Cuestionado en su legitimidad y rehén de un Congreso que es desde ahora el prestamista de última instancia del poder, deberá andar con pie de plomo para sostenerse. Evitará, entonces, repetir los errores de la suspendida, esto es no mentir con las cuentas públicas, dialogar, no irritar a los amigos... y atender la languideciente economía.
"Sus prioridades serán tres: la economía, la economía y la economía", le dijo a Ámbito Financiero el politólogo Paulo Kramer, profesor en la Universidad de Brasilia.
Para eso ya convocó a su gabinete al expresidente del Banco Central con Lula da Silva y extitular mundial de BankBoston, Henrique Meirelles, quien le asegura un voto de confianza inicial de los mercados financieros. Pero el reto será, en un escenario político hostil, trasladar esas expectativas a la economía real.
Para obrar el "milagro" de pasar de una economía casi plana en 2014, de un derrumbe del 3,8% en 2015 y de uno posiblemente mayor este año a un crecimiento vigoroso, Temer y Meirelles apuestan a la única oportunidad que hoy ofrece el mundo: la existencia de bajas tasas de interés. Esto, suponen, permitirá consolidar un proceso fuerte de inversiones en infraestructura, capaz de disimular la debilidad de la demanda externa y de un consumo interno ya deprimido, y que empeorará en la medida en que se encare el ajuste fiscal que exigen los empresarios que jugaron al cambio.
La receta luce muy similar a la de la Argentina de Mauricio Macri, que enfrenta limitaciones de contexto muy similares. Algo que lleva a preguntarse sobre las consecuencias para nuestro país de la aparición de un competidor temible por los recursos disponibles en los mercados voluntarios de deuda y en los organismos multilaterales de crédito.
"Lo primero que hará Temer será iniciar un proceso de concesiones de obras de infraestructura, que pueden generar mucho empleo", agregó Kramer. "También creo que retomará las privatizaciones", arriesgó.
Si algo le reclama el mercado al nuevo presidente, cuya interinidad supondrá una limitación no menor de su poder por varios meses, es una reducción del déficit fiscal. Eso permitirá, se supone, que Brasil recupere el grado de inversión, reduzca las tasas de interés que pagan el Gobierno y las empresas y mejore una proporción de deuda/PBI que ya comienza a preocupar.
Si uno se guía por las declaraciones de Meirelles, quien aún no fue confirmado pero que ya habló casi como ministro de Hacienda, la austeridad llegará rápido y en dosis generosas. Cabe cuestionar, sin embargo, cuán probable es una política de shock para una administración que nacerá resistida por buena parte de la población y condicionada por las sospechas de que recortará las prestaciones sociales impuestas por Lula y Dilma.
Para seguir con el paralelo con la Argentina, también los economistas de Macri fantaseaban en la campaña con una política fiscal muy dura y con un combate inmediato a la inflación. Las debilidades políticas congénitas de su Gobierno, con todo, limitaron esa apuesta y consolidaron una apuesta al gradualismo. Acaso el margen de Temer sea todavía más estrecho.
| Marcelo Falak |


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