10 de noviembre 2000 - 00:00

LA NOCHE EN QUE BUSH PASÓ DE LA EUFORIA A LA IRA

Austin - Los murciélagos y los cuervos revolotearon toda la noche sobre la mansión del gobernador de Texas George W. Bush, como queriendo transmitirle sus malas vibraciones.
El café de la mañana estaba ya amargo a esas horas, y el aguacero intermitente había humedecido los ánimos de las huestes republicanas, que huyeron en desbandada a las tres de la madrugada. Mañana será otro día...
Engañado por la televisión, proclamado vencedor anticipado hasta que Florida volvió a estar en el aire por un puñado de votos, el Bush de andar por casa, con el cafecito de la mañana tuvo que tragar murciélagos y cuervos antes de irse a la cama, a las 3.30 de la madrugada. «Despiértenme cuando sea presidente», le habría gustado decir. Cuando abrió los ojos, el sol seguía sin despuntar en Austin y los operarios habían empezado a desmontar ya el escenario de la fiesta que no fue.
El republicano pasó toda la mañana enclaustrado con su familia, enganchado cada dos por tres al teléfono y en contacto directo con su hermano, el gobernador
Jeb, que tuvo que partir hacia Florida para seguir el recuento de votos.
«Si mi hermano no me ayuda a ganar Florida, me temo que vamos a tener una cena muy fría el Día de Acción de Gracias», se atrevió a bromear la noche anterior George W. Bush.
Cena interrumpida
La sonrisa se le borró de la cara en cuanto la CNN, primera bufonada de la noche, atribuyó prematuramente a Gore los 25 electores de Florida. La noticia cayó como el plomo sobre la mesa en la que cenaba la familia Bush, en el hotel Four Seasons. Sin esperar a los postres, «W» dio por concluido el cónclave y anunció que se marchaba a su mansión, «a seguir los resultados en un ambiente más íntimo y relajado».
Según una emisora de Austin, Bush perdió los estribos y responsabilizó a su hermano por la pérdida de Florida. Jeb se quedó en el hotel, y «W» se llevó a su esposa y a sus padres.
«No hemos estado levantados hasta tan tarde en muchos años», musitó la abuela
Barbara a la prensa. «Estoy nervioso», interrumpió el ex presidente George Bush. «Nervioso y orgulloso por ver hasta dónde ha sido capaz de llegar mi hijo.»
Excitante
«¿Preocupado?», le preguntaron directamente al candidato. «En absoluto. Me siento optimista... Está siendo más largo de lo que esperaba, pero es excitante. Mucha gente ha votado, y eso es bueno para América.»
Bush intentó mantener la compostura, aunque la tensión le salía por los poros. Hubo un fugaz momento de júbilo, cuando las grandes cadenas de televisión lo proclamaron vencedor a eso de la 1.20 de la madrugada. La lluvia remitió, aunque no el frío, y la algarabía estalló repentinamente entre los más de 10.000 congregados a esas horas a los pies del Capitolio de Austin.
Jimmy Vaughin, rockero local, y la mujer diez, Bo Derek, acababan de pasar por el escenario. En los parlantes se escuchaba a Ricky Martin, entonando «La copa de la vida».
Pero algo decía que el vendaval triunfalista no duraría. El presagio de los cuervos, inquietísimos durante toda la noche. Y de nuevo el aguacero: todos a sus casas, tan descontentos.

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