incomprendidos. Terminan en ipsistas. La ley biológica adaptarse o morir los lleva a su única posible adaptación: a ellos mismos. Y así llegan al ilusorio, cuando no delirante conformismo de autocomprenderse, autoadmirarse y, naturalmente, autoamarse.

Vemos entonces que esta enfermedad va más allá del logro de Selye, stress o síndrome general de adaptación, pues termina en síndrome general de desadaptación o Squatro. ¿Y por qué Squatro? Porque va un paso más allá del stress. Y stress más uno, squatro. Así que ya no sólo hay pacientes stressados, sino también squatrados.

• Formas clínicas

Este proceso cursa en dos grandes etapas clínicas de absoluta significación pronóstica. La primera, difícilmente reversible: la importantitis. La otra, irremediable: la inmortalitis.

La seguridad diferencial se alcanza gracias al dosaje de bronce en sangre: si pasa de las 10.000 UP (Unidades Pillado), es inmortalitis. En este caso, la punción lumbar, al verificar que ya está vencida la barrera meníngea, la confirma. En los predispuestos, suelen producirse, a raíz de cualquier éxito, aun efímero, picos de broncemia que, si caen rápido, pueden no ser peligrosos, a condición de que sean poco frecuentes.

Michel de B., que también integra nuestro equipo de investigación, descubrió el signo más precoz: la seriedad sostenida.

Alguien detectó la forma más peligrosa: los criptobroncémicos, que recuerdan a los falsos modestos de San Agustín, el númida.

• Orientación terapéutica

Michel de B. observó el alto grado de contagiosidad, por lo cual sugiere aislamiento y terapia intensiva.

Si se les nota el síntoma de sacrificar horas de sueño esperando hasta la madrugada los primeros ejemplares de medios en los quioscos, ya hay síntomas avanzados de broncemia y debe iniciarse urgentemente el tratamiento.

Jorge C. verificó que, en la inmortalitis, la higiene cutánea se obtiene, mejor que con agua y jabón, con «Brasso».

• Profilaxis

Estar atentos a las primeras manifestaciones de la pérdida de la capacidad de sonreír.

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