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Temible: en pleno siglo XXI, los militares vuelven a ser un factor de poder en Brasil
• ZOZOBRA EN MEDIO DE AMENAZAS Y RUMORES DE GOLPE DE ESTADO
Un pronunciamiento del jefe del Ejército llenó de sombras al país. Desenlace de años de corrupción, complots políticos y operaciones oscuras que corroyeron la fe en la democracia.

Nessa situação que vive o Brasil, resta perguntar às instituições e ao povo quem realmente está pensando no bem do País e das gerações futuras e quem está preocupado apenas com interesses pessoais?
— General Villas Boas (@Gen_VillasBoas) 3 de abril de 2018
Asseguro à Nação que o Exército Brasileiro julga compartilhar o anseio de todos os cidadãos de bem de repúdio à impunidade e de respeito à Constituição, à paz social e à Democracia, bem como se mantém atento às suas missões institucionais.
— General Villas Boas (@Gen_VillasBoas) 3 de abril de 2018
Otros generales se pusieron de inmediato a su disposición "para lo que haga falta", también en las redes sociales, llenando al país de desasosiego.
Ultraderecha
En tanto, el principal rival de Lula en las encuestas, el diputado de ultraderecha y exmilitar Jair Bolsonaro, respondió en Twitter, usando mayúsculas en pos de infundir más ímpetu patriótico, que "el partido del Ejército es Brasil. Hombres y mujeres, de verde, sirven a la Patria. Su Comandante es un Soldado al servicio de la Democracia y de la Libertad. Así fue en el pasado y siempre lo será. Con orgullo: 'Estamos juntos, General Villas Bôas. Jair Bolsonaro / Capitán / Diputado Federal".
O partido do Exército é o Brasil. Homens e mulheres, de verde, servem à Pátria. Seu Comandante é um Soldado a serviço da Democracia e da Liberdade. Assim foi no passado e sempre será. Com orgulho: "Estamos juntos General Villas Boas." Jair Bolsonaro / Capitão / Deputado Federal.
— Jair Bolsonaro (@jairbolsonaro) 4 de abril de 2018
Mientras la región callaba, Michel Temer no atinaba a refutar a Villas Bôas (por no decir que realmente debería destituirlo) y la mayor parte de los partidos políticos callaban por estupefacción o por complicidad, las calles hervían con multitudes no impactantes pero sí muy militantes, ciento cincuenta juristas difundían comunicados contra una posible asonada militar y el exprocurador general Rodrigo Janot advertía contra un "retorno a 1964", año de inicio de la última dictadura.
El comandante de la Fuerza Aérea, Nivaldo Luiz Rossato, se despegó ayer de su par del Ejército al advertir sobre la peligrosa "polarización de la sociedad" y al llamar a sus camaradas "a no involucrarnos al punto de colocar nuestras convicciones por encima de las de las instituciones".
En tanto, el ministro de Seguridad Pública, Raul Jungmann, tuvo que salir a aclarar que "de cero a diez, las posibilidades de un golpe de Estado son de menos uno".
"Lo que dijo el general Villas Bôas expresa el sentimiento de la mayoría de la población brasileña. Pero lo hizo en un momento de fuerte conmoción, tanto a la derecha como a la izquierda de la sociedad y eso puede echar nafta al fuego", le dijo a Ámbito Financiero Marcelo Rech, analista político y director del Instituto InfoRel de Brasilia. "Debería haberlo pensando mejor, porque se lo puede entender como un ejercicio de presión, por más que haya dejado claro que el Ejército respeta la Constitución y la democracia", agregó.
Mensaje
En la misma línea, Creomar de Souza, analista político y profesor de la Universidad Católica de Brasilia, estimó consultado por este diario que el de ayer fue "un día muy difícil para la política brasileña y para los jueces del Supremo. Villas Bôas habló como ciudadano, pero lo grave es que es un general y el jefe del Ejército brasileño. Además, habló para sus pares de las Fuerzas Armadas, para que sepan que él no está pasivo ante la situación".
Proclamas, amenazas, apoyos y repudios aparte, Brasil acaba de entrar en una nueva era en la que los tribunales saben, con el Supremo al frente, que sus decisiones serán controladas a punta de fusil y en la que el Poder Ejecutivo es impotente para asegurar el control civil de los cuarteles. Insólitamente, en el Brasil de 2018 los militares vuelven a erigirse en árbitros de la disputa política y en factor de poder. Pareciera que América Latina nunca podrá desembarazarse de su destino trágico.
"En los últimos años, los jueces brasileños comenzaron a actuar como políticos, pero nunca comprendieron que la relación entre los ciudadanos y los políticos es de amor-odio y ahora sienten el odio de las calles sin estar preparados para eso. En la medida en que los ciudadanos critican cada vez más la incapacidad de los jueces de hacer lo que la calle considera como 'lo correcto', los jueces quedan con miedo", indicó De Souza.
La bravata de Villas Bôas y la zozobra que produjo tienen un trasfondo, en el que el sector militar surge como el único vencedor de la saga ácida de años. Esta incluyó megaescándalos de corrupción; operaciones de prensa; avances loables de la Justicia contra la corrupción y también abusos flagrantes contra las libertades individuales; brutalidad policial; violencia y crimen organizado; así como de un retroceso económico aprovechado por los poderes fácticos para imponer la agenda del abaratamiento extremo del trabajo.
Los síntomas de descomposición abundan y van mucho más allá de un par de tuits provocadores.
Temer ordenó la intervención militar de la seguridad en el estado de Río de Janeiro, no se sabe si decidiendo empoderar a las Fuerzas Armadas o simplemente cediendo ante un nuevo balance de poder. La medida es bien tomada por la mayoría de los fluminenses, insensibles a las advertencias de especialistas sobre el rudimentario "know how" de los uniformados para vigilar calles y barrios y al temor de los habitantes más vulnerables de las favelas.
En ese contexto, aun espera aclaración el asesinato de la concejala de izquierda Marielle Franco, abatida con balas de origen policial en la ciudad de Río de Janeiro, acto ante el cual los militares se mostraron inútiles.
Con todo, el ejemplo cunde. El fin de semana, una encuesta de la firma Ipsos reveló que el 64% de los brasileños ansía que los militares se hagan cargo de la seguridad en sus estados, con máximos del 80% en los amazónicos y mínimos del 47% en los del sur.
También Bolsonaro es un emergente del nuevo clima de época. Habría sido impensable hasta la actual crisis que pudiera ser una opción de poder un dirigente que reivindica la última dictadura, que dedicó su voto por la destitución de Dilma Rousseff al emblema de las torturas en esa época aciaga, que se ufana de su misoginia y su homofobia y que promete "meter bala" sin miramientos.
El mero estado de cosas, independientemente de una improbable concreción de las amenazas de golpe, permite ya hablar, al menos, de una democracia condicionada, vigilada en Brasil. El complot político que sacó del cargo a Dilma, en base a tecnicismos poco defendibles, comienza a mutar en algo todavía más peligroso.



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