15 de junio 2007 - 00:00

Caribe colombiano, mucho más que playa

Caribe colombiano, mucho más que playa
Escribe Patricia Van Ploeg Enviada especial

El caribe colombiano es mucho más que playa cálida, arena clara y agua diáfana. Es buceo, es vegetación, rumba, historias de piratas y, fundamentalmente, un destino que busca imponerse y merece ser conocido.
La travesía desde la Argentina empieza vía Bogotá, eje de distribución aeronáutico de Colombia. Se llega a través de Avianca, la línea aérea que tiene su centro de conexiones en la capital del país. En no más de seis horas, cualquier argentino puede estar a los 2.640 metros de altura de Bogotá. La llegada a San Andrés, la isla que es uno de los encantos caribeños de Colombia, puede hacerse inmediatamente y a sólo una hora cuarenta de la ciudad Capital, que ellos llaman Distrito Central. Con casi 40 km2, la isla de San Andrés alberga el ritmo y el color caribeños en infraestructura y en ornamentación, y la presencia de no más de 70.000 habitantes que se muestran predispuestos a abrirse a hacer nuevos amigos, los turistas que todo el año se acercan a este paisaje de arenas blancas y aguas apenas tibias.
San Andrés fue descubierta por los españoles en 1510, aunque fue también territorio inglés y disputada por varios países que resignaron pertenencia, aunque dejaron sus huellas. Hoy mismo Colombia debe lidiar con un reclamo nicaragüense que quiere su posesión, del que en distancia está más cercana. Ya llegando desde el avión, pueden vislumbrarse los siete colores del mar, que muestran claramente la ubicación de la barrera de corales que circundan la isla. San Andrés es muchas cosas. Es un territorio «puerto libre» que convierte a la ciudad marítima en un gran shopping. Con primeras marcas, de las que se encuentran en el primer mundo, este rincón caribeño ofrece variadas alternativas de disfrute.
Pero la más importante opción es la hotelera. Y el viajero argentino tiene aquí muchas posibilidades de disfrutar «como en casa». La cadena internacional Decameron, propiedad de un argentino, posee seis hoteles con diferente perfil que están técnicamente a disposición de cada uno de sus huéspedes. La cuestión es fácil: con el sistema «all inclusive», se contrata un hotel (Los Delfines, Aquarium, Marazul, San Luis, El Isleño y Maryland) donde se duerme y se utiliza como base de «operaciones acuáticas», pero está presente la posibilidad de acceder a las instalaciones (piscina, área de diversión, shows) y los restoranes (cada uno con una temática diferente) cuantas veces se desee. En el mismo hotel se organizan las salidas que, ni más ni menos, significan conocer cada rincón de San Andrés: una muy buena posibilidad es acercarse al puerto de la isla, contratar una de las tantas embarcaciones que recorren sus costas y predisponerse a recorrer cada una de las playas que hay.

BUCEO Y SNORKEL

¿Adónde ir primero?, se pregunta el turista. Uno debe entregarse sólo a disfrutar, así que el plan debe ser la visita a los cayos con sus diferentes playas. Un lugar imperdible es Haynes Cay, un cayo conocido como El Acuario, donde el mejor programa es bucear, hacer snorkel (los colombianos le dicen «caretear») para ver los peces de múltiples colores que se protegen en el lugar, o bien atravesar los casi 500 metros de un banco de arena que lo separan de otra pequeña isla donde se puede almorzar por u$s 20, dormir la siesta en hamacas y descubrir una firme apología de Bob Marley (el rey del reggae).
La caminata de regreso, con el agua hasta las rodillas, debe hacerse con cuidado para no perturbar a miles de peces de colores que permanecen en el lugar. Y una buena opción para terminar de disfrutar es pedir una «piña colada» (ron y leche de coco), un clásico del lugar.
Otro punto imbatible es Johnny Cay, un espacio con palmeras amontonadas, una isla con aguas de color turquesa y una playa no muy mansa, donde reciben lugareños dispuestos a brindar un «coco loco», el cóctel de siete aguardientes y leche de coco, también típico de la isla. En Johnny Cay hay nativos con trenzas «rastas», música de reggae, miles de vendedores insistentes que repiten «mirar es gratis» tratando de persuadir al turista para que le compren pulseras y collares hechos a base de piedras del lugar (no menos de u$s 5 aunque existe la cultura del regateo).
El viaje puede continuar en una lancha hacia otras atracciones costeras, como la playa de Spratt Bight. Ya de regreso, en tierra, puede conocerse la Cueva de Morgan, un museo que evoca al famoso y legendario pirata, sustentado en historias fantásticas, aunque bien articuladas que intentan convencer al turista de que, en ese preciso lugar, el pirata Henry Morgan escondió sus tesoros saqueados a las naves españolas. Pero si hay una isla de piratas ésa es Providencia. Dicen los más entusiastas, al ver y al mostrar el mapa, que cuando Stevenson escribió su novela «La isla del tesoro», dibujó un mapa para ilustrar su narración y que ese dibujo es muy parecido a la isla.
A tan sólo 20 minutos de avión (por u$s 150 el pasaje de ida y vuelta) se encuentra un lugar muy parecido a lo que cualquiera podría imaginar como el Paraíso. Sus habitantes, alrededor de 5.500, destacan como virtud su vocación ambientalista. De hecho, la UNESCO determinó en 2000 que Providencia, junto con San Andrés, es una reserva de biosfera Seaflower. Esto significa que sus habitantes han sido reconocidos por el cuidado de biodiversidad y del ecosistema marino.
Y eso se nota, especialmente si uno llega en mayo (o en octubre), épocas en que los cangrejos negros, protegidos de la isla, se acercan en multitud al mar a desovar. Cada cangrejo arrastra consigo 5.000 huevos y la isla de Providencia se paraliza, ni más ni menos, para permitir su paso. Esto implica que cualquier turista deberá caminar, quizá más que lo pensado, desde la media tarde hasta el mediodía del día siguiente, en ambos meses, ya que la única ruta y camino que recorre la isla es cortada por la prefectura con el fin de permitir que los cangrejos respondan a su naturaleza. Y en Providencia, la Naturaleza -así, con mayúscula- reina en todas partes.
«Encontré mi lugar en el mundo», dice «Lali», una argentina que llegó hace más de 30 años y que hoy vive del comercio. Su tienda de regalos no está en el centro comercial de la isla, pero en el lugar todo queda cerca, y «Lali» provee de vistosas y coloridas lámparas a muchos hoteles y posadas. La hotelería en Providencia es simple, digna de un pueblo costero con conciencia turística. Dicen los lugareños que las comodidades han mejorado durante los últimos años producto del acuerdo que muchos propietarios han realizado con grandes cadenas de hoteles, que le dieron uniformidad, enseñanzas de buen servicio y cierta categoría.

