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''Todos formamos parte de este pequeño planeta azul''
«De chica soñaba con recorrer el mundo», afirma Muriel Ann Hussin. La embajadora con-
tó que le encanta vivir en Buenos Aires.
Adentro del hotel, el clima es muy diferente. Todo es calidez, una suave música recorre los ambientes y conversaciones, en distintas lenguas, de viajeros de diferentes partes del mundo, se dejan escuchar. Los temas son variados, como los intereses, como la vida misma: futuros negocios, viajes, relaciones. En ese ámbito, amigable, estético y cosmopolita, invitamos a Muriel Ann Hussin, diplomática, esposa del embajador de Australia en nuestro país y presidenta de ADEA a dialogar con nosotros. Una taza de té humeante hizo de hilo conductor, para guiarnos a través del laberinto de nuestras palabras e ideas.
Periodista: ¿Le gusta vivir en esta ciudad?
Muriel Ann Hussin: Me encanta, disfruto mucho de esta experiencia. Buenos Aires es un lugar increíble, muy bello. Tiene una vida cultural más que rica. Hay tantas cosas para hacer en materia de exposiciones, espectáculos, gastronomía. No alcanza el tiempo. Además, los argentinos saben, en verdad, tratar a los extranjeros. Nos hacen sentir como si estuviéramos en nuestra propia casa. Y esa cualidad no es tan fácil de ser encontrada en todos lados.
P.: ¿Qué otros destinos tuvieron como diplomáticos antes de ser asignados a la Argentina?
M.A.H.: Estuvimos en Londres, Ginebra, Tokio, La Haya y ahora estamos aquí. Como verá, fueron lugares muy disímiles, pero que nos enriquecieron enormemente como personas y como profesionales. Tenemos amigos en muchos sitios.
P.: ¿Y con tantos viajes, qué pasa con los vínculos afectivos?
M.A.H.: Bueno, nada es perfecto. Por suerte estamos viviendo en la era de la información y de la globalización, en todas las dimensiones de las relaciones humanas. Hoy, por ejemplo, a través de la tecnología las distancias se acercan, por momentos parecen hasta desaparecer. Entre Internet, el teléfono y los aviones uno está siempre, de alguna manera, cerca de la gente que quiere. Mis propios hijos -dos mujeres y un varón- y cuyas edades oscilan entre los 25 y 28 años y ya son profesionales, viven y trabajan muy lejos de aquí. En Sydney y en Camboya.
P.: ¿De chica imaginó alguna vez que iba a viajar tanto?
M.A.H.: ¡Sí! Soñaba con recorrer el mundo. Como australiana que soy, tenemos en común con ustedes, los argentinos, esa sensación de estar lejos de todas partes. Habitamos en el Sur, un hemisferio fundamentalmente oceánico. Muchos somos hijos o nietos de inmigrantes y eso también nos hace soñar con conocer las tierras de nuestros antepasados.
P.: ¿De qué ciudad es exactamente?
M.A.H.: De Toowoomba, la llamada «capital de las flores». Seguramente no es muy conocida por estas latitudes. Se encuentra en el sudeste de Australia, en Queensland. Está rodeada de parques y bosques. Es una ciudad de provincia encantadora, pequeña, comparada con las grandes urbes mundiales. Es conocida por su peculiar Carnaval de las Flores, en setiembre, y por ser la sede, durante el fin de semana de Pascuas, del Festival Australiano del Gospel. Es un lugar tranquilo para vivir. Su universidad tiene muy buena reputación y recibe estudiantes de diversos lugares.
P.: ¿Cómo fue su vida allí?
M.A.H.: Pertenezco a una familia exitosa en los negocios, que siempre tuvo una fuerte impronta solidaria. Además, tanto mi madre como mi abuela quedaron viudas muy jóvenes y tuvieron que ser las jefas absolutas de sus respectivos hogares y negocios. Para completar el panorama, tengo cuatro hermanas. Se imagina, todas mujeres. Un verdadero semillero de potenciales amazonas.
P.: ¿Cuál era su refugio de niña?
M.A.H.: Sin dudas la lectura, devoraba todo lo que llegaba hasta mis manos. Estudié lengua y cultura japonesa, filosofía e historia. Soy bachiller en Arte y maestra.
P.: ¿Y ahora su tiempo libre en qué lo invierte?
M.A.H.: Creo que me tomo la revancha de tanto que leí. Adoro practicar deportes: tenis, golf, equitación. Por suerte y gracias a la generosidad de los argentinos, nos reciben a los diplomáticos, ofreciéndonos sus instalaciones, tanto el Jockey Club como el Argentino de Tenis. En otro orden de cosas, adoro el ballet, especialmente el contemporáneo, y el tango. Es una danza increíble, de una estética y una sensualidad inigualables.
