29 de septiembre 2003 - 00:00

UN DANDY EN EL VERTICE DE LA MODERNIDAD

Federico Peralta Ramos, “Cuidado con la pintura”, 1971, Instalación en Galería Arte Nuevo.
Federico Peralta Ramos, “Cuidado con la pintura”, 1971, Instalación en Galería Arte Nuevo.
Escribe Oliverio Labougle
En su última exposición individual, en 1989 en la galería Altos de Sarmiento, el artista Federico Manuel Peralta Ramos expuso su persona desde el 7 hasta el 19 de agosto en un salón vacío con paredes pintadas de blanco bajo el título «Federico Manuel Peralta Ramos». Los visitantes lo miraban y conversaban un rato con él. Entusiasmado, el propio artista consideró que su muestra había sido «aire fresco en Buenos Aires, y eso es lo que hice siempre en la Argentina, abrí las ventanas para que entre un poco de aire fresco». El concepto de la exposición y el comentario resumen en forma condensada vida y obra de uno de los personajes más entrañables, más ingeniosos y sintomáticos a la vez que tuvo Buenos Aires en los turbulentos años que van de Frondizi a Menem. Casi treinta años antes, había ingresado al mundo del arte con una primera muestra en Rubbers. Pronto se daría cuenta de que lo suyo no era la pintura sino el «arte» en un sentido más enfático y más abarcador. En 1964, en Witcomb, exhibe unos bastidores enormes (uno lo tiene que serruchar porque no entra por la puerta de la galería) que de tan pesados no se dejan colgar, colmados de densos empastes de pintura fresca que avanza por los pisos de la galería. Un año después, participa del Premio Nacional Instituto Di Tella con un enorme huevo de yeso que termina contrarreloj y que acto seguido entra en actividad y estalla literalmente ante los ojos azorados del propio artista (que no tenía previsto tal desenlace) y de los críticos convidados para juzgar las obras. Lo que dejó Peralta Ramos (y que se puede apreciar en la retrospectiva que exhibe el Museo de Arte Moderno curada por Clelia Taricco) abarca la pintura y la poesía, la escultura y la reflexión filosófica, la performance y el non-sense. Pero su posición estética de cuño dadaísta y conceptualista a la vez, que radicaliza a Duchamps provocando la disolución del arte en su recepción social (social, aquí en el sentido que tiene el término cuando se habla de páginas sociales), hace que en definitiva su propia vida se haya convertido en obra de arte y que, en consecuencia, las anécdotas (la del premio Guggenheim, la del toro que compró en un remate de la Rural, la de la venta del buzón...) sean lo más duradero de su legado artístico.
Vástago de familia patricia, se había criado en el campo bonaerense a lomo de caballo pero, si bien nunca renegó de los atardeceres pampeanos, adoptó Buenos Aires como su patria y la noche porteña como su hábitat natural. Federico Manuel se consideraba un rebelde y un provocador, pero de ninguna manera un revolucionario (... soy un determinista... yo soy un Peralta Ramos y, si bien algo he roto, ésta es mi casa, ésta es mi familia. Yo acepto mi destino). De hecho, toda su vida vivió en casa de sus comprensivos padres, mimado por la misma sociedad escandalizada que le toleraba y aplaudía sus provocaciones. Su carisma, su ingeniosa ingenuidad, su condición de simpático ángel gordo de buena familia que no renuncia a vivir la vida como se le antoja, lo convierten en mito de su clase social. Tal vez él sea el último de aquella galería de personajes en la que supieron ingresar los famosos dandies de la Argentina opulenta, aquellos aristócratas paquetísimamente excepcionales que con su ejemplo de vida excéntrica y escandalosa abrían la ventana, ventilando lo que nuestro artista llamaba «art-azgo» (sin hache).

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