PALMERAS Y ARENA BLANCA

Dado que la temperatura ronda todo el año entre 26 y 32 grados, con picos que pueden recibir al turista con agobiantes 38°, una comodidad muy valorada es el aire acondicionado, que la mayoría de la hotelería pone a disposición, aunque no hay hoteles cinco estrellas en Providencia. A la hora de planificar la estadía, el buceo es «la actividad» de la isla. Pero mientras se decide adónde ir, ya que la oferta es amplia y variada, alguna playa cercana puede ser una buena opción. Palmeras y arenas blancas y vistas de montañas (en el centro de la isla) son un buen contraste.
En las playas de Providencia hay una sola preocupación: que los cocos maduros no causen algún accidente en su caída. El sol es muy fuerte y la temperatura del agua bastante tibia, más que en San Andrés, aunque menos que en el nordeste brasileño. Una buena opción es acercarse a conocer los cayos, playas y varios lugares que tienen a los piratas como centro de atracción. La propuesta es directa: una embarcación a motor, conducida por un simpático nativo, arrancará directamente hacia «La cabeza de Morgan», una roca sobre la costa que el poder de erosión del agua, el viento y quien sabe qué fantasía hacen presentar como una cabeza humana.
A su alrededor, arrecifes costeros y otro lugar clave para buceadores expertos. La travesía continúa hacia Cayo Cangrejo, un islote rodeado por aguas muy cristalinas y un escenario marino casi mágico. Se puede ascender, a través de una escalinata, a un gran peñón para ver la variación de los colores del mar o sentarse en el muelle a contemplar el horizonte celeste y el agua que cambia de color según el lugar desde donde se mire. Una piña colada preparada en el momento, por un simpático cantinero que conoce de la Argentina, no es una mala elección.
Pero lo mejor estará por venir, ya que luego del descanso habrá tiempo para descender desde el deck directamente al agua del mar Caribe y allí podrá uno mezclarse directamente entre peces de colores muy vivos, rayas, o bien nadar o hacer snorkel para contemplar lo más majestuoso de Providencia. La lancha puede seguir hacia la Bahía de Agua Dulce o hacia South West Bay, donde extensas playas abruman de entusiasmo y sonido. En cada una de las «estaciones», los nativos avanzan con alcoholes y suvenires, y dejan espacio para tomar sol y para la diversión. Ya de vuelta en tierra, el Puente de los Enamorados es el lugar para terminar la recorrida. Este puente flotante une, en realidad, Providencia con Santa Catalina, una pequeñísima isla, cuyos habitantes dicen que allí aún están enterrados los tesoros del pirata Morgan. Santa Catalina puede recorrerse rápido, es un buen lugar para caminata tranquila o para hacer ejercicio.
MUSICA REGGAE
Luego de una apretada agenda, el día inevitablemente debe terminar con una buena cena (entre u$s 15 y u$s 20 por persona), obviamente a base de pescado. Un plato popular, con pescado triturado, arroz cocinado en leche de coco y plátano frito no cuesta más de u$s 6; la centolla se acerca más a los u$s 20 y hay muchas opciones intermedias, y con danza nativa o «importada». Providencia ofrece también lugares para bailar la música más original, aunque el reggae y el vallenato suelen acaparar la atención. Hay grupos locales que tocan en vivo y dejan plasmada su alegría en un dialecto, tal cual se habla popularmente en la isla, un «broken english», mezcla de inglés, francés y español, producto de resacas de las colonizaciones que sufrió la isla. Se llama, en realidad, «creole english». El regreso, inevitable, a San Andrés se concreta con no poca pena.
Providencia es un lugar acogedor, con turistas que no lo parecen porque se integran al ambiente cálido, al disfrute de la naturaleza sin estridencias. El regreso a Buenos Aires se realiza vía Bogotá. Si hay posibilidad de quedarse un día, vale la pena: una recorrida por el barrio viejo, por la denominada «zona T», de exquisitas construcciones y buen gusto, y una cena en Andrés, Carne de Res, una singular parrilla, ornamentada con cientos de aparentes desechos (carteles, maniquíes, chapas y cuanta chatarra pueda imaginarse) convertidos en cuasi obras de arte, que logra seducir a sus 1.000 visitantes diarios con buena carne (hay también «argentina»; un bife de chorizo, u$s 33) y mejor música.
Todos los días hasta las cuatro de la mañana, la salsa y el vallenato se escuchan en este recinto ubicado en la periferia de Bogotá.
Con una gama amplia de posibilidades para descansar y tomar sol, el Caribe colombiano se posiciona como un destino dispuesto a competir en el escenario de la oferta turística. Es una interesante opción.

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