P.: ¿Había realizado algún tipo de funciones dentro de una organización solidaria, antes de formar parte de ADEA?
M.A.H.: Sí, en Tokio participé, con toda mi familia, de un programa de alimentación para «homeless», coordinado por la Iglesia Católica de ese país y en la Argentina trabajo también en un programa llamado «Niños a la Escuela». Cuando una se siente con cierta sensibilidad social, hay tanto para hacer que el tiempo no alcanza.
P.: ¿Qué es ADEA?
M.A.H.: Esta asociación fue fundada en 1987. Estamos festejando 20 años de vida como asociación civil sin fines de lucro. Pero es importante resaltar que este aniversario es un punto de inflexión en el crecimiento de nuestra institución.
P.: ¿Por qué?
M.A.H.: Fuimos, hasta hace un mes, una asociación para las mujeres de los embajadores. Pero, a partir de ahora, somos la Asociación de Esposos y Esposas de Embajadores y Embajadoras. Este cambio se debe a que existen en Buenos Aires actualmente 12 mujeres embajadoras y probablemente en el futuro aumente el número.
P.: Parece ser una acomodación inevitable a los tiempos en que nos toca vivir. ¿Los objetivos de la entidad sufrieron también algún tipo de aggiornamento?
M.A.H.: Básicamente son los mismos: realizar una permanente y activa labor de acción de asistencia social en la Argentina y crear fuertes lazos de amistad entre nuestros integrantes. No obstante, a partir de este año, hemos decidido focalizar nuestro compromiso solidario en «Mujeres y Niños en Situación de Riesgo», a través de la ayuda sistemática en cuatro esferas de gestión: protección, salud, educación y reinserción social. Déjeme darle ejemplos. En el ámbito de la «Protección» somos madrinas de un refugio para mujeres y niños que son víctimas de violencia doméstica. En el campo de la «Salud», entregamos kits reactivos para analizar HIV en mujeres embarazadas. En «Educación», por ejemplo, donamos elementos pedagógicos al colegio «Las Lomas Oral» para ayudar con la educación de niños sordos. Hay muchos ejemplos de contribuciones en «Reinserción Social»: máquinas y herramientas para talleres de coser, batidoras y hornos para capacitar a las mujeres.
P.: En estos 20 años de trabajo, ¿cuánto dinero donaron?
M.A.H.: La cifra exacta es un millón de dólares. Pero no sé si refleja todo el esfuerzo, el compromiso y las relaciones que se fueron tejiendo en este tiempo. Por lo general, el aporte humano no se cuantifica y es un error. Hay que hacerlo. Además, existe una constante rotación de los miembros de ADEA, ya que ninguno de nosotros se queda lamentablemente más de 3 o 4 años en este país. Es un desafío especial para la institución y nos lleva a desarrollar una dinámica particular. Este movimiento nos exige tener bien en claro nuestra misión y poder proyectar acciones en el tiempo de manera grupal, asociativa, más allá de excesivas individualidades, trabajando siempre en equipo, flexibilizando nuestros puntos de vista y recibiendo como a un igual al que recién llega para sumarse.
P.: ¿Cómo generan sus ingresos?
M.A.H.: La principal fuente es nuestra Gala Anual Solidaria. La próxima será el 5 de setiembre, en el Buenos Aires Sheraton Hotel y tiene por nombre «Una celebración argentina». Realizamos también otras actividades culturales y sociales como desfiles, exposiciones y torneos de bridge. Editamos una revista anual, que se distribuye en los ámbitos gubernamentales, diplomáticos, culturales y empresariales. Cada año elegimos un tema principal. En 2006 fue «Cuentos Infantiles Tradicionales: Por Todo el Mundo». En 2007 será «Lo Imperdible de mi País».
P.: ¿Y qué eligió usted de Australia?
M.A.H.: La escalada al puente del puerto de Sydney. Todavía no la hice, pero amigos que sí la hicieron, me han dicho que es una experiencia inolvidable. La revista va a estar disponible la noche de nuestra próxima Gala.
P:: Para concluir ¿cómo definiría el sentimiento del voluntariado de ADEA?
M.A.H.: Si bien somos extranjeros en la Argentina, resulta innegable que las sociedades actuales se han expandido, se han rearticulado e interconectado a la vez y que las necesidades de uno terminan siendo las necesidades de todos. No me puede ir bien a mí si le va mal a usted. Todos formamos parte de este pequeño planeta azul.


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