22 de agosto 2008 - 00:00

‘‘El día que padecí el síndrome de la incomunicación’’

‘‘El día que padecí el síndrome de la incomunicación’’
Viajaba por negocios con American Airlines vía Chicago. Como siempre, antes de despegar el avión, le mando los últimos mensajes a mi esposa, a mis hijos y a algún amigo. Estábamos sentados con otro señor, en clase ejecutiva, donde hay sólo filas de dos asientos. Este hombre mandaba sms como yo. Es casi una regla, en un viaje, cuando el compañero de asiento escribe uno, por inercia, escribís.
Nos sirvieron la cena al rato de despegar. Siempre dejo mi blackberry en una guantera que está debajo del apoyabrazo, para tenerla siempre a mano, y ni bien aterrice el avión poder mandarle un sms a mi familia o usar el messenger para decirle que llegué bien. Y obviamente, para recibir los e-mails del trabajo.
Cuando nos despiertan para darnos el desayuno mi teléfono no estaba y obviamente empecé a buscar a mi alrededor: entre la frazada, en el piso, en el vértice del asiento con el respaldar y nada. Al instante empecé a padecer el síndrome de la incomunicación y comencé a transpirar.

DESESPERACION

Primero me empecé a perseguir con que si no le mandaba el sms a mi esposa avisándole que había llegado iba a entrar en pánico, después, me imaginaba en China sin poder recibir mensajes de mi equipo de ventas, gerente, esposa, hijas, madre, padre, etc. Estar incomunicado en el medio de un pueblo chino donde tenía que pasar 5 días era preocupante. El e-mail, el teléfono y los sms te mantienen conectado, si te los sacan pasás a estar solo en el otro lado del mundo.
Después de pensar todo esto que me generaba un ataque de pánico, sólo atiné a mirar a mi compañero de asiento con mi cara de cinco horas de sueño y preguntarle: «¿Usted vio mi celular?, estaba acá», y le señalé claramente dónde lo había dejado. Me dijo que no y empecé a exaltarme cada vez más. Llamé a la azafata que buscó alrededor y nada. Nuevamente lo miré a este señor con cara de pocos amigos y repregunté: «¿Seguro no lo agarró por error, se puede fijar?», y Osvaldo (así se llama) empezó a incomodarse. Ofreció mostrarme su bolso para demostrar que no lo tenía, obviamente le dije que no, a pesar de que me moría de ganas de ver si estaba ahí, porque en definitiva éramos sólo dos: él y yo. Volví a llamar a la azafata y le aseguré que mi teléfono estaba en la guantera. Me sugirió que revise mi carry on para ver si por error no lo había guardado ahí, lo que me enfureció aún más, porque estaba tratándome de despistado.
Siempre que viajo pongo el celular en el mismo lugar. Ya con mi cara desencajada, la azafata empezó a apretar los botones del asiento, llegó otra, una de ellas dijo: «Voy a tener que avisar a seguridad»; luego apareció una tercera azafata y puso el asiento en las 7 posiciones posibles y se tiró al piso como si estuviera en un taller mecánico. Con una linterna de leds empezó a alumbrar entre todos los fierros moviendo el asiento para poder ver en las distintas posiciones. Hasta que en un perfecto inglés se escuchó: «¡Lo encontré, lo encontré!».
Mi sensación de alivio fue tan grande que no se me cayeron las lágrimas de pura casualidad.
Imaginaba que Osvaldo también volvía a respirar. Con el tiempo él mismo (a raíz de esa anécdota nos hicimos amigos) reconoció que fue así y que pasó uno de los momentos más incómodos de su vida.
Cuando bajamos del avión no podía mirarlo a la cara, hasta que finalmente rompió el hielo diciendo: «Menos mal que apareció porque éramos vos y yo, y me imagino que vos pensabas que yo te lo había robado». En el momento fui cortés y le dije, ¡no, por favor, cómo puede pensar algo así!

DISCULPAS

Intercambiamos tarjetas de negocios y ni bien llegué a Buenos Aires le mandé un e-mail pidiéndole disculpas, porque la verdad es que en la ira, seguramente lo miré con cara acusadora y cuando leí su tarjeta de director de una reconocida empresa dije «¡estoy loco!», cómo pude pensar que esta persona se había llevado mi teléfono. Estoy escribiendo en este momento en mi habitación, en Londres, y no paro de reírme.
A título de información te cuento que viajo (además de con mi blackberry), con una Sony Vaio de 11" y un Mylo, que es un aparato nuevo que salió para comunicarse vía Skype desde cualquier lugar que encuentre Wi-Fi. Esto me permite no cargar la laptop y reemplazarla por este aparato, que tiene el aspecto de un celular. Todavía no tengo anécdotas con estos dos equipos. Y espero no tener nunca que contar otra igual. Sinceramente, no se lo recomiendo a nadie.

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