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Paradójicamente, la actual crisis deriva de las drásticas medidas que implantó hace una década el propio ministro de Economía Domingo Cavallo para rescatar la economía de la nación. Por aquel entonces, Argentina arrastraba el lastre de varias décadas de hiperinflación y la moneda nacional había perdido hasta el último ápice de credibilidad. En abril de 1991 cambiaron las reglas del juego, supuestamente para siempre. La varita mágica de Cavallo logró convencer a los argentinos de que se apretaran aún más el cinturón. El Banco de la Nación Argentina se comprometió a no acuñar más pesos sin el respaldo de dólares estadounidenses. No sólo eso: dijo que únicamente compraría o vendería pesos a cambio de dólares por un precio fijo de un peso por dólar. Como por entonces el Banco Central disponía de suficientes dólares para respaldar todos los pesos que había en circulación, y como había prometido no volver a acuñar pesos que no estuvieran respaldados por dólares, Argentina se lanzó vale-rosamente al coso de la convertibilidad , como se bautizó al plan de Cavallo que pretendía equiparar el peso al dólar estadounidense.
A corto plazo, esta medida tan drástica funcionó a la perfección. La inflación desapareció, los inversionistas extranjeros comenzaron a invertir en Argentina, y el peso mantuvo su valor con respecto al dólar.
Pero el problema fue que la economía argentina no era, ni mucho menos, tan fuerte como la estadounidense. El boom tecnológico que experimentó Estados Unidos en los noventa hizo que el valor del dólar se disparara gracias a las copiosas inversiones procedentes de todo el mundo. Sin embargo, mientras el dólar se revalorizaba más y más con respecto al euro y a otras monedas importantes, arrastraba con él al peso argentino, lo que encarecía aún más las exportaciones. La poco modernizada economía argentina fue incapaz de mantener el crecimiento sostenido en sus exportaciones. Pero el golpe de gracia vino cuando su vecino Brasil devaluó su moneda en enero de 1999. De repente, Argentina ya no podía exportar ni al que era su vecino y principal socio comercial.
Desde que se produjo la devaluación brasileña, Argentina sufre una recesión cada vez más grave. Hace unos meses los inversionistas comenzaron a retirar masivamente sus fondos del país. El Gobierno recurrió de nuevo a Cavallo para capitanear el equipo de salvamento económico pero esta vez el prestidigitador tenía las manos demasiado atadas por su propio sistema de convertibilidad. Su carisma y sus malabarismos de antaño no bastaron para convencer a los inversionistas de que Argentina era lo suficientemente competitiva como para superar la crisis actual, especial-mente con un dólar que no deja de revalorizarse y una economía mundial en recesión. Los inversionistas han decidido no renovar sus préstamos al Gobierno argentino, ahora que los plazos comienzan a vencer, si no es a cambio de tasas de interés descomunales.
La propuesta que lanzó la semana pasada Cavallo de recortar drásticamente los presupuestos y de apretarse el cinturón difícilmente prosperará. No es probable que los argentinos, castigados ya por años de austeridad espartana, acepten este nuevo ajuste. El presupuesto federal que Cavallo pretende reducir no está tan inflado, y un recorte presupuestario perjudicaría seriamente al sistema de prestaciones sanitarias, educativas y sociales de la nación. La perspectiva de una huelga general, de una dimisión anticipada del Gobierno o de disturbios callejeros se cierne sobre Argentina.
Si espera recuperar su maltrecha economía, el país tendrá que aceptar que el peso no puede mantener la paridad con el dólar estadounidense. Pero a devaluación es también un arma de doble filo y hará que los precios suban drásticamente, que quiebren muchas empresas que hayan obtenido créditos en dólares y que la opinión pública sufra un importante desengaño después de escuchar durante toda una década que su moneda no volvería a devaluarse.
Del mismo modo, si el Gobierno argentino decide retrasar los plazos de pago de su deuda externa unilateral-mente, provocaría un aluvión de críticas, tanto dentro como fuera del país. Seguramente la devaluación y la restructuración de la deuda son dos factores imprescindibles para la futura recuperación de la economía, pero a corto plazo provocarán una fuerte convulsión.
El hecho es que la debilidad económica fundamental de Argentina no se va a solucionar en los mercados extranjeros y crediticios. El problema es que el país se halla estancado en un régimen económico tecnológicamente anacrónico, mientras que Estados Unidos y otras naciones más prósperas avanzan a golpe de adelantos científicos y tecnológicos. El progreso a largo plazo de Argentina dependerá de su capacidad para crear un espíritu de competitividad fundamentado en la investigación, el desarrollo y la inversión en educación. Pero entre esto y donde se halla ahora el país se abre un largo desierto que hay que cruzar.
Jeffrey Sachs es director del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard
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