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Un santuario de buena vida

Es un lugar mágico, donde incluso en los años de guerra civil estas pequeñas islas fueron un refugio de paz y ocio. Está considerado uno de los puntos más hermosos de Africa por sus aguas cristalinas, sus barreras de coral, sus enormes bancos de peces y la belleza de sus playas, y se lo nombró Parque Nacional en 1971.
Estos islotes tienen una larga tradición. Antes de ser colonia portuguesa fueron un lugar de comerciantes musulmanes. El marfil y los esclavos eran mercancías muy cotizadas. Ya en el siglo XVI, se hablaba de la alta calidad de las perlas que se encontraban en las aguas de la zona.
Por su tamaño, parece quitar protagonismo a otras islas, como Santa Carolina, Benguerra y Magaruque, aunque son muchas más las que componen el archipiélago. Algunas sólo son visibles cuando la marea baja, para volver a desaparecer hasta 10 metros bajo el agua cuando ésta sube.
Siguiendo la estela del viejo faro de Bazaruto, se llega al norte de la isla. Las dunas, que se convierten en playas, se vuelcan hacia el poniente para cubrirse de vegetación. Un pequeño lodge se encuentra en la frontera con la desolación. Kilómetros de playas blancas están abandonadas a la soledad.
Lo mejor de la isla es su arrecife de corales a sólo dos kilómetros de la orilla. La leyenda cuenta que algunos de los presos portugueses eran abandonados en los islotes cercanos con la marea baja antes de que fueran «devorados» por la subida del mar. No es raro que el primer asentamiento de la corona lusa en la zona fuera en la isla de Santa Carolina, que fue un gran penal durante décadas. Hoy, con un importante hotel, es uno de los destinos más buscados por los pocos turistas que aún se acercan a la zona.


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