Una visita al corazón francés de América

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Los orígenes se remontan a finales del siglo XIX, aunque la primera edición oficial se celebró en 1954, tras una larga ausencia causada por la crisis de 1929 y las dos guerras mundiales. Desde entonces, el Carnaval de Invierno más importante del mundo ha enriquecido su programa de actividades en torno de la figura de Bonhomme, un muñeco de nieve nombrado rey del festival y que cuenta con su propio palacio de hielo en Place-Loto Quebec (frente al Parlamento quebequés).
Este año, del 26 de enero al 11 de febrero, la ciudad volvió a ser escenario de carreras de canoas, de trineos con perros y de carros tirados por caballos; concursos de esculturas de hielo, esquí alpino, patinaje, pesca en hielo, skijoering (esquí con caballos); conciertos y hasta baños de nieve, una escalofriante experiencia que consiste en lanzarse en malla a un montículo de nieve y nadar durante unos 15 minutos con temperaturas por debajo de los diez grados bajo cero.

CON MUCHA HISTORIA

No es éste, ni mucho menos, el único atractivo de la cuna de la civilización francesa en América. Construida junto al río San Lorenzo, una de las mayores vías navegables del mundo, es la única ciudad fortificada al norte de México, y sus murallas guardan tales tesoros arquitectónicos que desde 1985 forma parte del Patrimonio Mundial de la Humanidad instituido por la Unesco.
Para conocer Quebec es imprescindible comenzar por la Haute-Ville (Ciudad Alta), hacia la que se llega tomando cualquiera de las cuestas y escaleras que rodean la ciudad. Desde allí se puede ir a la Ciudadela, situada en el flanco este de las fortificaciones de la capital.
En la Ciudad Alta se levanta el castillo Frontenac, construido en 1893 sobre los cimientos del de San Luis, sede del poder político desde los tiempos coloniales. Se dice que esta impresionante construcción, de inspiración medieval, es el hotel más fotografiado del mundo.
Muy cerca de esta edificación se halla la terraza Dufferin, un lugar con vistas extraordinarias del río y el resto de la ciudad. Desde esta terraza se puede acceder a un funicular que, en un minuto, lleva al viajero a la parte baja de la capital, la Basse Ville. A 60 metros de altura, ofrece inigualables vistas del río San Lorenzo y del resto de la ciudad.
Terminado el trayecto en la zona histórica, cuyos orígenes se remontan a los inicios de Nueva Francia, pueden transitarse los históricos barrios Petit-Champlain y Place Royale. Las estrechas calles y las casas de piedra de este último trasladan al viajero cuatro siglos atrás en la historia.

PASANDO DEL ARTE A LAS PEREGRINACIONES

Es imprescindible pasear por los Llanos de Abraham, también conocidos como Parque des Champs-de-Bataille. Allí abre sus puertas el Museo Nacional de Bellas Artes de Quebec, con una impresionante colección de arte quebequés y grandes exposiciones internacionales.
La Basílica de Sainte-Anne-de-Beaupré, el lugar de peregrinaje más antiguo de Norteamérica desde mitad del siglo XVII, recibe más de un millón y medio de visitantes al año. Alberga una capilla dedicada a Santa Ana, a quien los habitantes de la ciudad atribuían la milagrosa salvación de los náufragos a lo largo del cabo Tourmente.
Para comprender mejor la historia de Quebec es esencial buscar un hueco en la agenda y visitar el Museo de la América Francesa y el Museo de la Civilización, así como el magnífico Parlamento, que está inspirado en el clasicismo francés del siglo XVI.
A la hora de reponer fuerzas, hay un amplio abanico de posibilidades: desde sitios de comida rápida hasta finos restoranes donde se puede probar lo mejor de la gastronomía, de influencia francesa y con toques propios de la región.
Muy cerca del castillo Frontenac, el restorán L'Omelette (66 rue St-Louis) ofrece un completo desayuno continental y también una amplia variedad de tortillas, entre las que es muy popular la denominada española (tomate, pimiento verde y cebolla). El Cosmos Café, muy frecuentado durante el día, es sobre todo uno de los lugares favoritos por los estudiantes de la ciudad para quedar por la noche.
Los amantes de la naturaleza encontrarán en los parques la oportunidad ideal para conocer la flora y la fauna de la región. En el caso del Parque de la Jacques Cartier, con actividades al aire libre durante todo el año: pesca, canotaje, raqueta, senderismo, excursiones y un largo etcétera.
Dentro de la ciudad, el Parque Acuario, con especies que representan las dos costas de Canadá, es ideal para visitas en familia. A las afueras, el parque de las cataratas Montmorency ofrece magníficas vistas del río San Lorenzo y de la isla de Orleans.
Por último, hay que conocer la calle del Trésor que toma su nombre del inmueble donde los colonos pagaban sus cánones al erario real, que se ha se transformado en una callejuela pintoresca y animada, donde numerosos artistas exponen todo el año sus acuarelas, dibujos, pinturas, esculturas y artesanías.

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