16 de mayo 2004 - 00:00

En memoria de Leo Castelli

Leo Castelli, un dandy del arte.
Leo Castelli, un dandy del arte.
Responsable del traslado del centro del arte de París a Nueva York, motor de la internacionalización del arte norteamericano, Leo Castelli es hoy un mito en el mundo de los galeristas. A los 5 años de su muerte, la Feria lo recuerda como un factor fundamental del escenario actual, pues varios artistas de renombre perduran en la historia del arte gracias al apoyo que este marchand les ha brindado. Su caso fue especial, ya que se trata del primer galerista que logró cotizaciones millonarias para muchos artistas contemporáneos, dándoles así la oportunidad a de disfrutar de sus éxitos en vida. Y no sólo eso, ya que con la implementación de un nuevo sistema de intercambio entre galerías, las obras podían circular de la mañana a la noche entre las ciudades más importantes de Estados Unidos y de Europa. Sus artistas fueron la clave de su éxito: Andy Warhol, Roy Lichtenstein, Jasper Jones, Robert Rauschemberg, James Rosenquist y Frank Stella, entre otros. Con ellos forjó la imagen del «sueño americano». Algunos, con las atractivas formas y colores del Pop Art, crearon la iconografía de los dorados ‘0: las emblemáticas latas de sopa Campbell y las Marilyn solarizadas de Warhol, o las banderas solarizadas de Johns.
Pero no en vano eran sus artistas. El buscaba nuevos talentos, y cuando los encontraba, compartía con ellos todos los riesgos y vuelcos de fe, pudiera o no costearlos. Por su parte, Frank Stella agregaba: «Con Leo reinaba la calma, era un mundo de muros blancos, pisos relucientes y ceniceros limpios. El arte estaba en primer lugar, la búsqueda de satisfacción y notoriedad después, y el negocio al final».
A pesar de esto, el negocio le salió redondo. Lo suyo fue un trabajo de búsqueda permanente, y le atribuye también a la suerte el haber descubierto a artistas como Rauschemberg y Johns, gracias a quienes aparecieron luego los artistas del Pop que trascendieron las fronteras de los Estados Unidos, llevando a nivel mundial esa explosión de color y humor en la obra. De origen italiano, abogado de profesión y un apasionado de la literatura, este marchand trabajó en los escenarios más diversos.
Comenzó en una compañía de seguros, y luego entró en un banco donde tuvo la suerte de cruzarse con un amigo quien le financiaría lo que sería el primer paso de su carrera: una galería en la Plaza Vendôme en París. Fue un éxito, hasta que las reglas del juego cambiaron abruptamente. El estallido de la guerra hizo imposible seguir con ese proyecto, y Castelli viajó a los Estados Unidos, donde se involucró con los artistas del período del expresionismo abstracto y se enamoró de la pintura de la escuela de Nueva York.
Allí colaboró con el galerista Sydney Manis en la organización de algunas muestras con artistas como Pollock y Kooning, y así comenzó su búsqueda, ya que esos artistas ya existían como tales y tenían su representante, pero él sabía que debía haber otros por surgir.
Los buscó, y vaya si los encontró. Más de 35 años de trayectoria, miles de muestras e infinidad de catálogos en su haber, pero, antes que nada, se lo recuerda por el afecto que sus artistas le tuvieron. «Muchos de ellos son también muy buenos amigos», solía decir el marchand. Esa combinación de talento para descubrir con una habilísima estrategia para promoción fue la clave de su éxito.

Dejá tu comentario