17 de agosto 2007 - 00:00

''Viajando uno siente que vive más vidas''

Viajando uno siente que vive más vidas
Le gusta viajar de todas formas: en familia, en pareja, con amigos o sola. Recorrió el mundo en misión periodística, y así pudo conocer el brillo de la opulencia y también el olor de la pobreza extrema. Dice que en cada situación se sintió parte, nunca juez, y que aún muchas cosas siguen asombrándola.
La primera vez que Mónica Gutiérrez fue a Europa, el avión aterrizó en Roma de madrugada. Recuerda: «En el trayecto del aeroparque al hotel tenía los ojos tan abiertos que imaginé que se me iban a rajar. A pesar de la oscuridad, quería ver la ciudad. Al otro día temprano los periodistas teníamos una audiencia con el papa Juan Pablo II en el Vaticano. Pensé: por fin voy a pisar la Plaza de San Pedro, pero no. Entramos por una puerta de atrás, directo a la biblioteca vaticana. Estuve cerca del Papa pero aún no conocía la Plaza... La sensación fue muy rara».
Mónica Gutiérrez entró por primera vez a un estudio de televisión a los 18 años, y desde ese momento supo conquistar un lugar de privilegio en la zona más caliente de los medios de comunicación, el área de noticias. En charla con Ambito del Placer, con voz elocuente y expresiones que acompañan sus palabras, comparte un montón de anécdotas divertidas y situaciones límites o profundas que hablan un poco de ella misma. Durante la semana, esta rosarina radicada en la Ciudad de Buenos Aires, que conduce dos programas diarios -uno en radio, el otro en televisión-, un programa semanal -en ca-
ble-, y que además está casada con el empresario Alejandro Gawiansky y es madre de tres hijos -Greta (12), Azul (11), Ian (8)-, no tiene mucho tiempo libre: «Por eso disfruto tanto de los fines de semana. Tenemos una chacra en Capilla del Señor, a 75 kilómetros de la Capital, con animales, y en donde tratamos de hacer una vida muy diferente a la de la ciudad. Allí uso sólo ropa de campo, ando a caballo, leo, cocino para los amigos, nos reunimos con vecinos. Rompemos con el esquema urbano. Desde hace quince años aproximadamente decidí recuperar una vida más relacionada con la naturaleza, con el aire libre».

P.: ¿Con esa misma filosofía elige los destinos para ir de vacaciones?
M.G.: Sí, nos encanta recorrer el interior del país. Siempre hay un pueblito que aún no visitamos. En los últimos tiempos fuimos bastante al sur. Hace poco visitamos Ushuaia, El Calafate, el Estrecho de Magallanes, el Chaltén. Tratamos de cabalgar, navegar, pescar, esquiar. Es una manera de entrar en los paisajes. A veces se vuelve a un mismo lugar, pero es diferente porque uno lo ve con otra madurez, y puede relacionar el paisaje con la música, la comida, la historia.

P.: El año pasado, en el festival de Cosquín, mientras el Chaqueño Palavecino cantaba, usted bailó una chacarera. ¿Qué la llevó a subirse a ese escenario?
M.G.: Para mí, el folklore tiene que ver con la primera infancia, con un reencuentro con mis raíces más tradicionales. Un día, en Mendoza, en la Fiesta de la Vendimia, sentí tocar una cueca y me dieron muchas ganas de bailar, agarré un pañuelo y lo hice como si hubiese bailado siempre. Mi mamá era investigadora en antropología y folklore, y una verdadera cultora de todo lo que tuviera que ver con el mundo aborigen. Era investigadora universitaria del Fondo Nacional de las Artes, fue becada por la Organización de los Estados Americanos (OEA) y por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Todas las vacaciones de mi infancia las pasé en las sierras de Córdoba y en el festival de Cosquín, donde mi mamá participaba como disertante. Por eso, cuando me reencontré con el folklore, a través del baile y la música, fue mágico. Y más aún cuando Oscar Palavecino me invitó a acompañarlo en Cosquín. La última vez que había estado allí fue de la mano de mi mamá y mi papá. Algunos creyeron que era una locura, pero fue retornar a un mundo en extremo querido, que me es muy familiar y que he perdido hace varios años cuando mis padres murieron. No tengo otros familiares, por eso fue como estar en familia.

P.: ¿Recuerda otro viaje que por algún motivo le haya parecido mágico?
M.G.: Otro punto de inflexión se dio cuando decidí viajar a Italia para reencontrarme en Calabria con la familia de mis abuelos maternos. Estuve en las casas de mis antepasados, recuperé pequeños objetos, costumbres, tradiciones. Había viajado muchas veces a Italia, pero en ese momento hubo un reencuentro con toda esa parte de mi vida. Otra experiencia emocionante fue volver a la Capilla de Susques, en Jujuy, un pueblito muy pequeño que está pasando Purmamarca y las Salinas. Fue un viaje soñado. Y hace muy poco estuve por unas horas en Santa Victoria Este, en Salta, que debe ser el sitio más remoto que he conocido de la Argentina, ubicado en el límite de las fronteras con Bolivia y Paraguay. El Chaqueño Palavecino tiene una fundación que recauda fondos para la comunidad indígena que vive allí. Muy pocos argentinos han llegado, no hay infraestructura alguna.

P.: Entrevistó al presidente Kirchner en Nueva York y a la senadora Cristina Fernández en Madrid. ¿Estar en otro país le facilitó la tarea?
M.G.: Suena exótico, ¿no? Durante los 90 entrevisté muchas veces a Cristina como legisladora, pero como primera ciudadana la cosa se tornó más difícil. En España estuve atrás del Presidente durante tres días tratando de conseguir una nota. Ante mi pedido él, como única respuesta, me devolvía una mirada inexpugnable. De repente tuve mi última oportunidad: lo miré fijamente pidiéndole por caridad aunque sea una palabrita... El camarógrafo tenía la cámara encendida. Entonces se acercó a Cristina y dijo: «Hablá con ella». No sé a cuál de las dos se dirigió, pero tuve la posibilidad de hacerle una nota a la senadora. Fue un mano a mano, y contestó cada una de las preguntas.

P.: ¿Viajó mucho por trabajo? ¿Recuerda algún personaje o situación que le dejó huella?
M.G.: Viajé mucho, pero menos de lo que me hubiese gustado. Más que las entrevistas a gente, me gustan las notas que tienen que ver con circunstancias. Mi experiencia profesional más fuerte fue, sin dudas, cuando tuve que cubrir las inundaciones de Santa Fe. En ese momento se gatilla la memoria de trabajo, de familia, de genética. Soy litoraleña, nací al lado del río Paraná, comprendo la lógica de la inundación, la viví desde pequeña; no estuve inundada, pero he convivido con la cultura. Me siento una periodista todo terreno, porque puedo estar en el lugar más suntuoso de la Tierra con cierta naturalidad y también en el último de los lugares con la misma naturalidad. Me siento preparada para vivir cualquier circunstancia. De esta forma, siento que vivo más vidas, siento que mi vida es más rica.

Entrevista de Silvia Montenegro

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