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''Yo quise ser azafata para poder viajar por el mundo''
El rayo
que no cesa
«El de la tele es un ritmo cansador, pero fue importante lo que se logró con ‘El Rayo’, impuso en sus cinco años un modelo diferente de programa. Yo lo dejé para tener a mi primer hijo, Valentino. Ese programa me hizo muy popular. La gente por la calle me pregunta cuándo volveré a hacer ‘El Rayo’. Pero mucho ha cambiado, yo era una adolescente y ahora soy una mina más grande. Después hice ‘Planetario’, un programa para Disney Channel, con Ronnie Arias ‘Conecta2’.
Cuando María Dolores Barreiro de Camisani se pone a charlar con soltura e inteligencia uno empieza a comprender por qué, más allá de su incuestionable belleza, de ser una de las modelos más cotizadas del país, la mayor de los siete hijos del teniente coronel (R) Horacio Barreiro y la licenciada en Letras Silvia Prandi fue elegida por Cuatro Cabezas para conducir por TV el mítico programa «El Rayo», y luego pasó a ser la conductora de «Planetario» y «Conecta2». Infatigable viajera, por trabajo y por placer, sorprende por los lugares que recomienda visitar.
Periodista: ¿Caminó mucho?
Dolores Barreiro: (Sorprendida.) ¿Cómo si caminé mucho?
P.: Digo... por la pasarela.
D.B.: (Ríe.) En realidad nunca me pongo a pensar en eso, pero es cierto, ahí dale caminar y caminar, dale caminar y caminar. Valentino, mi hijo más grande, me pregunta: Mami, ¿para qué caminan, van y vienen, van y vienen? ¡La verdad! Bueno, para que la gente vea la ropa. Aparte he viajado mucho. Y con Matías (Camisani) nuestra pasión es viajar, y pasarnos el día caminando. En Buenos Aires no podemos practicar esa pasión adolescente. Vivimos en Maschwitz. Venimos en el auto a lugares puntuales. Además, si saliéramos a caminar, hablando mal y pronto, sería un quilombo. Sí, he caminado mucho.
P.: ¿Me confiesa un lugar por el que le gusta caminar?
D.B.: La India.
P.: ¿La India?
D.B.: Soy una enamorada de la India. He ido ya 5 veces.
P.: ¿Por qué la India, un lugar que otros rechazan?
D.B.: La India genera ese tipo de emociones. Es muy intensa. Yo lo hablaba con Tini de Boucourt, que fue a abrir la Embajada de Uruguay en Delhi con su marido, y vivió cinco años en la India, sobre cómo ese país provoca pasiones enfrentadas, odio o amor, atracción o rechazo. O vas y no querés volver nunca más, o vas y siempre querés volver. A mí todo me gusta allá.
P.: ¿El Taj Mahal?
D.B.: Es imponente, una obra de arte de una elaboración y una exquisitez asiáticas. Y la leyenda atrás: que fue hecho por el emperador musulmán Sha Jahan por amor a su esposa favorita, Mumtaz Mahal, que murió dando a luz a su hijo número catorce, que le hizo cortar las manos a todos los artesanos que había traído de todas partes del mundo para que nadie pudiera volver a construir un monumento igual, de semejante belleza. Realmente es impactante. Pero eso no es lo que a mí me gusta de la India; son los colores, la gente, la música, la comida me vuelve loca. Recorrerla, viajar, los trenes.
P.: ¿Y va a ver a algún gurú?
D.B.: Para nada. Eso, para decirlo de modo adolescente, siempre me pareció medio goma. Recién hace poco leí «Autobiografía de un yogui», de Paramahansa Yogananda, que fundó en Estados Unidos un Self-Realization Fellowship que difundió la filosofía india en Occidente. A más de cincuenta años de su muerte, esa obra me pareció muy interesante, muy recomendable.
P.: ¿Dónde tengo que ir en la India?
D.B.: Si va por primera vez y poco tiempo, recomiendo hacer lo que ellos llaman el Triángulo de Oro: Delhi, Agra, Varanasi. Todo cortito, en avión, con hoteles divinos. La capital con sus shopping y artesanías, el río sagrado, la ciudad más antigua del mundo. No voy a dar una conferencia, salvo que me contraten de guía.
P.: Y sería carísima. ¿Usted también, como tantos otros, empezó a viajar en vacaciones?
D.B.: Toda la vida salimos de vacaciones en familia. Tratábamos de no repetir lugares. Recuerdo un verano espectacular en Bariloche, veranos en Mar del Plata. Cuando mi papá se retiró del Ejército y puso una empresa de seguridad, y le fue muy bien, fuimos todos a Disney, y somos seis hermanos. Yo, que soy la mayor, tenía 15 años.
D.B.: A los 17, casi 18, cuando estaba en quinto año en la Hans Christian Andersen, una escuela bilingüe, laica, de Belgrano. Habíamos venido a vivir en los edificios militares de Cañitas. Por ese tiempo yo quería ser azafata para poder viajar por todo el mundo. En mi familia no era una opción «no voy a estudiar nada», así que, como tengo mucha facilidad para los idiomas, pensé en estudiar traductorado, aunque me tentaba mucho seguir psicología. La gente de Dotto Models hace scouting por todo el país, y dos veces me pidieron que participara en el concurso Dimensión Top Model. Yo era la más alta, la más flaca del colegio, y todo el mundo me decía que tenía que ser modelo. Bueno, gané el concurso. De ahí me fui al concurso Super Model International en Estados Unidos; había 80 chicas y yo quedé finalista entre 15. Cuando volví a Buenos Aires comencé a trabajar sin parar. Y a viajar. La publicidad de John L. Cook me llevó a Tailandia, a Canadá, a México, a recorrer en gira el interior del país. Otras marcas me llevaron a otros lados.
P.: ¿Y pudo conocer esos lugares?
D.B.: Para nada. Conozco montones de aeropuertos, eso sí. Y a veces las dos cuadras alrededor del hotel donde estaba. En la Argentina hice lo que no podía hacer en París; si íbamos a Comodoro Rivadavia me alquilaba un auto y me iba a recorrer, a conocer el glaciar. Cuando podía. Eso, de hecho, lo sigo haciendo; Matías estaba haciendo fotos para Narrow en Nueva York y yo me tomé el avión a los cinco días. Nos pasamos cuatro recorriendo. ¡Esa ciudad llama tanto a caminar! Fuimos a Brooklyn y cruzamos el puente caminando. Nosotros somos vegetarianos y Nueva York es una maravilla porque tenemos de todo.
P.: Usted ha hecho muchas fotos en playas. En realidad, ¿son todas iguales?
D.B.: Para nada. No se parecen en nada las de Brasil, las de la India, las del Trópico. Maldivas es un paraíso, un lugar para conocer. Hay 1.200 atolones que son puntitas de montañas que quedaron afuera del mar como pequeñas islas. Arenas blancas, aguas transparentes, y allá abajo montañas rodeadas de peces de colores. Un milagro de la naturaleza. Las playas de Sri Lanka, esa India en miniatura, son otro espectáculo.
P.: Habiendo desfilado en «Donna sotto le stelle» en la Piazza Spagna, en las pasarelas de Milán y París, ¿no le tentó quedarse en Europa?
D.B.: Me tentaron, pero no. Trabajar por el mundo tiene sus beneficios, pero es muy sacrificado, muy solitario, muy desarraigado, y a mí me gusta la Argentina. Amo a mi marido, me gusta tener a mis chicos joven, soy familiera. Acá tengo trabajo. Hice esta opción de vida: vivir en el país que quiero con los que quiero.


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