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El reduccionismo dicotómico de estos tiempos busca encasillar la década kirchnerista; ganada para algunos, perdida o desperdiciada para otros. Es lógico, la impronta transformadora de un gobierno que ejerce el poder como pocos termina generando posiciones antagónicas, amor u odio, sin escalas. Una mirada más racional, en cambio, recurre a matices obviamente subjetivos.
En términos cuantitativos pocas dudas caben que los últimos 10 años pusieron a la Argentina en otro nivel. El tamaño de la economía se duplicó, el desempleo se redujo sensiblemente y la pobreza se ubica en umbrales más manejables. El gobierno tiene el mérito de haber liberado gran parte del lastre que históricamente ha significado la deuda pública. Reestructuración mediante, la carga de vencimiento es y será manejable.
Otro activo es estar acercando el sistema financiero al sector productivo. En este esfuerzo por conectar ahorro e inversión, el mercado de capitales se está poniendo al servicio de la economía real. Las Pymes son foco de políticas públicas, mientras que una década atrás eran el daño colateral de un modelo de crecimiento concentrado.
Se han multiplicado los instrumentos de promoción que cubre un abanico muy amplio de incentivos, desde aportes no reembolsables para la inversión privada en investigación (FONTAR) hasta líneas de crédito subsidiadas como la del Bicentenario. Con el tiempo, también rendirá sus frutos la inversión pública en Ciencia y Técnica, que ha permitido la repatriación de talento científico argentino perdido en el mundo.
La política de inclusión social será uno de los mayores legados. El Estado comenzó a saldar parte de la deuda social que se generó durante los noventa vía desempleo, precarización laboral y exclusión. La moratoria previsional permite que 93% de los mayores de 65 años reciba una jubilación o pensión y la Asignación Universal por Hipo (AUH) llega a 3,5 millones de chicos. El mérito es garantizar el derrame del crecimiento.
En este marco, me preocupa la sustentabilidad de muchas políticas públicas loables. La vocación por los logros de corto plazo muchas veces en detrimento de los beneficios de largo, tan propia del kirchnerismo como de la clase dirigente argentina, condiciona la solidez de ese progreso. La historia argentina está llena de experiencias fallidas, de avances rápidos y retrocesos frustrantes.
La concentración del poder económico y político que llevó al extremo este gobierno es un rasgo poco deseable para una democracia que madura. Si a esto se suma verticalismo absoluto, los riesgos se potencian. No sólo porque el poder aísla y corrompe, sino también porque reduce la capacidad de hacer las correcciones necesarias a la iluminación del conductor. Las políticas públicas que se basan en la discrecionalidad más que en la regla son ineficientes. Terminan privilegiando la cultura del cortoplacismo. Precisamente las inversiones de largo aliento, tan necesarias para el desarrollo, son las más castigadas por estos entornos.
Los servicios públicos y la infraestructura en general son un fiel reflejo de ésta dinámica. Tarifas retrasadas, servicios deficientes y un estado subsidiando desprolijamente son parte de esta lógica. Mal que le pese al kirchnerismo, la rápida recuperación post 2001 también fue posible gracias a la plataforma de servicios públicos que dejó la convertibilidad.
Sin marcos regulatorios y con discrecionalidad plena, es difícil que pensar en un boom de inversiones en infraestructura. La pérdida del autoabastecimiento energético es una muestra de los costos concretos de estas inconsistencias. De hecho, la descapitalización en infraestructura es una de las peores herencias de ésta administración.
Es cierto que la estatización parcial de YPF es una jugada estructural para corregir parte del déficit, pero demandará tiempo. El kirchnerismo tuvo la virtud de reconocer el potencial de este activo estratégico y devolvérselo al Estado, después de haber cometido el error de avalar su privatización. El legado kirchnerista florecerá en manos del próximo gobierno.
En el frente financiero, el aislamiento internacional es un lujo que la Argentina no puede afrontar en un contexto de tasas ultra bajas y términos de intercambio récord. Peor aún, el regreso de las restricciones en el mercado cambiario y el "stop and go" ochentoso es inadmisible en este mundo.
Parte de este aislamiento tiene que ver con la credibilidad y la confianza. La manipulación de las estadísticas de inflación alejó al gobierno de la sociedad, de las familias y de los inversores. Sembró la semilla de la duda que tiñe todas las estadísticas oficiales y debilita la palabra de los funcionarios. La inflación no es un invento de los medios o las consultoras privadas. Es causa y consecuencia de muchos de los déficits y logros de ésta administración.
En las economías modernas el manejo asertivo de las expectativas es clave y el gobierno no domina ese frente. Minimizar esta herramienta es un error, porque las expectativas terminan condicionado la realidad.
En última instancia me preocupa que esa voluntad política de jugar a fondo, de no retroceder, tan marcada en el ADN kirchnerista termine alimentando el clásico péndulo de las políticas públicas argentinas. El riesgo de avanzar sin corregir es que se terminen diluyendo los logros y potenciando los déficits de una década que sin dudas marcará la historia argentina.