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La bodega que resolvió ser una galería de arte

Allí, en la declarada Octava capital mundial del vino, la ya famosa Ruta de los Vinos ha venido a demostrar que una bodega no es sólo un edificio construido para producir vinos sino un lugar donde se conjugan artesanía e historia, cultura e industria, actividad y reposo.
Es en el Alto Valle de Uco donde la familia Salentein ha inaugurado Killka: un complejo que reúne arte y gastronomía y combina esos dos elementos junto con el agradecimiento que esa bodega siente hacia el privilegiado lugar en el que está instalada. Por eso, la Capilla de la Gratitud es lo primero con lo que el visitante se topa cuando llega a las instalaciones.
Por un sendero que se adentra 150 metros se llega a una capilla austera y bella. Es una construcción que, a simple vista, no parece una iglesia debido a su diseño. Para que no pareciera un edificio pequeño, los arquitectos que la diseñaron, pertenecientes al estudio mendocino Bórmida & Yanzón, decidieron emplazar delante del cuerpo principal de la construcción dos murales. Uno con una imagen de «El Cristo de la paciencia», en la que la escultora Eliana Molinelli (quien no pudo terminar la obra -murió en 2004- por lo que debió continuarla Daniel Ciancio) quiso plasmar que en sus tareas el agricultor tiene que armarse de cristiana paciencia para poder disfrutar del fruto de la tierra. El otro imponente mural de figuras sobresalientes está basado en «Las bodas de Caná», donde Jesucristo realizó el milagro de transformar el agua en vino.
Dentro de la capilla, de breves dimensiones, la luz entra por una abertura transversal en el techo que proporciona una tenue iluminación y por ventanas muy pequeñas que dejan ver la Cordillera a quienes se encuentren realizando sus oraciones o, simplemente, disfrutando del lugar.
En el Centro de Visitantes, el turista puede recorrer una colección de arte permanente y otra itinerante con artistas argentinos y de otros países como, por ejemplo, de Holanda.
También, si el visitante desea comer en el lugar, Killka cuenta con un restorán con capacidad para 80 cubiertos. Hay que tener en cuenta algo que hace memorable ese recreo gourmet: la comida es deliciosa, la calidad de vinos que la acompañan es de excelente nivel y, además, se cuenta con el adicional de estar rodeado por un paisaje de ensueño.
EL RECORRIDO
Después de un merecido manjar, comienza la última parte del recorrido, y acaso la más esperada, la entrada a la bodega. La distancia a la que se encuentra la bodega del restorán es de unos 200 metros, que se recorren por un camino que se inserta entre viñedos hasta llegar a las puertas de la «cocina» del vino Salentein.
Al traspasar las puertas de la bodega y dirigirse hacia abajo, en donde la temperatura es de 12° durante todo el año para obtener un correcto desarrollo del vino, el visitante encontrará una serie de tanques de acero inoxidable y un balcón en el que, si mira para abajo, observará una rosa de los vientos rodeada de barricas de roble francés en donde reposan los vinos.
La forma de cruz en la que está construida la bodega permite un manejo cuidadoso de las uvas y del vino, y sirve para reducir la distancia que precisan las frutas y el vino para pasar por las distintas etapas de elaboración. En el nivel del suelo se encuentran los gigantes tanques franceses de acero inoxidable y cubas de madera para la fermentación y el almacenamiento. En el nivel subterráneo se añeja el vino en barricas de roble.
Al bajar a ese nivel, se tiene la sensación de estar en el escenario de una película, tanto por el clima de misterio que produce la poca iluminación como por el decorado que producen las barricas, las botellas y los trabajadores que trasladan el «caldo» de una instancia a la otra.
Terminada la recorrida y la explicación del guía, el visitante puede degustar los distintos varietales: Malbec, Merlot, Cabernet Sauvignon, Syrah, Pinot Noir, Chardonnay y Sauvignon Blanc de las distintas gamas con las que cuenta Salentein, como ser el Primus (se elabora sólo cuando la cosecha es muy superior y se producen partidas limitadas de Pinot Noir, Chardonnay, Malbec y Merlot) y Númina (el único vino de corte de la bodega) además del tradicional Salentein.
Al despedirse de la bodega, el turista les da la espalda a los picos y a los viñedos de los que nace el vino Salentein, pero lo hace con una sensación aterciopelada en la boca, la que deja siempre el buen vino.

